Una buena pregunta

Cuando empecé el nuevo colegio, les dije a todos que me llamaba Agustín. Fue lo que me salió cuando la maestra me hizo pasar al frente.

Ella me miró y volvió a revisar el registro, pero no dijo nada. Supongo que entendió mi traducción  y aceptó llamarme así: Agustín. Aunque mi nombre, ella sabía, era otro.

Mudarnos a  la Argentina fue una forma de empezar otra vez y hacer de cuenta que nada había pasado.  De a poco me fui alejando de todas las palabras que me lastimaban: Erratzu y los Pirineos y el dragón de Herensurge y la cueva de Abauntz.

No es que no me gustaran las historias de Amama. Al contrario: me hacían pensar demasiado en papá. Eran historias con olor a cuajada, porque la abuela siempre me las contaba en la cocina. Y el olor a cuajada por esos días me ponía muy triste.

─¡Vasco tenías que ser! ─me dijo mamá en cuanto se enteró de todo─ ¿qué tiene de malo tu nombre, a ver? No, si a vos se te mete una idea en la cabeza y sos igual a tu padre…

Justo lo que no quería. Otra vez hablar de papá. Y mamá no me lo hacía fácil, había llenado la casa de fotografías. Y me cargoseaba todo el tiempo: “Dale, preguntame lo que quieras. No podés hacer de cuenta que nunca existió”.

Claro que no podía. Si todo el tiempo nos estaba visitando algún familiar. Y la gente llegaba y me acariciaba la cabeza:

— ¿Y qué tal la nueva escuela?

— ¿Te gusta la Argentina?

—Pensar que eras un bebé la última vez que te vi.

Después bajaban la voz para hablar con mamá. Obvio que yo también escuchaba. Y qué injusto todo. Con lo bueno que era del vasco, decime. Qué necesidad, con la inteligencia que tenía. Podría haber estudiado cualquier cosa. Cualquier cosa, si era inteligentísimo. ¡pero ay,  esa vocación que tenía él! Y claro, hiciste bien en volverte con el nene. Qué ibas a hacer allá, que ni una pensión… Pero en todos lados es igual, te digo. Acá a los bomberos tienen la misma suerte, los tipos se dejan la vida y a la primera de cambio todo el mundo se olvida. Pero fuerza, nena, que la vida sigue. Ya van a ver como todo se va acomodando de a poquito. Avisen cualquier cosa que necesiten. Lo que sea, si puede ayudarse en algo.

Por eso me gustaba más Agustín.  Como no estaba acostumbrado a que me llamaran así, era como si de golpe me hubiera convertido en otro chico. Como si yo no fuera yo;  y lo más importante: como si lo que había pasado, no hubiera pasado en absoluto. Nadie en la nueva escuela sabía nada de papá. Nadie me acariciaba la cabeza. Nadie se quejaba de ese trabajo suyo que se lo llevó tan pronto. Nadie  repetía: “Con lo bueno que era el vasco, decime”. Y así era más fácil olvidar.

Pero el día que vino ese neurólogo cambió todo. Había hecho un máster en la University de no sé dónde y era dueño de una  clínica de neurología vascular y no sé qué más. La seño nos hizo pensar un millón de preguntas para hacerle, porque era una persona muy importante y tenía un trabajo de esos para admirar. No había tiempo para que preguntáramos todos (solo podía venir un rato a nuestra escuela y eso porque era el padre de una alumna de tercero), pero la seño dijo que mi pregunta era ingeniosa y la eligió para el final.

Faltaban cinco minutos para que tocara el timbre cuando me dio la señal:

—Preguntá vos, Agustín.

Al principio pensé que el neurólogo no me había escuchado, porque se quedó callado un rato. Pero justo cuando estaba por leer de nuevo mi pregunta, empezó a hablar.

—¿Qué sería yo si no fuera neurólogo? A ver, dejame pensar…

Otro silencio largo y todos empezaron a guardar. Yo no entendí por qué el neurólogo tardaba tanto para contestar una pregunta tan obvia. Hubiera sido cirujano o cardiólogo. O presidente de la Nación. O dueño de una Multinacional. No sé, después de ser neurólogo, tenés que mantener cierto status. Por eso me quedé de piedra cuando nos dijo, totalmente convencido:

—¡Bombero! Hubiera sido bombero.

La seño se rio como si hubiera contado un chiste buenísimo. Pero yo no. Yo no me reí ni un poquito.

—Lo digo en serio — aclaró él, y me pareció que la seño se ponía un poco colorada—. Hubiera elegido  otra profesión igual de importante. Una que me permitiera seguir salvando vidas. ¿Contesté bien tu pregunta, Agustín?

─En realidad ─le aclaré. Se lo aclaré a todos─, me llamo Agosti.

Entonces tocó el timbre. Y a mí me vino como un olor a cuajada que, por primera vez en mucho tiempo, no me puso tan triste. Y tuve ganas de volver a casa. Quería hacerle a mamá un montón de preguntas que tenía atoradas en la garganta.

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