El traje nuevo del emperador (versión sobre el cuento de H.C. Andersen)

Hubo, hace mucho tiempo, un emperador tan vanidoso que se pasaba las tardes frente al espejo. Miraba los zapatos lustrados, los pantalones rectos y recién planchados, la camisa almidonada, la chaqueta prendida, la capa larguísima que arrastraba para darle a su andar un toque majestuoso.

Cada semana organizaba una fiesta distinta con tal de poder lucirse frente a los demás. Y, por supuestísimo, jamás repetía vestuario. Como sus sastres no daban abasto, siempre estaba dispuesto a contratar a alguien más. Y así fue como dos estafadores aprovecharon su oportunidad.

—Nuestras telas son prodigiosas — mintieron—: no puede verlas todo el mundo. Solo los que merecen tener la vida que llevan. Usted, por ejemplo, no tendrá ningún problema en verlas, porque merece estar en el trono y ser quien gobierna este gran imperio ¿verdad?

El soberado los contrató de inmediato porque ni por un minuto se le cruzó por la mente la posibilidad de que aquellas telas fueran invisibles para él. ¡Qué emocionante iba a ser vestirse con ellas! Les dio un adelanto cuantioso y los ubicó en la torre más alta del palacio, donde los bribones montaron  su taller.  Enseguida simularon estar ocupadísimos y exigieron oro, plata y piedras preciosas para poder fabricar aquella tela extraordinaria. Pero, por supuesto, no fabricaron nada.

Pasados unos días, el emperador le ordenó a su Ministro:

—Ve a mirar cómo está quedando el traje.

El pobre hombre casi se muere del susto cuando vio el telar: ¡estaba  vacío!  ¿Pero cómo iba a decir la verdad? Si llegaba a reconocer que no veía ninguna tela, iban a expulsarlo del palacio. Y por eso mintió:

— Jamás he visto un traje más hermoso.

Y exactamente lo mismo hicieron los demás. Porque ni el secretario, ni el mozo de cuadra, ni el mayordomo, ni el primer lacayo pudieron ver ningún traje. Y, sin embargo, todos aseguraron sin dudar que aquel atuendo era lo más  extraordinario que habían visto en sus vidas.

¿Cómo iba a hacer otra cosa el propio emperador, al día siguiente, cuando él mismo fue incapaz de ver el traje con el que estaban vistiéndolo? ¿Acaso era posible que, después de todo, no mereciera el trono?

—¿Qué les parece? —preguntó, incómodo, a sus consejeros. Y todos a la vez (aunque no vieran otra cosa que su ropa interior) exclamaron: ¡Magnífico! ¡Increíble! ¡Colosal!

Y así salió el monarca del palacio, demasiado preocupado por la opinión ajena como para confiar en sus propios ojos. Salió con su corona puesta y sus botitas forradas en seda. Pero sin ningún traje.

—¿Qué hace el emperador en camiseta? — murmuró un aldeano al verlo.

—¡Pero si está en calzoncillos!  —agregó otro, a media voz.

—¡Su Majestad no lleva ningún traje! —un niño, por fin, gritó.  Y entonces sí, todos en el pueblo comenzaron a reírse ¡a carcajadas!

Cuando el emperador (¡furioso!) ordenó su captura, los falsos sastres ya habían cruzado las fronteras del reino.

Anuncios

Un restorán en la ruta

cosecha
Si reconocés la imagen, escribime (¡quisiera citar la fuente!)

Un perro lleno de rulos
y un burro muy aburrido
hallaron un restorán
de ruta en su recorrido.

—Yo quiero ensalada rusa,
y un barril con mandarinas.
—Yo rúcula con arroz
y manzana correntina.

El mozo los miró raro,
les dijo: —¡Es un disparate!
Aquí solo repartimos
turrón, romero y tomate.

Receta para una tarde aburrida (o sobre cómo convertir a tu hermanita en un monstruo)

INGREDIENTES:

Tu hermanita

1 medibacha de tu mamá

1 pantufla de tu papá (o una pata de rana)

10 chupetines bolita

1 bolsa de caramelos masticables

Fibras (variedad de colores en cantidad necesaria)

Un piolín (solo si usás la pata de rana)

 

PROCEDIMIENTO:

