¿Cómo susurra el río? (versión de una leyenda mapuche)

 

 

Neuquén y Limay eran la sombra y el ciprés, el agua y el reflejo, el halcón y la altura. Siempre estaban el uno con el otro. Juntos escalaban montañas, cazaban ciervos rojos y bailaban, también, al compás del cultrum (¡bom, bom!), que animaba siempre sus reuniones.

Cuentan que los dos habían nacido bajo la misma luna. Al norte, Neuquén. Al pie de la montaña grande; en esa tierra volcánica, llena de hirvientes cascadas,  depresiones rocosas y aguas humeantes que atraen —todavía— a visitantes de lejanas tribus.

Limay, en cambio, era del Sur. Su tierra,  rodeada de montañas y pincelada por  luminosas retamas que iban borrando las sombras de los espesos bosques, estaba más allá de la laguna espejada.

La laguna donde conocieron a Raihué. Neuquén se enamoró de su voz de calandria. Y Limay adoró sus trenzas, que brillaban como la noche estrellada. Y a uno le pareció que sus ojos tenían la luz del amanecer. Y al otro que eran dulces como los frutos del sauco.

Y entonces, mareados por el amor, se desconocieron.  Y aquella amistad que fue robusta como las lengas que nunca se doblegan; perenne, como los cardillos que crecen en   la estepa y estrecha (¡tan estrecha!) como los refugios donde el cuis se alberga, se volvió endeble y dañina.

—Me casaré con aquel que me traiga un caracol del mar —prometió Raihué.

Y los dos emprendieron un largo viaje. Por el sur, Limay; con el paso lento pero decidido. Y al Norte Neuquén que, atolondrado, iba arrastrando las piedras del camino.

Viéndolos correr, con tanta entrega, Antu y Elmapu —el viejo Sol y la Tierra— quisieron ayudar: les dieron entonces la fuerza del agua que puede atravesarlo todo, sin detenerse jamás. Y así Limay y Neuquén se convirtieron en ríos. Y corrieron y corrieron y corrieron, sin importar el paso de las lunas, porque el mar estaba cerca. Cada vez más cerca.

Pero el celoso viento, Cüref, se llenó de rencor: ¿quiénes eran esos, que andaban con más ímpetu que él? ¿Por qué Antu y Elmapu otorgaban a los hombres los poderes de los dioses?

Y le dijo a Raihué que los dos morirían:

—¡Por tu culpa!

El corazón de la joven, que era noble, se marchitó. Cuentan que Elmapu la vio a tiempo e hizo de sus piernas un finísimo tallo y que Antu, con la fuerza de su calor,  convirtió sus brazos en  sedosos pétalos. Y así Raihué renació en la Madre Tierra, como una bella flor.

¡Despiadado Cüref, que soplaste y soplaste y soplaste hasta acercar los ríos para contarles, a los dos, del trágico destino de Raihué!

Pero ellos, mareados por el dolor, se reconocieron. Y así Limay y Neuquén fueron otra vez  la sombra y el ciprés, el agua y el reflejo, el halcón y la altura. Y quisieron estar el uno con el otro. Y se abrazaron. Y los dos ríos se volvieron uno. Cuentan que nuestros ancestros vieron tan triste aquel río, tan sosegado y oscuro, que lo llamaron Río Negro. Aunque dicen, también, que sus aguas susurran: no siempre son lamentos, a veces el río suena como la risa de dos amigos que se están divirtiendo.

 

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Con las luces del cielo (versión de una leyenda mocoví)

 

En la noche está escrita la historia de nuestros ancestros. Hay que mirar arriba, nomás; al inmenso piguem, que otros llaman cielo. Desde allí nos hablan las estrellas y no importa el tiempo que ha pasado. Todo queda labrado para que no olvidemos.

Hoy quiero contarles una historia de esas. Está escrita, muy clara, en esas cuatro estrellas ¿Las ven? Algunos las llaman Cruz del Sur, ¡aunque es tan clara la huella! Arriba, los tres dedos.  La imagen se completa si miramos, abajo, la otra estrella: así pisa el manic, ñandú de nuestras tierras.

En esa huella está escrita la historia de Nemec, bravo cacique de nuestro pueblo. ¡Nunca fallaba, Nemec! ¡Nunca escapaban sus presas! Hasta esa tarde, al menos.

Cuentan que de cedro hizo el arco. Lo puso al  fuego, para corvarlo. Anudó en sus extremos una enorme raíz, y la fue tensando. Para las flechas, usó espinas de cardón, embebidas en la savia venenosa de un laurel de flor.

