Montaña rusa

 

Fue igual que una montaña rusa. Porque al principio me dejé llevar y ni pensé en la caída. Nos fuimos haciendo amigos despacio. Un día hablamos un poquito, al otro un rato más. Y en algún momento empezamos a estar juntos en el recreo. Todo el recreo.

Cuando la conocí, no me gustaba. Y eso que todo el mundo estaba encantado con Kahila. Hasta mi mamá:

—¡Vas a ser compañero de una princesa masái! ¿No es increíble, Rolo? —me dijo.

La verdad que a mí no me parecía increíble ni me importaba. De hecho, creo que no había nada en este mundo que me interesara menos que las princesas.

La seño la presentó diciendo que venía de un país africano y que su papá era un guerrero masái que había venido a Buenos Aires para estudiar no sé que cosa de los derechos humanos. Y la sentó al lado mío.

Ella miró mi carpeta, mi cartuchera, mi mochila y mi lapicera del Rojo. Y tengo que reconocer que me sorprendió que estuviera tan enterada:

—¿Quién es el mejor jugador de Independiente? —preguntó.

Así fue como empezamos a charlar. Le hablé de Bochini, el mejor jugador de nuestra historia. Y de Nico Domingo que es el número uno en estos días.  De Agüero y de Biglia, que empezaron en el Rojo y ahora están en la selección. Y, por supuesto, de las 18 copas internacionales que son mi gran orgullo.

Ella, a su vez, me habló de Gor Mahia, un equipo que juega en la Liga de Kenia (que es donde está su tribu). De la camiseta verde y blanca, que llevaba abajo del guardapolvo, y sobre todo de Odhiambo, que es su jugador preferido. Cuando me quise mandar la parte y le nombré todos los equipos africanos que aparecen en la Play (Zambia, Nigeria, Egipto, Senegal…), ella me cortó en seco:

—¿Y a mí qué me importan todos esos?  ¿O para vos la selección de Brasil es igual a la de Argentina?

Fue como un sopapo. Pero, la verdad, tenía razón. Porque hay muchos países africanos y no son todos lo mismo. Lo sé porque esa tarde busqué en internet, y aprendí un montón de cosas sobre Kenia. Quedé alucinado por sus atardeceres rojos y sus árboles altos que tocan las nubes. Pero sobre todo por sus animales, que acá solo vemos en los zoológicos: elefantes, cebras, jirafas, leones.

Supongo que fue en ese momento (cuando empezamos a hablar de cualquier cosa y no solamente de fútbol), que Kahila empezó a parecerme hermosa.  Me gustaban sus trencitas minúsculas, que bajaban como hormigas en fila hasta su nuca. Y sus collares de colores y el hoyito que se le hacía en medio de la pera cada vez que se reía. Yo me sentía entonces todo el tiempo como si hubiera bajado recién de la montaña rusa, entre mareado y feliz.

Y fue seguramente por eso, que dolió tanto la caída:

-¿Cómo no te enteraste que se volvió a Kenia, Rolo? – me dijo mi mamá, como si nada.

Ahora no puedo hacer otra cosa que esperar: cuando sea grande voy a ir visitarla. Como es una princesa, cualquiera va a poder decirme adónde vive. Y entonces nos vamos a ir juntos hasta Nairobi, que es la ciudad donde está el estadio de Gor Mahia. Y después nos vamos a subir en  un elefante mientras le cuento que Independiente va por la copa 110. En una de esas, todavía tiene sus trencitas y el hoyito en la pera. Y capaz que hasta me mira con sus ojos negros de chocolate amargo y yo vuelvo a sentirme así, como si acabara de bajarme de una montaña rusa.

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¿Valiente, yo?

Qué ironía que todos me miren así. Como si yo fuera el más valiente de los valientes.  Justo a mí, que casi siempre estoy muerto de miedo.  Y no es que sea terrible tener miedo. Hasta los animales más grandes tienen miedo. Hasta los más feroces. Y no lo digo yo sino Don Búho. Don Búho que es el más sabio entre los sabios acá.

—Yo conocí por lo menos dos leones —me dijo el otro día— que eran el colmo de la cobardía. Uno le tenía miedo a la noche, el otro a las hormigas.

