Cuando me soltó el miedo

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Ilustración de David Gracía Forés: http://untipoilustrado.tumblr.com

Yo con la oscuridad me equivoqué. Pensé que íbamos a ser enemigos enemiguísimos por el resto de la eternidad, que yo iba a llegar a viejo teniéndole miedo y que jamás (¡jamás!) íbamos a hacer las paces.

Dar un paso en la oscuridad, para mí era exactamente igual que cruzar la avenida sin mirar, que nadar en un estanque lleno de cocodrilos o andar sin manos en la bici sobre una calle de asfalto.  En fin: una de las acciones más riesgosas y temerarias del planeta.  Y me hubiera seguido sintiendo así, si no fuera por mi abuelo, los chinos y la empresa de luz eléctrica.

Lo que ocurrió aquella noche fue más o menos mágico. No mágico en serio, porque nadie me apuntó con una varita ni me tomé ninguna pócima milenaria para volverme súper valiente. Lo que digo es que fue mágico de algún  modo, porque el miedo se terminó. Así de repente y sin que yo me diera cuenta de nada. Como si alguien hubiera dicho ¡Abracadabra! Así de fácil el miedo me dejó.

El abuelo me había invitado a dormir a su casa, y ningún plan me hubiera parecido mejor que ese.  Ir a dormir a la casa del abuelo, significaba una noche de pizza, truco y gaseosa. ¿Qué felicidad mayor puede existir?

Yo acababa de cantar Quiero retruco, cuando se cortó la luz. No era poca cosa que se cortara la luz en lo de mi abuelo, porque mi abuelo vive en un quinto piso. Si me daba miedo la oscuridad en la planta baja, hay que ver lo que sentí en ese momento. Era un miedo quintuplicado, un miedo que iba subiendo uno, dos, tres, cuatro, cinco pisos. Que iba devorando los muebles, las paredes,  el suelo que estaba debajo de nuestros pies.

Escuché cómo el abuelo corrió la silla. Los pocos pasos que dio hasta la cocina, el cajón que se abría. Un ruido a movimiento de bolsa  y el chasquido del fósforo, por fin.

Cuando la luz chiquitita se prendió en la vela el miedo empezó a soltarme un poco. Pero solo un poco.

—Mirá la pared —dijo el abuelo.

La sombra caricaturesca  que formaban sus manos me hizo soltar una carcajada.

–¡Parece un lobo! —grité.

Junté las dos manos para imitarlo. Separé los pulgares, como él, y aparecieron de pronto dos orejas. La boca se formó con los otros dedos: el meñique y el anular por un lado, el mayor y el índice por el otro.

—¡Se llaman sombras chinas! —me explicó el abuelo.

Y entonces fue cuando el miedo me soltó del todo.

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El traje nuevo del emperador (versión sobre el cuento de H.C. Andersen)

Hubo, hace mucho tiempo, un emperador tan vanidoso que se pasaba las tardes frente al espejo. Miraba los zapatos lustrados, los pantalones rectos y recién planchados, la camisa almidonada, la chaqueta prendida, la capa larguísima que arrastraba para darle a su andar un toque majestuoso.

Cada semana organizaba una fiesta distinta con tal de poder lucirse frente a los demás. Y, por supuestísimo, jamás repetía vestuario. Como sus sastres no daban abasto, siempre estaba dispuesto a contratar a alguien más. Y así fue como dos estafadores aprovecharon su oportunidad.

—Nuestras telas son prodigiosas — mintieron—: no puede verlas todo el mundo. Solo los que merecen tener la vida que llevan. Usted, por ejemplo, no tendrá ningún problema en verlas, porque merece estar en el trono y ser quien gobierna este gran imperio ¿verdad?

El soberado los contrató de inmediato porque ni por un minuto se le cruzó por la mente la posibilidad de que aquellas telas fueran invisibles para él. ¡Qué emocionante iba a ser vestirse con ellas! Les dio un adelanto cuantioso y los ubicó en la torre más alta del palacio, donde los bribones montaron  su taller.  Enseguida simularon estar ocupadísimos y exigieron oro, plata y piedras preciosas para poder fabricar aquella tela extraordinaria. Pero, por supuesto, no fabricaron nada.

Pasados unos días, el emperador le ordenó a su Ministro:

—Ve a mirar cómo está quedando el traje.

El pobre hombre casi se muere del susto cuando vio el telar: ¡estaba  vacío!  ¿Pero cómo iba a decir la verdad? Si llegaba a reconocer que no veía ninguna tela, iban a expulsarlo del palacio. Y por eso mintió:

— Jamás he visto un traje más hermoso.

Y exactamente lo mismo hicieron los demás. Porque ni el secretario, ni el mozo de cuadra, ni el mayordomo, ni el primer lacayo pudieron ver ningún traje. Y, sin embargo, todos aseguraron sin dudar que aquel atuendo era lo más  extraordinario que habían visto en sus vidas.