Entalló también la punta de su lanza y la encastró en la vara. De quebracho, la vara. Porque el quebracho es fuerte  y su madera, noble.

Y juntó piedras pesadas. Con cuero de tapir las cubrió. Y las ató con lianas. Midió el peso en la fuerza de su brazo y ensayó el movimiento de su cuerpo: la muñeca girando a la derecha, el torso firme y la postura erguida. ¡Había que verlo a Nemec, cuando lanzaba! Las boleadoras (veloces como martinetas) siempre alcanzaban la presa, que quedaba enredada en un golpe mortal.

Y así salió Nemec, como otros días. Con su arco y sus flechas. Con su lanza filosa y las piedras pesadas, listas para arrojar. Estaba atento ¡Al acecho! Escuchando los ruidos que llegaban, como una brisa lejana, desde la llanura.  Las pisadas. Los silbidos del viento. Los arbustos que se abrían ante el paso inocente del manic, que ignorante del peligro, avanzaba más y más.

Y se vieron. ¡Uno al otro se vieron! Nemec, conteniendo la respiración. Apretando la lanza entre sus dedos inclementes. Midiendo la distancia, para no fallar.

Y el ave, declinando su altura para iniciar carrera.  El cuello, tenso. Las alas, bien abiertas y listas para dar el giro: ¡tenía que huir!

Todo fue a un tiempo: el movimiento del brazo, el salto del manic y la corrida. ¡Falló la lanza de Nemec! Buscó entonces las flechas. Una, dos y tres fueron perdiéndose en el horizonte junto con la presa. Siguió corriendo el ave. Detrás iba el cacique que nunca renunciaba. Hizo silbar las boleadoras sobre su cabeza. No se tocaban, no se acercaban siquiera: tomaban fuerza en el giro, porque era diestro Nemec. Pero de pronto, las detuvo. Las piedras cayeron a sus pies. Y él, de rodillas, se quedó en silencio.

Porque el manic trepó el cielo. Con el mismo paso vigoroso, con la prisa y el alivio del que escapa justo a tiempo, ¡el manic trepó al cielo! Subió, subió y subió hasta perderse en la tarde luminosa. Y allá quedó su huella, como una marca indeleble y eterna que atraviesa los siglos, para que recordemos.

A nuestros ancestros. Al cacique Nemec, que vio el prodigio. A los seres indefensos que nuestra tierra protege. A las estrellas que nos hablan de nuestras raíces; que nos cuentan de nuestro pasado y dibujan la historia con las luces del cielo.

 

 

 

 

 

La ciudad dorada (versión de una leyenda mapuche)

 

Cuentan que hace muchas lunas, huyendo de los huincas, algunos de nuestros ancestros cruzaron la Gran Cordillera. Usaron pasadizos que nadie conocía, guiados por un magnífico cóndor que iba trazándoles en el cielo la mejor ruta.

Y así llegaron a estas tierras. Vieron los majestuosos coihues, los ardientes arrayanes y los robles. Degustaron las moras y la rosa mosqueta. Sintieron por primera vez el aroma del canelo y vieron,  como en un espejo, sus propias sonrisas reflejándose en los lagos.

Y entonces no avanzaron más. Armaron sus rukas al pie de las cumbres y en un claro del bosque encendieron el fuego. Le dieron un nombre a la región —Nahuel Huapi—, y hasta los huincas siguen llamándola así, como  nuestros ancestros quisieron.

Por varias lunas, aquellos hombres y mujeres bailaron y cantaron alabanzas a Ngenechén, que los había guiado, a través de aquel cóndor, a una tierra amable y prodigiosa. Porque en nuestros bosques y estepas hallaron alimento; y en las montañas, llenas de grutas, el refugio que necesitaban.  Y entonces quisieron obsequiarle al gran dios un tesoro mejor que las palabras y los cantos.

—Algo tan inmenso como estas montañas —sugirió alguno.

—Puro como el agua que desciende de las cumbres para calmar nuestra sed —dijo una mujer.

—Y luminoso como Kuyen, que alumbra cada noche nuestra aldea —agregó un anciano del Consejo.

Pero fue la machi quien, finalmente, decidió por todos:

—Ya que no podemos crear las montañas ni el agua cristalina ni la luz de la luna ¡Levantemos una ciudad! Que sea inmensa, pura y luminosa como estas tierras, y sirva como obsequio al buen dios que nos ha dado tanto a nosotros.

