Hechizo

Mi vecina, doña Carmen,
tiene un álbum familiar
con fotos en blanco y negro
que la invitan a contar…

“Aquí está mi abuelo Anselmo
con mi madre y Josefina,
una prima que al final
nunca vino a la Argentina.

Yo la ubico bien de nombre,
pues es hija de Manuela,
la tía que en esta foto
toca las castañuelas.

Mis tíos Luis y Eliseo
son estos que ves acá,
los dos  están despidiendo
en el puerto, a mi papá”.

A mí me da mucha pena
Cuando se queda mirando
La foto de aquel hermano
que perdió hace muchos años.

Y entonces voy y la abrazo
¡Qué bien funciona mi hechizo!
pues dice, otra vez contenta:
“¡Ay, sos mi nieto postizo!”

 

 

 

 

Cuestión de gustos

A la señorita Mabel le gustan las cabezas peinadas, las uñas limpias y las zapatillas relucientes.

Supongo que por eso no le gusto yo: mis colitas siempre están caídas, las uñas con tanta mugre que hasta yo me sorprendo y las zapatillas del cole (que son blancas) de cualquier color que se te ocurra (menos blanco).

Por eso, el día de la excursión me hizo sentar con ella en el micro.
—¡Y que no vuele una mosca! –agregó con el dedo en alto, como si yo fuera la emperadora de los insectos voladores y pudiera dominarlos con el control de mi mente.

Durante el viaje me retó por un montón de cosas que no entendí: “No te arrodilles en el asiento”, “No te pegues el chicle en el flequillo”, “No dibujes con el dedo en la ventana”.

Después, cuando llegamos al planetario, pensé que iba a salvarme de sus NO. Pero no:
“No te corras de la fila”, “no hables”, “no toques”, “no comas alfajor”. Y el más contundente de todos, él más enérgico y definitivo, el que me tuvo en capilla el resto del viaje (y ni siquiera pude enterarme de qué es eso de estar en capilla porque ni me dejó preguntar):
—¡No interrumpas cuando habla un mayor! Sigue leyendo

Los raros

No es fácil ordenar en mi mente lo que pasó ese día. Ni siquiera es fácil contarlo. Porque primero que nada tengo que reconocer que fui un idiota. Que durante muchos años fui un verdadero idiota con Quimera.

A ver: fue una broma estúpida, que ni siquiera sé por qué la hicimos. Y la verdad, cuando tomé a escondidas las llaves de la bóveda, ni se me ocurrió pensar que estaba profanando nada. Y eso que son mis ancestros los que están ahí. Mis abuelos, mis bisabuelos, tíos, primos de mi mamá… Qué se yo, no lo pensé.

La cosa era hacer una broma pesada, bien pesada. Algo para que Quimera se hiciera en los pantalones. Para que nos pudiéramos matar de risa un rato.  No sé qué me molestaba de él, sinceramente: solo que fuera así, tan raro. Que estuviera siempre como en su mundo, ajeno todo; que no le diera vergüenza mostrarse tal cual era.  Por eso les dije a los chicos que sí, que bueno, que lo hiciéramos. Total…

La excusa nos la dio la de Lengua: teníamos que filmar una leyenda urbana. Y como ya teníamos todo el plan en la cabeza, lo invitamos a Quimera:

—¿Querés estar en nuestro grupo?

La bóveda era el escenario perfecto para nuestra filmación terrorífica: con su ventana esmerilada, los manteles blancos y almidonados, los espantosos floreros. Y bueno, los ataúdes, por supuesto, que son la manifestación misma del horror.

El plan era sencillo: meter a Quimera con cualquier excusa, cerrar la puerta y abandonarlo ahí por un par de horas, aunque sin alejarnos demasiado para escucharlo llorar. Eventualmente podíamos filmar la escena, no para Lengua sino para subirla a Twitter con algún hashtag inteligente que se volviera trending topic. Pero bueno, hubo que ajustar un par de cosas.

Primero porque en la puerta del Cementerio me frenaron: sin autorización de mis viejos, no nos dejaban pasar. Me dio bronca porque era obvio que no había ninguna normativa al respecto. ¿O yo no tenía derecho a visitar la tumba de mis familiares? Creo que todo se reducía a que el cuidador no confiaba en nosotros.

Y ahí Quimera se lució. Le empezó a temblar la barbilla y, enseguida, los ojos se le humedecieron. Por un momento, pensé que al tarado le había dado por llorar en serio pero apenas abrió la boca quedó claro que estaba montando un show:

—¿Por qué…Por qué no me dejan visitar a mi abuela? Tengo que ver su tumba. ¡Por favor!

