Los músicos de Bremen (versión de un cuento de los Grimm)

Esta historia tiene dos comienzos. El primero:

Había una vez un burro que tuvo que dejar su hogar. Su amo lo había reemplazado  por otro burro más joven y  él, por no morirse de pena, se inventó un sueño:

—Viajaré a Bremen. ¡Y allí me convertiré en músico!

Por el camino fue encontrando otros animales  (un perro, un gato, un gallo cantor) que habían tenido su misma suerte: amos desagradecidos que los hicieron a un lado porque estaban viejos.

Y así fue como el sueño de uno se convirtió en el sueño de cuatro.  Si el cuento se acabara aquí mismo, aquella banda formada de camino a Bremen no habría admitido otro nombre que Los amos ingratos.

Pero el cuento no se acaba aquí. Al contrario,  en este punto es cuando vuelve a empezar.

Y este es el segundo comienzo:

Hubo una vez un burro, un perro, un gato y un gallo que dejaron atrás sus casas para cumplir un sueño: iban a ser músicos, los mejores músicos que el mundo hubiera conocido jamás.

Cuando se hizo de noche, buscaron refugio en una vieja casa que parecía abandonada. El burro se paró  en dos patas sobre la ventana. Sobre él, el perro. Encima, el gato. Y en lo alto de aquella torre, el gallo cantor. Y así vieron a una banda de ladrones  contando su botín. Y, lo más tentador, olieron una rica cena que les alegró la panza.

Entonces se convirtieron en un monstruo hambriento que rebuznó, ladró, maulló y  cacareó. Y que, finalmente,  cayó con todo su peso por la ventana. ¡Qué entrada triunfal!

Los ladrones, asustados por el estallido y aquella música infernal,  huyeron de la casa como si hubieran visto un fantasma.

Pero al rato, uno de ellos volvió. La sala estaba completamente a oscuras. Y él, creyendo que los ojos del gato eran dos braseros encendidos, se acercó demasiado. Zas, un rasguñón.

Intentó salir por la puerta trasera pero, ñam, el perro lo mordió.

Probó por la entrada principal y, pum, el burro le dio una patada.

Y en medio de todo aquel lío, el gallo, que estaba subido al techo, empezó a cantar “¡Quiquiriquí! ¡Quiquiriquí!”.

—Fui atacado por tres brujas— contaría  el hombre más tarde —, rasguñado, acuchillado y golpeado (¡zas, ñam, pum!) por orden de un demonio superior que gritaba “¡Que venga aquí, que venga aquí!”.

Y este es el único final que tiene el cuento. Porque los músicos de Bremen no llegaron a Bremen. Aunque sí formaron su banda (se llama Los espanta ladrones y ensayan en aquella casa abandonada). Pero lo más importante es que siguen juntos. Y, sobre todo,  que nunca se sienten viejos.

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Hansel y Gretel ( versión del cuento de los Grimm)

Todo comienza en una pequeña casa, a las afueras del bosque. Es invierno, el viento se cuela por la ventana y Hansel y Gretel (los protagonistas de este cuento) se acurrucan para no sentir frío.  La voz de su  madrastra se escucha desde la otra punta:

—¡Hay que abandonarlos en el bosque!

Ojalá no estuviera hablando de ellos. Pero es la madrastra del cuento (¡ay!): le corresponde ser malvada.

Los hermanitos sienten miedo por uno, dos, tres segundos. Después, se les ocurre un plan: a la mañana siguiente,  mientras se internan en el bosque, van dejando miguitas por el camino. El plan es técnicamente bueno, así sabrán por dónde regresar.  Pero  el bosque está lleno de pajaritos. Y (¡ay!) a los pajaritos les encantan las migas.

El resultado: se quedan sin volver a casa, en medio de una noche ruidosa. Las hojas crujen bajo sus pies. Algo vuela al ras de sus cabezas. Y una respiración les hace cosquillas en la nuca.