Y así fue como construyeron una enorme ciudad para Ngenechén. Las murallas, altísimas, fueron de oro. Y formaron los puentes con láminas de plata. Trajeron piedras de lugares lejanos y así usaron el ámbar y el zafiro y el cuarzo para revestir los suelos. Y los suntuosos altares —de jaspe, amatista y ónix— brillaron tanto que a lo lejos, toda la ciudad se parecía a una noche estrellada. Sigue leyendo

Los pumas grises (leyenda aymara)

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En otros tiempos no había más que un valle en donde ahora se extiende el lago. Era Wiñay Marka, un lugar sin odio ni preocupaciones, donde los hombres vivían siempre felices y en paz.

Así lo había dispuesto Apu Qullana Awki, cuando creó el mundo. Les había dicho a los hombres que no pelearan, que no desearan nunca aquello que no tenían y cuidaran, en cambio, los ricos tesoros que estaban a su alcance: la tierra, los cultivos, el cielo transparente, los frondosos árboles y los animales que llenaban de color y ruido el precioso valle.

Pero Awqa se interpuso. Su maléfico espíritu tomó la voz del viento para tentar a los hombres y confundirlos:

─¿Por qué conformarse con tan poco? Si Wiñay Marka fuera tan bueno, Apu también viviría aquí.

Y los hombres le preguntaron a Apu dónde vivía. Y él les contestó que en una de las montañas más grandes del Altiplano, pero que nunca debían subir allí.

─¿No ven? ─volvió a la carga Awqa─ Si ustedes suben a la montaña pueden quitarle su poder. Y dominarán el cielo y la tierra, el aire, el viento y a todas las criaturas que habitan el universo.

Y tanto les insistió, y tanto escucharon los hombres el rumor del viento que les decía: «¡Rebélense! ¡Tomen ustedes su poder y suban a la montaña!», que Wiñay Marka dejó de ser un lugar sin odio ni preocupaciones donde ya los hombres no pudieron vivir felices y, mucho menos, en paz.

Y así, llenos de rencor, subieron; dispuestos a atacar a quien alguna vez había creado, para ellos, el universo.

Y mientras Awqa se regocijaba,  Apu Qullana Awki se llenó de pena. Y también de enojo. De tanto enojo que no tuvo piedad.

Y así vieron los hombres que subían, primero las garras afiladas. Las mandíbulas salvajes, tan hambrientas, que ya no pudieron ver después nada más. Eran unos pumas enormes, grises. Eran unos pumas capaces de arrancarles el corazón de un zarpazo. De pintar con sangre el valle de Wiñay Marka, que en otro tiempo había sido un terruño feliz.

Casi todos murieron. Los pumas parecían no saciarse jamás. Y fue tal la masacre que el Tata Inti lloró. Y el llanto se escurrió entre sus rayos y llegó a la tierra. Durante cuarenta días y cuarenta noches las lágrimas del sol limpiaron la sangre de los hombres. Tantas fueron que el valle comenzó a inundarse. Tantas que los pumas grises quedaron bajo el agua, ahogados.

Y uno de los pocos hombres que quedaban dijo: qaqa titinakawa, que significa en lengua aymara  “ahí están los pumas grises”. Y tantas veces se contó esta historia, y tantas veces se repitió qaqa titinakawa que el sonido fue cambiando…Qaqa titinaka… titinaka qaqa.. Titicaca.

Y así es como encontró su nombre el lago.

¡Qué bella trama, Tatú! (leyenda aymara)

 

            Pachamama contempla a sus criaturas. Siempre. Y lo mismo pasó aquella vez, tan importante para Tatú y para Zorro.

La fiesta era en luna llena. Todos en el Altiplano se preparaban para ir: los flamencos acicalaban sus plumas. La vicuña se cepillaba el pelo. El surí estiraba su cuello, para verse elegante. Los cóndores –fiu, fiu- practicaban su vuelo para dar un espectáculo esa noche, que habría luz.

─¡Hasta el lago estará bello! ─pensaba (¡pobre, Tatú!) que había visto qué bien le quedaba, al Titicaca, el resplandor de la luna.

Y Pachamama lo escuchó lamentarse por no tener plumas, ni pelo, ni cuello, ni alas que le permitieran lucirse en ningún vuelo, ni siquiera una piel que resplandeciera, como el agua, en noches de luna llena.

