Un hogar inusual

Al hada la encontré fácil
(es bastante llamativa)
Pero esconderla fue el reto
más difícil de mi vida.

A la casa de muñecas
ni siquiera quiso entrar
aunque en medio de la sala
metí un frondoso bonsái.

En el balcón, ni pensarlo
¡Qué doloroso destino
si la agarra distraída
el gato de mi vecino!

Adentro del costurero
al fin, le encontré un hogar:
le encanta coser y duerme
metidita en un dedal.

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Cuestión de fe

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Quiero contarte un secreto
Bajito.
Que los adultos no escuchen,
por favor.
Pero sí: yo siempre creo
¿Cómo podría escribir, si no?
¿Cómo tolerar el mundo si no hay magia?
¿Cómo llegar a la verdad
sin ilusión?
Yo creo porque sí
Sin más razones.
Es un acto de fe
la creación.

Abuela-hada

Eran tres hermanas: Fernanda, Evangelina y Guadalupe. Vivían sobre la calle Alvear, en Ituzaingó y a mí me encantaba ir a su casa. Cuando jugábamos al Mago de Oz, en el patio, las baldosas se pintaban de amarillo y aparecían cien torres hechas de piedras preciosas, al final del camino. Un día llegó su abuela de visita:

—¡Hada! —gritaron las tres.

Y entonces, yo lo entendí todo.

Magia en la habitación 207

No, si yo te entiendo. Porque tampoco creía en las hadas. Ya estamos un poco grandes para creer ¿no? Bueno, es lo que yo pensaba. Sí, sí, igualito a vos.

Para mí las hadas estaban en las películas. O en esos libros llenos de brillantina y stickers. ¿Vos también tenés de esos?  Bueno, yo no pensaba que las hadas podían estar acá; viviendo como cualquiera, trabajando, contándoles cuentos a los nietos. Mucho menos pensaba que podían vivir en un asilo, como Herminia.

Porque ¿te dije que mamá es enfermera? Trabaja en el asilo que está acá a la vuelta. Yo voy todas las tardes, después del cole.  Y así la conocí a Herminia, que desde el principio me pareció una abuela especial. No sabía que tanto, bueno. ¿Cómo me iba a imaginar que era un hada? Porque en esos libros con brillantina las hadas son siempre jóvenes y  hermosas. No así viejitas, como ella. Sigue leyendo

El día que el mar se enfureció

¡Qué habría sido de los niños si Yanka, el hada más piadosa del océano, no hubiera llegado a tiempo aquel día!

 El mar estaba calmo. Los remos que Puku movía con destreza ante los ojos admirados de Usuri parecían grandes patas de tortuga braceando al ritmo de la marea; hasta que detuvieron la canoa para pescar. Sigue leyendo

La luna prisionera

En el inicio de los tiempos no había luna, ni tampoco estrellas. Por las noches, atemorizado por la oscuridad, Anku cerraba los ojos y se concentraba para escuchar el único ruido que reconocía, el de la cascada. Por eso le gustaba la primavera, porque entonces la nieve acumulada en la cima comenzaba a deshacerse y a bajar en forma de agua, entre las grietas de la montaña. Sigue leyendo