Sin pensarlo, comienzan a correr. Corren tanto que ya casi amanece. Y por fin  llegan a una casa.

Una casa con olor a fresa, paredes de malvavisco y techo de puro chocolate en rama. Comen con  ganas, y  no ven llegar a una viejita amable que les ofrece licuado de durazno.

Pero (¡ay!) las viejitas amables de los cuentos son peores que las madrastras. Esta en particular es una bruja come-niños.

A Hansel lo encierra en una jaula y  a Gretel la pone a limpiar.

—¡Muéstrame tu dedo! —le dice a al niño cada día mientras lo llena de golosinas para hacerlo engordar. Y Hansel la engaña mostrándole un huesito de pollo (por suerte la bruja es corta de vista).

Pero  un día la mujer decide no esperar más. Y prende el horno a máxima potencia para comerse a ambos niños en la cena (¡ay!).

A Gretel le lleva uno, dos, tres segundos elaborar un nuevo plan.

—No entramos los dos en el horno —dice con tono sabihondo.

La bruja la mira (bueno, es un decir: ya dijimos que es un poco ciega).

— ¡Hasta yo podría pararme ahí dentro! – le contesta.

—A que no…

La bruja cae en la trampa. Se mete adentro del horno y eso es lo último que hace: Gretel cierra la puerta (¡pum!). Y problema resuelto.

Cuando saca a su hermano de la  jaula  llegamos al final. Lo que pasó después es un misterio. Tal vez volvieron a su casa (si encontraron el camino y, sobre todo, las ganas de volver a ver a su madrastra). O tal vez se quedaron comiendo golosinas en la casa de la bruja. La única certeza es que tardaron uno, dos, tres segundos en ser felices para siempre.

El sapo y el surí (versión de un cuento popular argentino)

Dicen que dicen que, a orillas del Río Dulce, hubo una gran carrera. La recuerdan los cóndores, que cruzaron la Cordillera solo para verla. Las comadrejas y las vizcachas, que se ubicaron en primera fila. Los quirquinchos y los zorros, que hasta hicieron apuestas. Y —cómo no— también la yarará,  que fue nombrada jueza y  debió tomarse aquel asunto con total seriedad.

¿Y cuándo empezó el asunto? Una mañana de otoño, medio fresca. Sapo estaba, como quien dice, papando moscas. Y no porque estuviera distraído sino todo lo contrario: atento a cualquier zumbido para sacar la lengua y ¡Glup! desayunarse un insecto.

Pero en eso apareció  Surí (que así le dicen al ñandú por aquellos lados),  desbaratándole la intención. Si Sapo no hubiera saltado a tiempo, de seguro moría aplastado por sus enormes patas.

—¡Más cuidado, mi amigo! —se quejó Sapo.

Y Surí lo miró. ¡Pero si era un sapo diminuto, medio feo! Lleno de verrugas verdosas y con ojos saltones.

—¡Culpa suya por ser tan pequeñajo!—le dijo desde lo alto y con tono burlón.

¡Ay, cómo se ofendió Sapo! ¿Pequeñajo, él? ¡Pero qué se pensaba ese pajarraco engreído? Y ahí nomás lo retó, con esa voz mandona que solo nos da el enojo:

—¡Pequeñajo, su abuelo!  Verá que soy más grande de lo que parezco: ¡Le juego una carrera!

Las ramas del quebracho temblaron por la carcajada que largó Surí. ¡Qué simpático el sapito! ¡Jugarle una carrera a él, que era más rápido que el viento!

—Acepto —le dijo, divertido. Y quedaron para el domingo.

A ver: si el sapo no hacía lo que hacía, seguro segurísimo perdía. Así que tan mal no estuvo, ¿qué otra cosa podía hacer? Reunió a  toda su familia (todos sapitos diminutos, medio feos, llenos de verrugas verdosas y con ojos saltones ¡tan iguales a él!) y les contó su plan.