  1. Decile a tu hermana que vas a jugar a las princesas. Esto es estrictamente necesario si no querés pasar directamente al punto 7.
  2. Chupá 8 chupetines para activarles la función de pegamento.
  3. Con cuidado, pegalos sobre la cabeza de tu hermana.  Por supuesto, a ella decile que estás poniéndole una corona (aunque para vos sea completamente obvio que son ojos atravesados por pequeñas lanzas). Si es necesario, pasá directamente al punto 7.
  4. Decile que meta las dos piernas en un lado de la medibacha para convertirse en La Sirenita (ella estará muy contenta con su cola de pez, pero vos sabrás la verdad: es un horrible monstruo de una sola pata).
  5. Yo no pude lograr que metiera los dos pies adentro de la pantufla de papá (no se creyó que era una aleta); pero vos podés intentarlo. Si no, la otra opción es que hagas lo que hice yo: usar una pata de rana. El problema es que los dos pies juntos no entran en el agujero y vas a tener que atarla con un piolín. A mí me ayudó pensar que ese piolín era una horrible serpiente saliéndole del tobillo pero reconozco que tengo imaginación: el piolín más bien parece una lombriz.
  6. Con las fibras, tatuale el cuerpo como quieras. Yo le hice rayas en los brazos y le pinté la cara toda verde (¡me quedó igualita a Hulk!). A ella decile que la estás maquillando (lo que, por otra parte, no es ninguna mentira). Y sé astuto: empezá por la cara, porque cuando te vea dibujándole rayas en los brazos ya va a empezar a llamar a tu mamá.
  7. Impedí a toda costa que llame a tu mamá: ponele inmediatamente un chupetín en la boca (para eso te sugerí dejar dos, uno para ella y otro para vos, porque seguro te van a dar ganas).
  8. Si fuiste rápido en el punto 7, vas a poder continuar (yo no tuve tanta suerte). Ofrecele al menos siete caramelos masticables, con la condición de que se los ponga todos juntos en la boca. Si todavía no terminó el chupetín, mucho mejor: para que hable un idioma de verdad monstruoso conviene que mastique mucho y tenga poco espacio libre en la boca.
  9. Antes de hacer hablar a tu monstruo asegurate de haber cumplido sin errores el punto 8. Es decir, que no te pase lo que me pasó a mí: por haberme comido casi todos los caramelos antes, no tuve más remedio que ofrecerle solo dos. Y me consta que con dos no alcanza: en vez de decir “Aughh” tu monstruo seguirá hablando bastante bien en español y puede que tire todo tu proyecto por la borda si se le ocurre gritar como a mi hermana:

─Mamaaaaaaaaaá, mirá lo que me hizo Juliaaaaaaaaaaaaaaaaaaán.

  1. No vayas a culparme si estás en penitencia toda la semana. Yo te doy la receta, pero el cocinero sos vos.

 

Colorín colorado

Y Colorín colorado…
estos cuentos enrimados
ya se van a descansar.
Y colorín colorete…

¿Quién será el nuevo jinete
que se ponga a cabalgar?
Pues los cuentos infinitos,
como saben, nunca duermen.

Sólo esperan que alguien quiera
volverlos a despertar…
¿Quién de todos los oyentes
será el príncipe valiente
que se atreva al desafío
de volverlos a inventar?

 

Despedida

Peter Pan y Campanita vuelan:
van con alas invisibles
desafiando al viento, ¡libres!
y unas nubes, boquiabiertas
deliberan si son globos, aves
ovnis o avionetas…

Yo voy volando con ellos
Aquí bien alto ¿me observan?
¿no ven allí, que a lo lejos
un fiero barco navega?
Aquel de allá, ese que lleva
una espantosa bandera
que en el mar, como en espejo
dibuja una calavera.

Lleva ese barco a montones
bombas, piratas, cañones.
Y entonces Garfio dispone
y el viejo Smee nos increpa:
─¡Venid aquí a la cubierta
que entre indios y sirenas
libraremos la batalla más cruenta!

No hagamos caso ¡volemos!
que ya está cerca la tierra
donde gobiernan los sueños
porque no hay más pobladores
que varios niños pequeños.

Ninguna duda me altera.
No habrá temor que me pierda:
creo en las hadas, los duendes
los niños que nunca crecen,
los magos, las hechiceras.

Quiero volar ya muy alto
adonde vayan mis sueños
Sin preocuparme del tiempo
del porvenir, del sustento
de la gente que me diga
“¡Peter Pan es puro cuento!”
Nada me importa, ¡yo creo!
Vale la pena el intento.

Voy a pelear contra el viento
enfrente de los cañones
de los piratas gruñones
de aquel que diga “está loca
sólo son puras visiones”.

Porque este libro es ejemplo
de que es posible volar.
¿O alguno podrá negarme
que hay algo de magia en esto?
Yo lo soñé, así, enrimado
lleno de cuentos alados
Y mientras vos vas leyendo
seguro yo estoy pensando
¿Qué niño estará leyendo
los versos que yo he soñado?

Y aunque ignoro muchas cosas
de este mundo complicado
Campanita me ha confiado
una innegable verdad:
Para alcanzar nuestros sueños
¡hay que animarse a soñar!

 

¡No hay derecho!

Sube que te sube
troncos sujetando
nubes traspasando.
¡Pobre Periquín!

Trepa que te trepa
cielo atravesando
va como volando.
¡Pobre Periquín!

Anda que te anda
ramas escalando
ángeles pasando
¡Pobre Periquín!

Todo para el cuento
célebre y famoso
que aunque sigue hermoso.
¡No es de Periquín!

A las habichuelas
sí las respetaron,
y al gigante malo
¡bello porvenir!

Al que escala, en cambio,
nombre le cambiaron
Jack lo bautizaron.
¡Pobre Periquín!

