La ciudad dorada (versión de una leyenda mapuche)

 

Cuentan que hace muchas lunas, huyendo de los huincas, algunos de nuestros ancestros cruzaron la Gran Cordillera. Usaron pasadizos que nadie conocía, guiados por un magnífico cóndor que iba trazándoles en el cielo la mejor ruta.

Y así llegaron a estas tierras. Vieron los majestuosos coihues, los ardientes arrayanes y los robles. Degustaron las moras y la rosa mosqueta. Sintieron por primera vez el aroma del canelo y vieron,  como en un espejo, sus propias sonrisas reflejándose en los lagos.

Y entonces no avanzaron más. Armaron sus rukas al pie de las cumbres y en un claro del bosque encendieron el fuego. Le dieron un nombre a la región —Nahuel Huapi—, y hasta los huincas siguen llamándola así, como  nuestros ancestros quisieron.

Por varias lunas, aquellos hombres y mujeres bailaron y cantaron alabanzas a Ngenechén, que los había guiado, a través de aquel cóndor, a una tierra amable y prodigiosa. Porque en nuestros bosques y estepas hallaron alimento; y en las montañas, llenas de grutas, el refugio que necesitaban.  Y entonces quisieron obsequiarle al gran dios un tesoro mejor que las palabras y los cantos.

—Algo tan inmenso como estas montañas —sugirió alguno.

—Puro como el agua que desciende de las cumbres para calmar nuestra sed —dijo una mujer.

—Y luminoso como Kuyen, que alumbra cada noche nuestra aldea —agregó un anciano del Consejo.

Pero fue la machi quien, finalmente, decidió por todos:

—Ya que no podemos crear las montañas ni el agua cristalina ni la luz de la luna ¡Levantemos una ciudad! Que sea inmensa, pura y luminosa como estas tierras, y sirva como obsequio al buen dios que nos ha dado tanto a nosotros.

Y así fue como construyeron una enorme ciudad para Ngenechén. Las murallas, altísimas, fueron de oro. Y formaron los puentes con láminas de plata. Trajeron piedras de lugares lejanos y así usaron el ámbar y el zafiro y el cuarzo para revestir los suelos. Y los suntuosos altares —de jaspe, amatista y ónix— brillaron tanto que a lo lejos, toda la ciudad se parecía a una noche estrellada. Sigue leyendo

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El último deseo (leyenda toba)

¡Ay, del joven Cosakait que no fue amado! ¡Ay, del pobre corazón que no supo resistir!

¡Pero era tan bella! Como el canto de la calandrita agujereando el silencio de los bosques.  Como el blanco carpintero que, invisible, resonaba en las palmeras.

Bella, si la brisa enredaba sus cabellos. Si la arcilla acariciaba sus manos. Si, trenzando las fibras del caguaratá, sus dedos hacían canastas y cestas.

Bella, si sus pasos bajaban al río. Si el agua cristalina le besaba las manos. Bella, en el enojo. Bella, en la sonrisa. Bella en el asombro y en la ausencia.

¡Pobre Cosakait, cuánto la amaba! ¡y qué grande, en cambio, el desprecio de ella!

─¡Ya deja de mirarme, que me hartas!

─Siempre en mi camino ¿puede ser?

─ ¿No puedes apartarte de una vez?

Pero el pobre Cosakait no podía (¡no podía!) apartarse ni un poco de sus  ojos profundos, que eran luz y sombra. Como el ocaso.

¡Ay, del joven Cosakait que no fue amado! ¡Ay, del pobre corazón que no pudo resistir! Una noche la fiebre lo abrazó, como anaconda,  y sus labios, sedientos, pronunciaron el nombre de la amada, una y otra vez.

Una y otra vez la llamó, suplicando. Pero ni la muerte ─que ya habitaba su mirada y  su voz─ pudo quebrantar la indiferencia de ella.

─¡No iré a verlo, no! ─le dijo a sus hermanas, que piadosas, intentaron convencerla de que fuera. Se lo dijo también al piogonak, sabio anciano entre los hombres, que no hallaba la forma de sanarlo. ¡Ni sus mágicas manos, ni los cánticos, ni el tabaco prodigioso con el que otras veces, a otros jóvenes, él mismo había curado!

─Ya no hay nada que hacer, ¡se morirá! ─imploró el anciano. Y ella, sin mirarlo, volvió a su telar. A pensar: “¿Con qué flor adornaré mi trenza: lapacho o jacarandá?”.

Pero K´atá, que todo lo ve y conoce, se apiadó de Cosakait. Y a pesar de que no podía (¡ni él podía!) cambiar los sentimientos de la ingrata joven, atendió a la voluntad del pobre moribundo, que antes del último suspiro, musitó:

─Quiero estar siempre con ella. Adornar su cabeza con preciosas flores. Espantar los insectos que la perturben. Perfumar el agua que toque su rostro. Y ser mensajero: ya que he de morir, llevaré sus plegarias hasta el cielo.

Aquella triste mañana, los amigos y parientes de Cosakait pintaron su rostro con carbonilla. Caminaron, desolados, con el muerto a cuestas. A la vera del río lo sepultaron. Y lloraron su ausencia.

La joven no acudió al funeral. Y por muchos días no salió,  porque el peso de una piedra se le metió en el pecho. Pero un amanecer caminó hacia el río. En el reflejo del agua, viéndose tan bella,  se sacudió la culpa.

Y enseguida vio el brote. No sospechó que allí mismo estaba sepultado Cosakait, y sus dedos se enterraron, ansiosos, bajo la tierra fresca.

Cosakait la sintió. Un vigor inexplicable le llenó el espíritu que ya no habitaba su antiguo cuerpo. Ya no era un hombre amando a una mujer: era una raíz y un brote. Un brote delicado y muy pequeño. Que, tocado por el recuerdo de su otra vida, comenzó a crecer y a crecer. Prodigiosamente. Hasta volverse un árbol, lleno de aroma y ramas. De verdes hojas y preciosas flores.

Y así lo amó la mujer que antes lo había despreciado. Adornó su trenza con los bellos capullos que se ofrecían de a miles en las ramas. Con su perfume, espantó a los insectos y aderezó las aguas con que se bañaba. Y elevó su voz hasta los dioses quemando la madera. Un humo tenue y aromático llevó sus ruegos a K´atá.

Los hombres llamaron a aquel árbol palo santo. Y lo usaron en ceremonias rituales. Y bebieron sus hojas curativas. Y tallaron su madera. Y ahuyentaron los insectos y las plagas con su savia aromática. Porque el palo santo es un árbol bueno, nacido del amor. Del amor que da sin recibir. Sin reprochar ni esperar nada. Del amor que se entrega sin razón. Del más puro que existe entre los hombres. Que habita más allá del tiempo y de la muerte. Que no acaba jamás.