El campeonato

Sí, señor, yo he presenciado
su bochornosa actuación,
me ubiqué en primera fila.
¡Qué terrible papelón!
Cierta ventaja tenía
la Sirenita en el mar
(o eso pensamos nosotros)
¿por qué si no iba a apostar?
Miré a los tres contrincantes:
un pequeñuelo esquimal,
un regordote elefante
y un vejestorio caimán…
Calculamos diez brazadas
¡no mucho más hasta allá!
No, con su cola brillante
toda escamada, además…
Era imposible, pensamos,
que otro pudiera ganar
el magistral campeonato
de natación estatal.
Pero ya ve, yo he perdido
medio penique ¡qué mal!
por apostar ciegamente
que la primera en llegar
al entablado del muelle
sería la niña del mar.
Le digo yo, no es sensato
en una joven confiar.
Por más sirena que sea,
por más que sepa nadar.
Adolescente y tontuela
¿era imperioso parar
para mirar al muchacho
que por allí fue a pasar?
Y, mire usted, vaya y pase
que le pudiera ganar
ese reptil vejestorio
o el pequeñuelo esquimal…
¡Pero no diga, mi amigo,
que el elefante quedara
en tercer puesto y la chica
¡en el último lugar!

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De pesca

¿Cómo iba a imaginarme, con lo enojado que estaba? ¿Vos sabés lo que es pasarte tres horas frente al muelle, esperando el momento justo? Porque tenés que estar atento al movimiento de las olas, a la dirección del viento, al peso de la plomada y a tu propia inclinación antes de lanzar el anzuelo al agua.

Y todo lo había conseguido yo, en uno de esos lanzamientos que –como mínimo— iba a dejarme pescar un pejerrey. Pero no, tenía que aparecer ella con su voz de pito y sus aires de nena caprichosa. Que los derechos de los peces y lo atroz de la pesca deportiva y que blablabla.

–¡Salí de ahí, querés! –le grité—O le aviso al guardacosta que pasate la baya. ¿No ves que no está permitido nadar en esta zona?

Ella me sacó la lengua. Y un segundo después, me quedé duro: lo último que vi fue su enorme coletazo de sirena que me salpicó con la furia de un tsunami.

Cambio de idea

6 de mayo:

Me enamoré. Se viste raro como todos los humanos pero me encantan sus rulos. Sobre todo cuando el viento los embarulla. Ligia dice que tiene ojos saltones, pero es mentira. Apenas puedo respirar de lo lindo que es.

7 de mayo:

Ligia no entiende qué le veo. Dice que es narigón. Eso es porque ella se cree todas las historias que cuentan sobre los humanos: que son temerarios, impiadosos, crueles y asesinos. Para mí, nada que ver: ¡los humanos son lindos! Y más si tienen rulos.

8 de mayo:

Se lo pasa leyendo. Sentado ahí, en la escollera. Me di cuenta porque de repente largó una carcajada.  Y al rato, frunció el ceño, preocupado. Sin dejar de mirar hacia abajo, enderezó la espalda. Cerró el puño. Se mordió los labios. Suspiró. Hizo un ruido raro con los dientes y enseguida después enarcó las cejas como si adentro del libro hubiera visto un tiburón tigre o algo así.

─Es obvio que está leyendo ─le dije a Ligia.

Y también le dije que deberíamos tener libros en el mar.

─¡Los libros se deshacen con el agua, tonta! ¡Vamos, si papá nos ve acá nos mata a las dos!

Ni pude despedirme de sus rulos, mi hermana me hundió con ella en la profundidad.  Sigue leyendo