Yo me reí. Del segundo me reí. ¡Porque tenerle miedo a las hormigas! Hasta yo, que soy el zorrino más miedoso del mundo, sé que las hormigas son inofensivas.

Pero mi caso es distinto. Mucho más delicado. Yo ya sé que nadie es perfecto y que uno tiene que aceptarse como es. Mi mamá, por ejemplo,  es malísima haciendo madrigueras. Y a mi primo Zuri no le pidas que te traiga miel porque se lleva re mal con las abejas. Cada uno tiene sus defectos y está bien,  yo no me quejo de eso. ¿Pero justo a mí tenía que tocarme ser miedoso?

Porque no me importaría ser un león miedoso. O una serpiente miedosa. Ni siquiera una mosca miedosa. El problema no es el miedo: no, señor. El problema es que soy un zorrino. Y, ay, los zorrinos cuando tenemos miedo… La cola se me levanta sola, así, de golpe, sin que yo pueda evitarlo y pufff… Ahí nomás lo rocío todo con este olor que ni yo mismo soporto. Y da igual que después te revuelques en el barro o te refriegues contra mil especies diferentes de flores: el olor no se va. Y se queda con vos hasta que pasan muchos soles. Y te lo llevás a la madriguera y  a cualquier tronco que te subas. Y lo peor, lo peor de todo, es que quedás en evidencia.

—Así que te pegaste un susto… —te dice uno.

—Qué cosa vos con el miedo —te dice otro.

Y encima te lo dicen desde lejos (tres árboles y medio de distancia, como mínimo), frunciendo los hocicos y haciendo la cabeza a un lado.

Y por eso, y no porque soy valiente, yo pregunté lo que pregunté. Porque yo quiero saber cómo hay que hacer para que los humanos te lleven a la luna. Según Don Búho, a veces precisan animales. Hubo una perra, Laika, que fue una astronauta famosa. Y bueno: yo también puedo ser.

Y eso no quiere decir que no me vaya a morir de miedo. Obvio que me voy a morir de miedo. Apenas se cierre la puerta del cohete espacial, no voy a poder evitarlo.  La cola se me va a parar de así de golpe, y puff… Ya todos sabemos.

Pero, bueno: al menos no voy a quedar en evidencia. Adentro del cohete voy a estar yo solo (porque dice don Búho que a los animales los mandan siempre solos) y una vez allá… ¿qué me puede importar?  Total,  384.400 kilómetros de distancia (es lo que según Don Búho, nos separa de la luna) son un poco más que tres árboles y medio ¿no?

 

Ultimátum

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¿Conocen a Rumpelstiltskin?
¡Qué misterioso hombrecito!
Le gusta celebrar tratos
y dejarlos por escrito.

Me dicen que anda ocupado
al borde de la obsesión
con un sesudo acertijo
¡y no  encuentra solución!

Parece que en Rafaela
una beba va a nacer
¿Pero quién sabe su nombre?
Ni los padres, ¿puede ser?

Hay una lista, se dice
pero es tan confidencial
que no ha logrado encontrarla
ni la Guardia Nacional.

La panza sigue creciendo
y el pueblo está preocupado
¡La beba precisa un nombre!
(no es que estemos apurados).

Además ya Rumpelstiltskin
amenazó a los papás:
“Se deciden por un nombre
¡O lo elige mi mamá!”

 

 

 

Uma sopló y sopló

Un día la abuela Olga
a Uma le contó un cuento:
la historia de tres cerditos
y un lobo que hizo el intento.

No pudo con una casa
de ladrillos y cemento
sopló y sopló hasta quedarse
pobrecito, sin aliento.

Y acá no acaba la historia.
Es más: recién empezó,
porque Uma repitió el cuento
y todo se complicó.

Apenas sopló un poquito,
¡toda la cuadra tembló!
Volaron postes, carteles
dos tranqueras y un buzón.

De la cocina volaron
cuatro docenas de platos,
la mesa, todas las sillas
y unos cuantos aparatos.

¡Y pobre, la abuela Olga!
Se le voló el camisón
Es que Uma soplaba fuerte,
tan fuerte como un ciclón.

¿Y la perra del vecino?
Ay, ¿nadie la vio pasar?
¿Habrá volado muy lejos?
¡Mirá si llegó hasta el mar!