¡Ábrete, Sésamo! (por favor)

Alí Baba se encontraba
justo parado en la entrada
del prodigioso escondite
cuando un estruendo escuchó.
¡Cómo olvidar el berrinche,
el escándalo, el bochinche
que Ali Baba provocara
cuando su pie se quedó
prisionero de la trampa
de esa puerta milenaria
que, aunque nadie lo ordenara,
de repente se cerró!
¡De la angustia se quedara
sin memoria ni palabras!
Le salió un “abracadabra”
¡Pobre hombre!, no sirvió.
¿Cómo diablos se llamaba
la semilla esa que estaba
en la fórmula famosa?
¿No me cuentan, por favor?
¿era lino, mijo, soja?,
¿un garbanzo u otra cosa?
¡Más finito que una hoja
el pobre pie le quedó!

El campeonato

Sí, señor, yo he presenciado
su bochornosa actuación,
me ubiqué en primera fila.
¡Qué terrible papelón!
Cierta ventaja tenía
la Sirenita en el mar
(o eso pensamos nosotros)
¿por qué si no iba a apostar?
Miré a los tres contrincantes:
un pequeñuelo esquimal,
un regordote elefante
y un vejestorio caimán…
Calculamos diez brazadas
¡no mucho más hasta allá!
No, con su cola brillante
toda escamada, además…
Era imposible, pensamos,
que otro pudiera ganar
el magistral campeonato
de natación estatal.
Pero ya ve, yo he perdido
medio penique ¡qué mal!
por apostar ciegamente
que la primera en llegar
al entablado del muelle
sería la niña del mar.
Le digo yo, no es sensato
en una joven confiar.
Por más sirena que sea,
por más que sepa nadar.
Adolescente y tontuela
¿era imperioso parar
para mirar al muchacho
que por allí fue a pasar?
Y, mire usted, vaya y pase
que le pudiera ganar
ese reptil vejestorio
o el pequeñuelo esquimal…
¡Pero no diga, mi amigo,
que el elefante quedara
en tercer puesto y la chica
¡en el último lugar!

La lámpara más más brillosa

lampara-de-aladino

http://www.pericadibuja.blogspot.com

Nunca nadie ha detenido
en la madre la atención,
¿no recuerdan cómo ha sido
que aquel genio despertó?
Fue la madre de Aladino,
que aquel día la lustró,
pues pensó que más limpita
le hallaría comprador…
Hete aquí que al repasarla
aquel fiero efrit salió,
se expandió, malhumorado
y la pobre no lo vio…
—Soy tu esclavo ¿qué deseas?
—el gigante preguntó.
Mas la anciana no contesta,
¡está sorda!, digo yo.

y ella sigue refregando
¡y qué lustre que le dio!
No es del susto que cayera
como muerta.
¡No, no, no!
Es que estaba muy cansada
ya de tanto franelear.
Solo quiso hacer la siesta
¡qué se iba a desmayar!

 

 

Julián en el País de las Maravillas

Vio la puertecita dentro de aquel tronco
y en un periquete estaba en el salón,
con la llavecita dentro del cerrojo
sin inconvenientes al jardín salió…
Vio a los jardineros
cómicos pintando
los blancos rosales
de rojo punzó.

No dudó en sacarle
la brocha al más alto
y así de repente
todo lo arruinó.

Y se fue corriendo
pronto para el campo
donde aquel partido
loco se jugó.

Iba muy contento

todo salpicando:
de roja la cancha
pronto se tiñó…

Croquet se jugaba
(o eso se decía)
Los palos, flamencos.
Las pelotas son

erizos cansados
de ser picoteados
por los desplumados
pájaros rosados

que apuntan a un arco
que se desplazó…
Julián no conoce
las reglas y mete
su brocha en el pico
del que se cruzó

Alicia se queda
sin palo y entonces
el pobre flamenco
pelos escupió…

Vio que dormitaba
cerca una pelota

(que era un pobre erizo)
pronto lo pateó
y voló tan lejos
que si fútbol fuera
como cinco goles
seguro metió…
—¿Quién es este niño,
rojo del demonio?
—con gran tiranía
la reina gritó—…

Pero como rojo
fuera todo el mundo
nadie en aquel campo
lo reconoció.

Vio que una sonrisa
de gato volaba
y allá para el cielo
pronto señaló.

Mas como la brocha
iba bien cargada
también el celeste
cielo se pintó…

—¿Quién es este niño?,
—dijo la condesa—
pinta bien ¿no cierto?
—grave señaló.
La reina le ordena
con toda realeza:
—¡Que se calle esa,
que nadie le habló!
—¿cómo va el partido?
—dijo el distraído
rey que todo rojo
nada bien miró.
—¿Pues como demonios
quieres que yo sepa?
Si ese revoltoso
todo lo pintó.
—Que alguien lo detenga
—sentenció la reina—,
corten su cabeza
de una vez, —gritó.
Julián no era zonzo
(cazó la indirecta)
y en un periquete
se volvió al salón.