En ese momento lo habría aplaudido. La verdad, jamás hubiera pensado que alguien conocido (digo alguien de verdad, de esa gente con la que uno se cruza todos los días) pudiera mandarse una actuación como esa. Porque Quimera lloraba de verdad, le caían las lágrimas, ¡hasta yo le creí que era mi primo!

Y así pasamos. Pero con una advertencia del guardia de seguridad:

—Los voy a estar vigilando.

Por eso en vez de quedarnos todos juntos, pensamos otra estrategia. Yo me ubiqué como a ciento cincuenta metros de la bóveda de mi familia. Desde ahí veía perfectamente la entrada del cementerio con su guardia antipático. No me emocionaba hacer de campana, pero Juanse tenía un mejor celular para filmar a Quimera. Y Gonza, obvio, entre quedarse con él y ver el espectáculo en primera fila o irse conmigo a la Conchinchina, ni lo pensó.

Y así fue como me quedé solo, en esa callecita estrecha y gris que parecía de otro siglo. Las construcciones eran tan viejas que las paredes estaban llenas de manchas,  no sé si de humedad o de mugre. Las únicas flores que se veían estaban marchitas y el piso todo mojado, capaz que por los mismos cimientos (porque llover, no llovía).

Me senté en un escalón de mármol, apoyando la espalda sobre una puerta de hierro. El lugar estaba abandonado: papeles de caramelo, una lata de gaseosa y una bolsa de supermercado que se me enganchó en la zapatilla. Para pasar el rato, saqué un cigarrillo. Pero había tanta corriente de aire que era imposible mantener la llama del encendedor prendida. Sigue leyendo

El primer viaje de Simbad (versión de un cuento de Las mil y una noches)

El primer viaje de Simbad tuvo un inicio: la ciudad de Bagdad, que comenzó a verse más y más chiquita a medida que el barco se alejaba de la orilla. Así, fueron quedando atrás las cúpulas y las torres altas, los patios con azulejos y el olor a jazmín.

Pero Simbad apenas se dio cuenta de eso. Toda su atención estaba puesta en el canasto de mimbre que había cargado con cuidado en la bodega del barco. Aquel era tu tesoro, un montón de artículos que iba a vender sin dificultad: agua de rosas, aceites de lavanda, sedas finísimas y canela en rama.

Pero no sucedió como esperaba. Porque llegaron a una isla que no estaba en los mapas. Tenía una forma extraña. Y mucha vegetación, aunque despareja: zonas verdísimas y otras grises y resecas.

El capitán decidió mantener distancia. Y Simbad, a nado, se acercó a explorar. Apenas pisó la isla, notó que era inestable. Al tercer paso, la tierra se elevó. Y al cuarto, volvió a bajar. Y a subir, y a bajar. ¡La tierra respiraba!

Simbad no supo qué ocurrió primero: el grito de su capitán (“¡Sal de ahí, sal de ahí!”), el sacudón que lo hizo volar por los aires o la certeza de que, definitivamente, aquello no era una isla sino una enorme ballena.

Una enorme ballena que saltó con todo su cuerpo y lo lanzó lejos, muy lejos, del barco y de sus planes.

Fue un largo naufragio. De no ser por la tabla que milagrosamente apareció a su lado, la historia habría terminado aquí. Y habría terminado mal.

Pero por suerte (y por la tabla), Simbad se mantuvo a flote. Y esta vez sí llegó a una isla de verdad. Como se elevaba por encima del mar tuvo que escalarla. Y aquel esfuerzo lo dejó muy débil.

Si no hubiera recordado las cúpulas, las torres altas, los patios con azulejos y el olor a jazmín de su querida ciudad, no habría encontrado la fuerza para levantarse. Pero recordó. Y bebió de un arroyo y comió frutas frescas.

Y un día, encontró una gruta que terminó siendo un túnel. Simbad llegó así a una ciudad pequeña con un mercado concurrido. Vio alfombras, lámparas, piedras preciosas… Y también, en un canasto de mimbre: agua de rosas, aceites de lavanda, sedas finísimas y canela en rama.

Simbad levantó la vista y reconoció en el vendedor al capitán del barco, que se alegró muchísimo al verlo.

—¡Esto te pertenece! —le dijo—. Y en cuanto termines de venderlo todo, regresamos a Bagdad.

Eso hicieron, al día siguiente. Y Simbad disfrutó tanto contando sus aventuras, que antes de desembarcar ya estaba planeando un nuevo viaje.