Por suerte, la abuela Olga
le dijo: “Basta, ya está,
no soples más o se vuela
toda entera la ciudad!”

Y Uma, que es obediente
dejó por fin de soplar
y colorín colorado,
el cuento se acaba acá.

 

 

 

 

 

Otro problema

La historia es ya conocida:
el joven Simbad llegó
a una isla misteriosa
y ahí nomás desembarcó.

Pero la isla no era
una isla ¡no, señor!
Sino una enorme ballena
que dormida se quedó.

Así en el medio del mar
quedó el lomo a la intemperie,
crecieron plantas arriba
y se hospedaron las liebres.

No fue un error de Simbad,
fue lógica confusión
(aunque yo creo, confieso,
que se oculta otra razón).

Mirá, las plantas no pueden
echar raíz sobre un lomo
¿Y liebres sin madrigueras?
¡A ver, explicame cómo!

Te digo, todo es mentira
y perdóname que insista:
¡Es obvio que ese Simbad
andaba corto de vista!

Ricitos tras las rejas

¡Es una nena adorable!
¡Y, ay, sus ricitos dorados!
Parece de propaganda
con su vestido a volados.

Pero aun así lo que hizo
no fue ninguna pavada
Es un delito y es grave:
“usurpación de morada”.

Los osos la denunciaron
con justísima razón:
como Pancha por su casa
los esperó en camisón.

A ver, no pedimos mucho:
¡Un poco de educación!
Preguntá antes de mudarte,
esperá la invitación.

¡Igual se la ve contenta
y tan feliz en la cárcel!
ya eligió una buena cama
y está dispuesta a quedarse.

El guardia se quejó un poco,
la acusa de confianzuda:
le exige de desayuno
té dulce con medialunas.

¡Otra que el guisante!

¡Qué príncipe tarambana!
Si fuera yo, no lo intento:
con una princesa así
no me voy de campamento.

Imaginate, un guisante
le hizo perder la cabeza.
¡Yo no quiero estar ahí
si se sienta en la maleza!

¿Si una hormiga se le mete
en la bolsa de dormir?
¡Va a gritar como si adentro
se encontrara un jabalí!

¡Ay, qué escándalo si cae
una lluvia inesperada,
o descubre entre las sombras
un gusano en la ensalada!

Y la suegra que decía:
“¡Qué princesa primorosa!”
Yo disiento, me parece
que más bien es quisquillosa.

Piel de guapo

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Ilustración de Cathy Delanssay

Resulta que en Muy Lejano
vivió una joven princesa
que se negaba a seguir
los patrones de belleza

Se cubrió con piel de asno
para que nadie la viera
y dejó atrás el palacio
yéndose de mochilera.

Le gustó que todo el mundo
se asustara , nomás verla:
se quedó con el disfraz
que adornó con unas perlas.

La gente, muy prejuiciosa,
apenas se le acercaba
así que para cambiarse
ni cerraba la ventana.

Por eso un joven del pueblo
muy pronto la descubrió
y en cuanto supo quién era
veloz se le declaró.

“¡Seguro es mi alma gemela!”
se dijo frente al espejo
“Así, con cara de asno
me quiere” ¡yo no lo dejo!

Se casaron enseguida,
se comieron las perdices
Pero el cuento no se acaba
(aunque sí fueron felices)

Parece que este muchacho
también guardaba un secreto:
se supo en la misma boda,
(me dicen los indiscretos).

Tapaba con piel de guapo
su físico verdadero
y sus orejas de asno,
con un bonito sombrero.

 

 

 

Patito a secas

A usted le parece feo
y a mí me parece hermoso
No vamos a discutir:
¡Ninguno es un mentiroso!

Yo prefiero la montaña
y usted muere por el mar,
a mí me gusta estar quieta
y a usted le encanta bailar.

¡Y si fuéramos al cine!
En serio, qué problemón:
Yo miro solo comedias
y usted solamente Acción.

Si hablamos de personajes
¡Ay, qué distintas miradas!
Usted quiere a Blancanieves,
y yo a la bruja malvada.

No diga “patito feo”
¡Se lo pido, por favor!
Digamos patito a secas,
y lo contamos mejor.