Así, la madrugada del domingo todos los sapos se escondieron en distintos puntos del  recorrido.  Y, al momento de la carrera, fueron saliendo por turnos, siempre adelante del  Surí. ¡El pobre  todavía se pregunta cómo aquel sapo endemoniado habrá podido pasarlo tantas veces!

Y dicen que dicen que cuando la yarará siseó “¡Tenemos un campeón!”, Surí se sintió de pronto diminuto (¡pequeñajo!) ante aquel enorme Señor Sapo que le había ganado la carrera.

 

 

Rock en Muy Muy Lejano

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Ilus de Alex Ducal (tapa de Los músicos de Bremen, versión de Lili Cinetto, Pictus). http://alexdukal.blogspot.com/

 

Hoy los músicos de Bremen
van a dar un recital
y, según el espejito,
será un éxito mundial.

Vestido como abuelita
El lobo ya está en la cola
¡Ni loco se pierde el show
por la niña preguntona!

Astuto, el gato con botas
consigue entrar sin pagar:
ha dicho que tiene un amo
que es productor musical.

Una rana con corona
intenta pasar también
Pero es inútil: no creen
que tenga sangre de rey.

Dice el líder de la banda:
“¡Primero, los marginados”
Festeja el patito feo
y se quejan sus hermanos.

 

 

 

 

 

La reina de las abejas (versión de un cuento de los Grimm)

Hubo una vez, en un reino muy lejano, tres príncipes muy jóvenes. Los dos mayores no tomaban en serio las responsabilidades del palacio y, cada vez que podían, se escapaban para divertirse un rato.

El hermano pequeño, en cambio, era distinto. Cumplía sin protestar con todas sus obligaciones: por la mañana tomaba clases de esgrima, matemática y francés; salía a cabalgar por la tarde y a la noche se reunía con su padre, el rey, para estar al tanto de las necesidades de su pueblo.

Solo abandonaba sus tareas, si sus hermanos mayores demoraban en volver. Entonces, por miedo a que les hubiera pasado algo, no dudaba en salir a buscarlos. Y así sucedió aquella vez.

Los encontró en medio de un bosque, a las afueras del reino. Estaban a punto de destruir un hormiguero y, entre risas, intentaban decidir quién de los dos daría el primer pisotón.

—¡Ninguno! —dijo el hermano pequeño, haciendo notar su presencia— Dejen ese hormiguero en paz.

—¿Por qué siempre tienes que ser tan aburrido? —se quejó el mayor.

—¡Insoportablemente serio! —agregó el segundo.

Pero como sabían (en el fondo de su corazón) que su hermano serio y aburrido era, de los tres, el que tomaba mejores decisiones, optaron por hacerle caso.

Y por la misma razón aceptaron regresar al palacio, aunque no dejaron de quejarse hasta dar con una laguna llena de patos.

—¡Tengo mi escopeta aquí mismo! —avisó el mayor.

—¿Qué tal si les disparamos? —sugirió el segundo.

Pero el hermano pequeño, otra vez, se interpuso:

—¡Nadie les va a disparar! ¡Dejen en paz a esos patos!

Y aunque nuevamente lo acusaron de ser muy serio y aburrido, los mayores optaron por hacerle caso porque (en el fondo de su corazón) sabían muy bien que el hermano pequeño era, de los tres, el que tomaba mejores decisiones.

Siguieron caminando entre protestas y resoplidos, hasta que escucharon un zumbido muy intenso encima de sus cabezas. Vieron entonces un enorme panal, repleto de miel, que estaba custodiado por mil abejas.

—¡Yo quiero esa miel! —dijo el hermano mayor.

— ¡Quememos el panal, yo te ayudo! —se emocionó el segundo.

Pero una vez más el hermano pequeño los detuvo:

—¡No permitiré que destruyan el panal! ¡Dejen en paz a las abejas!