Los músicos de Bremen (versión de un cuento de los Grimm)

Esta historia tiene dos comienzos. El primero:

Había una vez un burro que tuvo que dejar su hogar. Su amo lo había reemplazado  por otro burro más joven y  él, por no morirse de pena, se inventó un sueño:

—Viajaré a Bremen. ¡Y allí me convertiré en músico!

Por el camino fue encontrando otros animales  (un perro, un gato, un gallo cantor) que habían tenido su misma suerte: amos desagradecidos que los hicieron a un lado porque estaban viejos.

Y así fue como el sueño de uno se convirtió en el sueño de cuatro.  Si el cuento se acabara aquí mismo, aquella banda formada de camino a Bremen no habría admitido otro nombre que Los amos ingratos.

Pero el cuento no se acaba aquí. Al contrario,  en este punto es cuando vuelve a empezar.

Y este es el segundo comienzo:

Hubo una vez un burro, un perro, un gato y un gallo que dejaron atrás sus casas para cumplir un sueño: iban a ser músicos, los mejores músicos que el mundo hubiera conocido jamás.

Cuando se hizo de noche, buscaron refugio en una vieja casa que parecía abandonada. El burro se paró  en dos patas sobre la ventana. Sobre él, el perro. Encima, el gato. Y en lo alto de aquella torre, el gallo cantor. Y así vieron a una banda de ladrones  contando su botín. Y, lo más tentador, olieron una rica cena que les alegró la panza.

Entonces se convirtieron en un monstruo hambriento que rebuznó, ladró, maulló y  cacareó. Y que, finalmente,  cayó con todo su peso por la ventana. ¡Qué entrada triunfal!

Los ladrones, asustados por el estallido y aquella música infernal,  huyeron de la casa como si hubieran visto un fantasma.

Pero al rato, uno de ellos volvió. La sala estaba completamente a oscuras. Y él, creyendo que los ojos del gato eran dos braseros encendidos, se acercó demasiado. Zas, un rasguñón.

Intentó salir por la puerta trasera pero, ñam, el perro lo mordió.

Probó por la entrada principal y, pum, el burro le dio una patada.

Y en medio de todo aquel lío, el gallo, que estaba subido al techo, empezó a cantar “¡Quiquiriquí! ¡Quiquiriquí!”.

—Fui atacado por tres brujas— contaría  el hombre más tarde —, rasguñado, acuchillado y golpeado (¡zas, ñam, pum!) por orden de un demonio superior que gritaba “¡Que venga aquí, que venga aquí!”.

Y este es el único final que tiene el cuento. Porque los músicos de Bremen no llegaron a Bremen. Aunque sí formaron su banda (se llama Los espanta ladrones y ensayan en aquella casa abandonada). Pero lo más importante es que siguen juntos. Y, sobre todo,  que nunca se sienten viejos.

Hansel y Gretel ( versión del cuento de los Grimm)

Todo comienza en una pequeña casa, a las afueras del bosque. Es invierno, el viento se cuela por la ventana y Hansel y Gretel (los protagonistas de este cuento) se acurrucan para no sentir frío.  La voz de su  madrastra se escucha desde la otra punta:

—¡Hay que abandonarlos en el bosque!

Ojalá no estuviera hablando de ellos. Pero es la madrastra del cuento (¡ay!): le corresponde ser malvada.

Los hermanitos sienten miedo por uno, dos, tres segundos. Después, se les ocurre un plan: a la mañana siguiente,  mientras se internan en el bosque, van dejando miguitas por el camino. El plan es técnicamente bueno, así sabrán por dónde regresar.  Pero  el bosque está lleno de pajaritos. Y (¡ay!) a los pajaritos les encantan las migas.

El resultado: se quedan sin volver a casa, en medio de una noche ruidosa. Las hojas crujen bajo sus pies. Algo vuela al ras de sus cabezas. Y una respiración les hace cosquillas en la nuca.

Sin pensarlo, comienzan a correr. Corren tanto que ya casi amanece. Y por fin  llegan a una casa.

Una casa con olor a fresa, paredes de malvavisco y techo de puro chocolate en rama. Comen con  ganas, y  no ven llegar a una viejita amable que les ofrece licuado de durazno.

Pero (¡ay!) las viejitas amables de los cuentos son peores que las madrastras. Esta en particular es una bruja come-niños.

A Hansel lo encierra en una jaula y  a Gretel la pone a limpiar.

—¡Muéstrame tu dedo! —le dice a al niño cada día mientras lo llena de golosinas para hacerlo engordar. Y Hansel la engaña mostrándole un huesito de pollo (por suerte la bruja es corta de vista).