Pachamama jamás se entromete, pero sabe iluminar la mirada de sus criaturas. Y le hizo ver, entonces, una araña pequeñita a la entrada de su cueva. Iban y venían las patitas con rapidez, al ritmo de la disciplina, y una trama invisible se reveló a trasluz. ¡Una trama tan bella! Con hilos que parecían del agua del rocío. Tan resistentes, tan frágiles: a la vez.

─¡Me tejeré un manto! ─dijo Tatú, y la araña pequeña  se convirtió en maestra. Sigue leyendo

El último deseo (leyenda toba)

¡Ay, del joven Cosakait que no fue amado! ¡Ay, del pobre corazón que no supo resistir!

¡Pero era tan bella! Como el canto de la calandrita agujereando el silencio de los bosques.  Como el blanco carpintero que, invisible, resonaba en las palmeras.

Bella, si la brisa enredaba sus cabellos. Si la arcilla acariciaba sus manos. Si, trenzando las fibras del caguaratá, sus dedos hacían canastas y cestas.

Bella, si sus pasos bajaban al río. Si el agua cristalina le besaba las manos. Bella, en el enojo. Bella, en la sonrisa. Bella en el asombro y en la ausencia.

¡Pobre Cosakait, cuánto la amaba! ¡y qué grande, en cambio, el desprecio de ella!

─¡Ya deja de mirarme, que me hartas!

─Siempre en mi camino ¿puede ser?

─ ¿No puedes apartarte de una vez?

Pero el pobre Cosakait no podía (¡no podía!) apartarse ni un poco de sus  ojos profundos, que eran luz y sombra. Como el ocaso.

¡Ay, del joven Cosakait que no fue amado! ¡Ay, del pobre corazón que no pudo resistir! Una noche la fiebre lo abrazó, como anaconda,  y sus labios, sedientos, pronunciaron el nombre de la amada, una y otra vez.

Una y otra vez la llamó, suplicando. Pero ni la muerte ─que ya habitaba su mirada y  su voz─ pudo quebrantar la indiferencia de ella.

─¡No iré a verlo, no! ─le dijo a sus hermanas, que piadosas, intentaron convencerla de que fuera. Se lo dijo también al piogonak, sabio anciano entre los hombres, que no hallaba la forma de sanarlo. ¡Ni sus mágicas manos, ni los cánticos, ni el tabaco prodigioso con el que otras veces, a otros jóvenes, él mismo había curado!

─Ya no hay nada que hacer, ¡se morirá! ─imploró el anciano. Y ella, sin mirarlo, volvió a su telar. A pensar: “¿Con qué flor adornaré mi trenza: lapacho o jacarandá?”.

Pero K´atá, que todo lo ve y conoce, se apiadó de Cosakait. Y a pesar de que no podía (¡ni él podía!) cambiar los sentimientos de la ingrata joven, atendió a la voluntad del pobre moribundo, que antes del último suspiro, musitó:

─Quiero estar siempre con ella. Adornar su cabeza con preciosas flores. Espantar los insectos que la perturben. Perfumar el agua que toque su rostro. Y ser mensajero: ya que he de morir, llevaré sus plegarias hasta el cielo.

Aquella triste mañana, los amigos y parientes de Cosakait pintaron su rostro con carbonilla. Caminaron, desolados, con el muerto a cuestas. A la vera del río lo sepultaron. Y lloraron su ausencia.

La joven no acudió al funeral. Y por muchos días no salió,  porque el peso de una piedra se le metió en el pecho. Pero un amanecer caminó hacia el río. En el reflejo del agua, viéndose tan bella,  se sacudió la culpa.

Y enseguida vio el brote. No sospechó que allí mismo estaba sepultado Cosakait, y sus dedos se enterraron, ansiosos, bajo la tierra fresca.

Cosakait la sintió. Un vigor inexplicable le llenó el espíritu que ya no habitaba su antiguo cuerpo. Ya no era un hombre amando a una mujer: era una raíz y un brote. Un brote delicado y muy pequeño. Que, tocado por el recuerdo de su otra vida, comenzó a crecer y a crecer. Prodigiosamente. Hasta volverse un árbol, lleno de aroma y ramas. De verdes hojas y preciosas flores.

Y así lo amó la mujer que antes lo había despreciado. Adornó su trenza con los bellos capullos que se ofrecían de a miles en las ramas. Con su perfume, espantó a los insectos y aderezó las aguas con que se bañaba. Y elevó su voz hasta los dioses quemando la madera. Un humo tenue y aromático llevó sus ruegos a K´atá.