Y aunque, como siempre, lo acusaron de ser muy serio y aburrido no dudaron en hacerle caso porque sabían muy bien (en el fondo de su corazón) que las decisiones de su hermano pequeño siempre eran las acertadas.

Y hubieran seguido quejándose por horas y horas, de no ser porque llegaron a un misterioso castillo. El silencio era abrumador. Una espesa vegetación asfixiaba los muros y el aroma de un riquísimo banquete los invitó a avanzar.

Llegaron hasta el establo y vieron, con sorpresa, dos caballos convertidos en piedra. Atravesaron el patio principal y se extrañaron frente a la imagen también petrificada de dos guardias. Por último, abrieron con cuidado el portón de la entrada que, rechinando, se cerró tras ellos.

Entonces vieron a un hombrecito que, con un gesto,  les señaló la mesa ricamente servida. Y como los tres hermanos estaban muertos de hambre, no dudaron en comer lo que se les ofrecía.

Cuando ya estuvieron satisfechos, el hombrecito les habló:

—Hemos sido víctimas de un encantamiento y solo puede liberarnos una persona de su rango.

A continuación, les recitó estos versos:

Romperá el encantamiento
Aquel noble caballero
que supere las tres pruebas
que ha mandado el hechicero.
 
Deberá, pues, en el bosque
hallar mil perlas plateadas
y al fondo de la laguna
una gran llave dorada.
 
El cuarto de las durmientes
con esa llave abrirá:
y las mil perlas brillantes
a la más joven, dará.
 

—Tengo que advertirles— les dijo, por último, el hombrecito— que deberán intentarlo uno por vez. Y aquel que no consiga cumplir con las tres pruebas, quedará convertido en piedra como los caballos y los guardias que vieron al entrar.

El hermano mayor lo intentó primero. Pero solo encontró cien perlas en el bosque y, antes de que pudiera darse cuenta, su cuerpo se volvió macizo.

Siguió el hermano segundo pero no tuvo mejor suerte. Halló otras doscientas perlas antes de quedarse congelado como estatua.

Entonces continuó la tarea el más pequeño. Pero no tuvo que trabajar demasiado porque  de repente se apareció una larga hilera de hormigas, cargando las perlas que faltaban.

—Vinimos a ayudarte —dijo una de ellas— porque fuiste muy bueno con nosotras hoy.

Más tarde, el joven nadó por un buen rato en la laguna buscando la llave dorada. Pero no la encontró. Se hubiera puesto a llorar allí mismo, de no ser porque vio venir un pato que la traía en su pico.

—Te ayudo —le dijo— porque fuiste muy bueno con nosotros hoy.

Una vez en el palacio, el joven abrió el aposento de las princesas con la llave mágica. Al ver que estaban petrificadas, se desesperó. ¡Así sería difícil reconocer a la más joven! El hombrecito, que las había visto comiendo antes de ser hechizadas, creyó que era oportuno comentarle:

—La mayor comió un terrón de azúcar. La del medio, una fresa. La que nos importa para romper el hechizo, la menor, comió una enorme cucharada de miel.

Entonces, el joven príncipe se acercó a sus bocas, pero fue inútil: no sintió ni olor a azúcar, ni olor a fresas, ni olor a miel. Y una vez más se habría entregado a la tristeza de no ser por el zumbido alegre de una abeja que se posó sobre los labios de una de las princesas.

—Soy la reina de las abejas —le dijo— y he venido a ayudarte porque hoy fuiste muy bueno con nosotras. Te aseguro que esta jovencita ha comido una buena cucharada de miel antes de dormir.

Y así fue cómo el hermano más pequeño, el aburrido y el serio, logró romper el encantamiento de aquel castillo. Y al hacerlo, no solo se despertaron los caballos, los guardias y las princesas, sino también sus hermanos mayores que, atraídos por la música del salón principal, lo vieron bailando de buena gana con la princesa más joven.