Pero  un día la mujer decide no esperar más. Y prende el horno a máxima potencia para comerse a ambos niños en la cena (¡ay!).

A Gretel le lleva uno, dos, tres segundos elaborar un nuevo plan.

—No entramos los dos en el horno —dice con tono sabihondo.

La bruja la mira (bueno, es un decir: ya dijimos que es un poco ciega).

— ¡Hasta yo podría pararme ahí dentro! – le contesta.

—A que no…

La bruja cae en la trampa. Se mete adentro del horno y eso es lo último que hace: Gretel cierra la puerta (¡pum!). Y problema resuelto.

Cuando saca a su hermano de la  jaula  llegamos al final. Lo que pasó después es un misterio. Tal vez volvieron a su casa (si encontraron el camino y, sobre todo, las ganas de volver a ver a su madrastra). O tal vez se quedaron comiendo golosinas en la casa de la bruja. La única certeza es que tardaron uno, dos, tres segundos en ser felices para siempre.

El sapo y el surí (versión de un cuento popular argentino)

Dicen que dicen que, a orillas del Río Dulce, hubo una gran carrera. La recuerdan los cóndores, que cruzaron la Cordillera solo para verla. Las comadrejas y las vizcachas, que se ubicaron en primera fila. Los quirquinchos y los zorros, que hasta hicieron apuestas. Y —cómo no— también la yarará,  que fue nombrada jueza y  debió tomarse aquel asunto con total seriedad.

¿Y cuándo empezó el asunto? Una mañana de otoño, medio fresca. Sapo estaba, como quien dice, papando moscas. Y no porque estuviera distraído sino todo lo contrario: atento a cualquier zumbido para sacar la lengua y ¡Glup! desayunarse un insecto.

Pero en eso apareció  Surí (que así le dicen al ñandú por aquellos lados),  desbaratándole la intención. Si Sapo no hubiera saltado a tiempo, de seguro moría aplastado por sus enormes patas.

—¡Más cuidado, mi amigo! —se quejó Sapo.

Y Surí lo miró. ¡Pero si era un sapo diminuto, medio feo! Lleno de verrugas verdosas y con ojos saltones.

—¡Culpa suya por ser tan pequeñajo!—le dijo desde lo alto y con tono burlón.

¡Ay, cómo se ofendió Sapo! ¿Pequeñajo, él? ¡Pero qué se pensaba ese pajarraco engreído? Y ahí nomás lo retó, con esa voz mandona que solo nos da el enojo:

—¡Pequeñajo, su abuelo!  Verá que soy más grande de lo que parezco: ¡Le juego una carrera!

Las ramas del quebracho temblaron por la carcajada que largó Surí. ¡Qué simpático el sapito! ¡Jugarle una carrera a él, que era más rápido que el viento!

—Acepto —le dijo, divertido. Y quedaron para el domingo.

A ver: si el sapo no hacía lo que hacía, seguro segurísimo perdía. Así que tan mal no estuvo, ¿qué otra cosa podía hacer? Reunió a  toda su familia (todos sapitos diminutos, medio feos, llenos de verrugas verdosas y con ojos saltones ¡tan iguales a él!) y les contó su plan.

Así, la madrugada del domingo todos los sapos se escondieron en distintos puntos del  recorrido.  Y, al momento de la carrera, fueron saliendo por turnos, siempre adelante del  Surí. ¡El pobre  todavía se pregunta cómo aquel sapo endemoniado habrá podido pasarlo tantas veces!

Y dicen que dicen que cuando la yarará siseó “¡Tenemos un campeón!”, Surí se sintió de pronto diminuto (¡pequeñajo!) ante aquel enorme Señor Sapo que le había ganado la carrera.

 

 

Rock en Muy Muy Lejano

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Ilus de Alex Ducal (tapa de Los músicos de Bremen, versión de Lili Cinetto, Pictus). http://alexdukal.blogspot.com/

 

Hoy los músicos de Bremen
van a dar un recital
y, según el espejito,
será un éxito mundial.

Vestido como abuelita
El lobo ya está en la cola
¡Ni loco se pierde el show
por la niña preguntona!

Astuto, el gato con botas
consigue entrar sin pagar:
ha dicho que tiene un amo
que es productor musical.

Una rana con corona
intenta pasar también
Pero es inútil: no creen
que tenga sangre de rey.

Dice el líder de la banda:
“¡Primero, los marginados”
Festeja el patito feo
y se quejan sus hermanos.