El príncipe danzante

Había una vez doce hermanas

que bailaban un montón

pero nadie descubría

en dónde estaba el salón…

Las zapatillas gastadas

delataban su afición,

y aunque todos sospechaban

y prestaban su atención

nunca nadie descubría

 el secreto, y la misión

de sorprender la diablura

quedaba sin solución… Sigue leyendo

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¡Rapónchigos! ¿Y ahora?

Érase una princesa
con extensa cabellera
que vivía en una torre
sin ascensor ni escalera.
La bruja que la cuidaba
usaba su larga trenza
para subir a la cima
y ver a la impar doncella.

—Rapónchigo —le decía—.
¡Suelta tu pelo, nena!
La joven, brava, aguantaba
el peso de la hechicera…

Pero, una vez, un buen mozo
príncipe que la viera
subiendo por el cabello
de la dama prisionera

quiso curiosear y entonces
(cuando la bruja se fuera)
subió veloz por la hebra
de pelo que lo asistiera.

Se vieron y enamoraron
y así tuvieron la idea
de escaparse a otro reinado
sin bruja que los agreda.

Pero el amor embobara
de pronto las dos cabezas,
y un tonto plan emprendió
la infortunada pareja.

Sostuvo el joven gallardo
por la trenza a la doncella
y no pensó que al bajarla
el pelo fuera con ella.

Cuando cayeron en cuenta
¡cuál fuera la pataleta!
El joven llora en el cielo.
La joven llora en la tierra.

Una queda protestando
(le molesta la melena).
Otro está refunfuñando
(ha perdido la escalera).

La manzana de Blancanieves

 

Ya lo ven, por esa bruja

me ha quedado mala fama.

¡Justo a mí, que soy sabrosa,

rica en fibras, linda y sana!

 

¿No podía la ladina

usar una mandarina?

¿una uva, una ciruela,

una banana, una pera?

 

¿Por qué no tomó un limón,

que es una causa perdida?

¿o una fruta abrillantada,

que es un poco de mentira?

 

Ya lo sé: no le quedaban

más frutas en la cocina

¿Pero en el bosque no había

ni una verdulería?