Y como sabían (en el fondo de su corazón) que su hermano pequeño siempre tomaba las decisiones acertadas, no dudaron ni por un instante en unirse a la fiesta. Aunque, claro, esta vez ¡no se quejaron ni un poco!

Montaña rusa

 

Fue igual que una montaña rusa. Porque al principio me dejé llevar y ni pensé en la caída. Nos fuimos haciendo amigos despacio. Un día hablamos un poquito, al otro un rato más. Y en algún momento empezamos a estar juntos en el recreo. Todo el recreo.

Cuando la conocí, no me gustaba. Y eso que todo el mundo estaba encantado con Kahila. Hasta mi mamá:

—¡Vas a ser compañero de una princesa masái! ¿No es increíble, Rolo? —me dijo.

La verdad que a mí no me parecía increíble ni me importaba. De hecho, creo que no había nada en este mundo que me interesara menos que las princesas.

La seño la presentó diciendo que venía de un país africano y que su papá era un guerrero masái que había venido a Buenos Aires para estudiar no sé que cosa de los derechos humanos. Y la sentó al lado mío.

Ella miró mi carpeta, mi cartuchera, mi mochila y mi lapicera del Rojo. Y tengo que reconocer que me sorprendió que estuviera tan enterada:

—¿Quién es el mejor jugador de Independiente? —preguntó.

Así fue como empezamos a charlar. Le hablé de Bochini, el mejor jugador de nuestra historia. Y de Nico Domingo que es el número uno en estos días.  De Agüero y de Biglia, que empezaron en el Rojo y ahora están en la selección. Y, por supuesto, de las 18 copas internacionales que son mi gran orgullo.

Ella, a su vez, me habló de Gor Mahia, un equipo que juega en la Liga de Kenia (que es donde está su tribu). De la camiseta verde y blanca, que llevaba abajo del guardapolvo, y sobre todo de Odhiambo, que es su jugador preferido. Cuando me quise mandar la parte y le nombré todos los equipos africanos que aparecen en la Play (Zambia, Nigeria, Egipto, Senegal…), ella me cortó en seco:

—¿Y a mí qué me importan todos esos?  ¿O para vos la selección de Brasil es igual a la de Argentina?

Fue como un sopapo. Pero, la verdad, tenía razón. Porque hay muchos países africanos y no son todos lo mismo. Lo sé porque esa tarde busqué en internet, y aprendí un montón de cosas sobre Kenia. Quedé alucinado por sus atardeceres rojos y sus árboles altos que tocan las nubes. Pero sobre todo por sus animales, que acá solo vemos en los zoológicos: elefantes, cebras, jirafas, leones.

Supongo que fue en ese momento (cuando empezamos a hablar de cualquier cosa y no solamente de fútbol), que Kahila empezó a parecerme hermosa.  Me gustaban sus trencitas minúsculas, que bajaban como hormigas en fila hasta su nuca. Y sus collares de colores y el hoyito que se le hacía en medio de la pera cada vez que se reía. Yo me sentía entonces todo el tiempo como si hubiera bajado recién de la montaña rusa, entre mareado y feliz.

Y fue seguramente por eso, que dolió tanto la caída:

-¿Cómo no te enteraste que se volvió a Kenia, Rolo? – me dijo mi mamá, como si nada.

Ahora no puedo hacer otra cosa que esperar: cuando sea grande voy a ir visitarla. Como es una princesa, cualquiera va a poder decirme adónde vive. Y entonces nos vamos a ir juntos hasta Nairobi, que es la ciudad donde está el estadio de Gor Mahia. Y después nos vamos a subir en  un elefante mientras le cuento que Independiente va por la copa 110. En una de esas, todavía tiene sus trencitas y el hoyito en la pera. Y capaz que hasta me mira con sus ojos negros de chocolate amargo y yo vuelvo a sentirme así, como si acabara de bajarme de una montaña rusa.

¿Valiente, yo?

