El cofre de los muertos

Algunos tesoros valen más que otros. No importa si contienen piezas de a ocho o luises de oro. No importa ni siquiera el peso: hay tesoros valiosísimos que son livianos como los fantasmas.

Esta es la historia de un tesoro así. Un tesoro que nunca busqué y que vino directo del infierno. Y todo empezó una tarde como hoy, hace veintiséis lunas, en una sucia taberna de Port Royal, donde mi tío Claude ─jugando a los dados contra el capitán Barry ─ acababa de perder  un tocino frito y tres botellas de ron. El capitán estaba ya dispuesto a irse, cuando al bueno de mi tío se le ocurrió apostarme:

─Me queda mi querido sobrino, ¡no se vaya!

Yo quedé pasmado. Hasta aquel día mi tío me había llamado alcornoque, bruto, zopenco y mentecato… ¿Pero “querido”? ¡aquello sí que era nuevo!

El capitán preguntó si sabía leer.

Mi tío, que veía aquella extravagancia mía como un problema, no contestó y en cambio le aseguró que era buen fregón y mejor cocinero.

─¿Pero sabe leer?  ─insistió el capitán.

En cuanto supo que sí, echó los dados a la mesa: en menos de una oleada me ganó en la apuesta. Zarpamos esa misma noche y, entonces sí, se inició esta historia.    Sigue leyendo

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Notifíquese (¡Yo-ho-ho!)

Podcast piratería

Por medio de la presente, intimo a ustedes por mi propio derecho a que en el plazo de 48 horas se retracten públicamente por utilizar de modo indebido las palabras “pirata”, “piratear” y “piratería” conforme explicaré más abajo.

En mi carácter de auténtico bucanero, navegante usual del Mar Caribe y ocasional de otros océanos no menos importantes como el Índico o el Atlántico, me siento profundamente agraviado por sus dichos que ponen una sombra de duda sobre el honor de mi estirpe.

De este modo, y atento a los artículos 109 y 110 del Código Penal que me ampara, me reservo el derecho de iniciar acciones legales contra ustedes y procedo a explicar por qué razones el uso indebido de las palabras “pirata”, “piratear” y “piratearía” atenta contra mi buen nombre y el de mis ancestros.

PRIMERA,  un verdadero pirata es duro, fiero y amedrentador; y aunque puede tener cicatrices y costurones en el rostro, difícilmente sufra de acné como el 90% de los jóvenes (¡inexpertos filibusteros!) que persiguen ustedes: un verdadero pirata, señores, no asiste a la escuela ni estudia computación. Ni siquiera escucha música bajada de internet (¡Por las barbas de Neptuno, si supiéramos qué es eso!).

A un verdadero pirata, por otra parte, no le interesan los libros (busca cosas más útiles como catalejos, trabucos o pólvora), lo que además tiene sentido porque no sabe leer (razón por la cual los mapas del tesoro solo se marcan con cruces, y esta carta ha sido escrita por un asesor letrado).  No conoce las redes sociales, ni siquiera las de pesca (capturamos a lo macho, con arpones). No “descarga” nada gratis; solo arcabuces y cañones de seis. Y eso si el botín vale la pena: una zagala hermosa, un enorme galeón o alguna fruta (usualmente andamos hambreados). Sigue leyendo