Los hombres llamaron a aquel árbol palo santo. Y lo usaron en ceremonias rituales. Y bebieron sus hojas curativas. Y tallaron su madera. Y ahuyentaron los insectos y las plagas con su savia aromática. Porque el palo santo es un árbol bueno, nacido del amor. Del amor que da sin recibir. Sin reprochar ni esperar nada. Del amor que se entrega sin razón. Del más puro que existe entre los hombres. Que habita más allá del tiempo y de la muerte. Que no acaba jamás.

Blanca salvación (leyenda toba)

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Un día el Mal despertó de su siesta.  Y el Gran Chaco, que hasta entonces era apacible y tranquilo, cambió. El Bien, enterado de su presencia, quiso hacer un trato y,  en la negociación, el mundo fue a color y en blanco y negro.

El sol acarició los girasoles, y un huracán los sepultó en el bosque. La lluvia hizo crecer los cultivos y una plaga invisible sofocó los tallos. Brotó el quebracho y un rayo fulminó su tronco. La oruga se acurrucó, paciente, en su capullo y un viento malhadado la abandonó en el río.

Cuando la discusión terminó, volvió la calma. Pero los días comenzaron a ser fríos; los vientos, violentos y las lluvias, heladas. Era Nomaga, el invierno, que por primera vez visitaba a los hombres.

─Lo has mandado tú ─le increpó el Bien al Mal.

─¿Y si así fuera? No rompo mi promesa: tu te ocupas de tus cosas y yo de las mías. Nada de interponernos.

Era cierto: no podía lastimar a Nomaga, ni siquiera echarlo de allí; pero sí ayudar a los hombres para soportar las inclemencias del tiempo.

Tomó entonces el capullo de un palo borracho. De la flor del patito, su color. La destreza del picaflor, que se suspende en el aire. Y el plumaje de una viudita que piaba muerta de frío. Y así nació Gualok, el algodón.

Gualok con sus pétalos ambarinos. Con sus preciosas flores de tallos invisibles que bailan como acunadas por el compás de un río. Con sus blancos ─blanquísimos─ capullos, suaves como las plumas que se mecen, divertidas, con las cosquillas del viento.

Y al son de los tambores que sonaban, agradecidos, las semillas de Gualok se esparcieron. Volaron sobre pastizales, bosques y sabanas. Y los hombres, por fin, se distrajeron del frío. Miraban, asombrados, la transformación del Gran Chaco: se había vuelto blanco. Blanquísimo y hermoso.

Pero la obra del Bien no había acabado. Buscó una madera resistente, y por fin eligió un árbol. Bastó un instante para transformarlo: aquel viejo urunday  se convirtió de pronto en un objeto extraño y prodigioso.

─Esto es un telar ─les dijo el Bien a los hombres─. Les servirá para tejer, con capullos de Guanok, mantas y túnicas. Cubrirán sus cuerpos y ya no tendrán frío.

Y así, de pronto, Nomaga dejó de parecer tan malo.

─¡Vete de estas tierras! ─le ordenó el Mal, enfurecido.

Pero el Bien lo sigue invitando: vuelve cada año para aliviar a los hombres del abrazo del sol, que  a veces puede ser sofocante y dañino.

Dicen que el Mal no se fue del Gran Chaco. Que se esconde detrás de las cosas bellas, para que el Bien no lo vea. Dicen también que a veces toma la forma de un extraño gusano (la lagarta rosada), plaga maldita que acecha los cultivos de algodón y que ─en una noche─ puede arruinar la cosecha.

Pero el Bien nunca duerme: siempre habrá nuevas semillas que renueven la esperanza.

 

Después del fuego (leyenda toba)

Cuando el hombre vio a Dapichí, supo que el destino de su tribu cambiaría. Si Dapichí baja a la Tierra, tiene algo grande que anunciar: siempre es así. Desde el comienzo de los tiempos es así. Desde antes de que el sol se convirtiera en una anciana que recorre el cielo. Desde antes, mucho antes, de que la luna se montara en su burrito perezoso siguiendo los mandatos de K´atá.

Dapichí se acercó a la tienda y, sin hablarle, le reveló al hombre la verdad:

─Eres un pioganak. Hoy sabrás qué ocurrirá mañana. Tendrás el don de la sanación, si así lo quieren las estrellas. Y la gente de bien te seguirá sin preguntar. Adonde sea.

No habían sido palabras: Dapichí se comunica en el silencio. Pero el hombre comprendió el idioma de los dioses, y se entregó a su destino. Sigue leyendo

El buque fantasma (leyenda mapuche)

René Magritte, "El seductor", 1953.