Qué ironía que todos me miren así. Como si yo fuera el más valiente de los valientes.  Justo a mí, que casi siempre estoy muerto de miedo.  Y no es que sea terrible tener miedo. Hasta los animales más grandes tienen miedo. Hasta los más feroces. Y no lo digo yo sino Don Búho. Don Búho que es el más sabio entre los sabios acá.

—Yo conocí por lo menos dos leones —me dijo el otro día— que eran el colmo de la cobardía. Uno le tenía miedo a la noche, el otro a las hormigas.

Yo me reí. Del segundo me reí. ¡Porque tenerle miedo a las hormigas! Hasta yo, que soy el zorrino más miedoso del mundo, sé que las hormigas son inofensivas.

Pero mi caso es distinto. Mucho más delicado. Yo ya sé que nadie es perfecto y que uno tiene que aceptarse como es. Mi mamá, por ejemplo,  es malísima haciendo madrigueras. Y a mi primo Zuri no le pidas que te traiga miel porque se lleva re mal con las abejas. Cada uno tiene sus defectos y está bien,  yo no me quejo de eso. ¿Pero justo a mí tenía que tocarme ser miedoso?

Porque no me importaría ser un león miedoso. O una serpiente miedosa. Ni siquiera una mosca miedosa. El problema no es el miedo: no, señor. El problema es que soy un zorrino. Y, ay, los zorrinos cuando tenemos miedo… La cola se me levanta sola, así, de golpe, sin que yo pueda evitarlo y pufff… Ahí nomás lo rocío todo con este olor que ni yo mismo soporto. Y da igual que después te revuelques en el barro o te refriegues contra mil especies diferentes de flores: el olor no se va. Y se queda con vos hasta que pasan muchos soles. Y te lo llevás a la madriguera y  a cualquier tronco que te subas. Y lo peor, lo peor de todo, es que quedás en evidencia.

—Así que te pegaste un susto… —te dice uno.

—Qué cosa vos con el miedo —te dice otro.

Y encima te lo dicen desde lejos (tres árboles y medio de distancia, como mínimo), frunciendo los hocicos y haciendo la cabeza a un lado.

Y por eso, y no porque soy valiente, yo pregunté lo que pregunté. Porque yo quiero saber cómo hay que hacer para que los humanos te lleven a la luna. Según Don Búho, a veces precisan animales. Hubo una perra, Laika, que fue una astronauta famosa. Y bueno: yo también puedo ser.

Y eso no quiere decir que no me vaya a morir de miedo. Obvio que me voy a morir de miedo. Apenas se cierre la puerta del cohete espacial, no voy a poder evitarlo.  La cola se me va a parar de así de golpe, y puff… Ya todos sabemos.

Pero, bueno: al menos no voy a quedar en evidencia. Adentro del cohete voy a estar yo solo (porque dice don Búho que a los animales los mandan siempre solos) y una vez allá… ¿qué me puede importar?  Total,  384.400 kilómetros de distancia (es lo que según Don Búho, nos separa de la luna) son un poco más que tres árboles y medio ¿no?

 

Ultimátum

rumpelstiltskin_shrek_the_final_chapter-t2

¿Conocen a Rumpelstiltskin?
¡Qué misterioso hombrecito!
Le gusta celebrar tratos
y dejarlos por escrito.

Me dicen que anda ocupado
al borde de la obsesión
con un sesudo acertijo
¡y no  encuentra solución!

Parece que en Rafaela
una beba va a nacer
¿Pero quién sabe su nombre?
Ni los padres, ¿puede ser?

Hay una lista, se dice
pero es tan confidencial
que no ha logrado encontrarla
ni la Guardia Nacional.

La panza sigue creciendo
y el pueblo está preocupado
¡La beba precisa un nombre!
(no es que estemos apurados).

Además ya Rumpelstiltskin
amenazó a los papás:
“Se deciden por un nombre
¡O lo elige mi mamá!”