René Magritte, “El seductor”, 1953.

 

            No: no siempre temimos al Caleuche. Que siempre ha sido un buque prodigioso, no se discute pero ¿temerle? Temerle, no. El Caleuche era, al principio, amigo de nuestro pueblo. Como Cuca Blanca, que nos ayuda a encontrar el sendero correcto cuando estamos perdidos. O el Chime, eterno protector de nuestros bosques y lagos. ¡Caleuche no era distinto a ellos!

Cuando se avistaba, siempre por las noches, era porque los huincas se estaban acercando a nuestras rucas. Y hay que verlos a esos, más pálidos todavía, cuando se cruzan con algún espectro. Gracias al Caleuche se mantenían lejos. Un espectro de los buenos, como Cuca Blanca y el Chime. El Caleuche era igual que ellos.

Siempre fue gigantesco. Verlo así, en medio del mar ─con sus enormes velas desplegadas, la música a todo sonar y las risotadas de sus tripulantes─ nunca fue poca cosa. Pero al principio solo se metía con los huincas: a ellos sí los buscaba. ¡Ay,  si se quedaban varados en el mar! El Caleuche, hambriento de tripulantes, se lanzaba sobre ellos con la precisión del cóndor que acecha en las montañas.

Porque al Caleuche solo suben los muertos. O los brujos, que saben volver de la muerte, al menos una vez. Y hacían bien los huincas en temerle, porque el Caleuche navega indistintamente por encima y por debajo del mar. Si lo tienes enfrente, ya es tarde. Una vez alguno se tiró por la borda. Cuentan que sus gritos de dolor se escuchaban a través de las olas; que los peces huían horrorizados por tanta crueldad. Fue tal la tempestad que desató el Calueche aquella vez en el océano que la espuma alcanzó las cumbres. Nadie más intentó escaparse, jamás.  Sigue leyendo

El volcán de hielo (leyenda mapuche)

volcan_lanin El huemul sentía el crujir de otros pasos, cerca: cada vez más cerca. Las voces de los hombres, susurrando.  El zumbido amenazante de las flechas saliendo del carcaj. Solo, solo aquel zumbido entre miles de ruidos familiares, inofensivos todos:  la cascada fluyendo, el tactac del carpintero en un pehuen, allá más lejos;  un martín pescador deslizándose en picada a través del tobogán invisible que es el viento,  y la bandurria –como un tenor—elevándose sobre la música silenciosa del bosque. Y entonces sobrevino la primera embestida: fiuuuu.  Y el huemul dio un salto, victorioso. Fiuuuu, fiuuuu, fiuuuu. Y el temor fue combustible para el animal, que esquivó con precisión cada flechazo. Y corrió. Corrió presuroso hacia la cima. La cima protegida por Pillán, guardián de la montaña. ─¡Se escapa! –gritó uno. ─¡Jamás! – Y otra vez con la flecha en el carcaj, el más valiente de los cazadores, Quechuán, les indicó a los otros  continuar camino arriba. Los demás dudaron: no querían contradecir al  korá más temerario de la aldea, pero avanzar significaba enfrentarse a Pillán. A Pillan que  es un dios. Que es el bien y el mal. Que protege la montaña y no perdona las impertinencias, jamás. ─¡Vamos! ─gritó Quechuán, insolente, desde lo alto─ ¿qué esperan? Y aunque el viento soplaba con más violencia arriba, aunque huyeron las bandurrias y los carpinteros y el martín pescador se refugió en su nido, avanzaron los jóvenes hacia la cima prohibida. Arriba, el huemul no escapó. Las cuatro flechas lo cercaron  como puntos cardinales: fiuuup, muslo derecho. Fiuuup, justo en medio del cráneo. Fiuuup, fiuuup: la estocada sangrante y el suspiro final. Vieron los jóvenes cómo el cielo se ennegreció de pronto. Sintieron la Madre Tierra, encendiéndose a su paso. Al viento, rugir como un salvaje jabalí. Y una lluvia de cenizas, copiosa y enfurecida, comenzó a cubrir toda la aldea. Y el volcán despertó. Una explosión, y el negro firmamento se volvió violáceo. Otra, y los jóvenes corrieron ─por fin─ ladera abajo. ─¿Qué es lo que he hecho? ─lloró Quechuán, arrepentido. Y la sangre del huemul, que cargaba en sus hombros, dibujaba una lágrima en su pecho. Así lo vio llegar su amada Huilefún, a la aldea. Ella corrió a su encuentro, pero él la apartó: Sigue leyendo