¿Cómo iba a hacer otra cosa el propio emperador, al día siguiente, cuando él mismo fue incapaz de ver el traje con el que estaban vistiéndolo? ¿Acaso era posible que, después de todo, no mereciera el trono?

—¿Qué les parece? —preguntó, incómodo, a sus consejeros. Y todos a la vez (aunque no vieran otra cosa que su ropa interior) exclamaron: ¡Magnífico! ¡Increíble! ¡Colosal!

Y así salió el monarca del palacio, demasiado preocupado por la opinión ajena como para confiar en sus propios ojos. Salió con su corona puesta y sus botitas forradas en seda. Pero sin ningún traje.

—¿Qué hace el emperador en camiseta? — murmuró un aldeano al verlo.

—¡Pero si está en calzoncillos!  —agregó otro, a media voz.

—¡Su Majestad no lleva ningún traje! —un niño, por fin, gritó.  Y entonces sí, todos en el pueblo comenzaron a reírse ¡a carcajadas!

Cuando el emperador (¡furioso!) ordenó su captura, los falsos sastres ya habían cruzado las fronteras del reino.

Receta para una tarde aburrida (o sobre cómo convertir a tu hermanita en un monstruo)

INGREDIENTES:

Tu hermanita

1 medibacha de tu mamá

1 pantufla de tu papá (o una pata de rana)

10 chupetines bolita

1 bolsa de caramelos masticables

Fibras (variedad de colores en cantidad necesaria)

Un piolín (solo si usás la pata de rana)

 

PROCEDIMIENTO:

  1. Decile a tu hermana que vas a jugar a las princesas. Esto es estrictamente necesario si no querés pasar directamente al punto 7.
  2. Chupá 8 chupetines para activarles la función de pegamento.
  3. Con cuidado, pegalos sobre la cabeza de tu hermana.  Por supuesto, a ella decile que estás poniéndole una corona (aunque para vos sea completamente obvio que son ojos atravesados por pequeñas lanzas). Si es necesario, pasá directamente al punto 7.
  4. Decile que meta las dos piernas en un lado de la medibacha para convertirse en La Sirenita (ella estará muy contenta con su cola de pez, pero vos sabrás la verdad: es un horrible monstruo de una sola pata).
  5. Yo no pude lograr que metiera los dos pies adentro de la pantufla de papá (no se creyó que era una aleta); pero vos podés intentarlo. Si no, la otra opción es que hagas lo que hice yo: usar una pata de rana. El problema es que los dos pies juntos no entran en el agujero y vas a tener que atarla con un piolín. A mí me ayudó pensar que ese piolín era una horrible serpiente saliéndole del tobillo pero reconozco que tengo imaginación: el piolín más bien parece una lombriz.
  6. Con las fibras, tatuale el cuerpo como quieras. Yo le hice rayas en los brazos y le pinté la cara toda verde (¡me quedó igualita a Hulk!). A ella decile que la estás maquillando (lo que, por otra parte, no es ninguna mentira). Y sé astuto: empezá por la cara, porque cuando te vea dibujándole rayas en los brazos ya va a empezar a llamar a tu mamá.
  7. Impedí a toda costa que llame a tu mamá: ponele inmediatamente un chupetín en la boca (para eso te sugerí dejar dos, uno para ella y otro para vos, porque seguro te van a dar ganas).
  8. Si fuiste rápido en el punto 7, vas a poder continuar (yo no tuve tanta suerte). Ofrecele al menos siete caramelos masticables, con la condición de que se los ponga todos juntos en la boca. Si todavía no terminó el chupetín, mucho mejor: para que hable un idioma de verdad monstruoso conviene que mastique mucho y tenga poco espacio libre en la boca.
  9. Antes de hacer hablar a tu monstruo asegurate de haber cumplido sin errores el punto 8. Es decir, que no te pase lo que me pasó a mí: por haberme comido casi todos los caramelos antes, no tuve más remedio que ofrecerle solo dos. Y me consta que con dos no alcanza: en vez de decir “Aughh” tu monstruo seguirá hablando bastante bien en español y puede que tire todo tu proyecto por la borda si se le ocurre gritar como a mi hermana:

─Mamaaaaaaaaaá, mirá lo que me hizo Juliaaaaaaaaaaaaaaaaaaán.

  1. No vayas a culparme si estás en penitencia toda la semana. Yo te doy la receta, pero el cocinero sos vos.

 

El primer viaje de Simbad

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http://masporquerias.blogspot.com.ar/

He llegado a saber que Simbad el Marino vivió tantas aventuras en sus siete viajes, que el mismísimo califa Harún Al-Rachid se las hizo escribir a sus cronistas para que nadie olvidara aquellos veintisiete años de peligros y  andanzas. Cuentan que no siempre fue un aventurero y la primera vez que se embarcó no imaginaba que aquella travesía iba a dar un giro tan completo a su vida: porque nunca más pudo quedarse mucho tiempo en Bagdad sin que el mar lo llamara.

Era Simbad un joven como cualquier otro: un poco irresponsable y tarambana, que solo pensaba en el presente y nada más. Por eso, al morir su padre (quien le había dejado una considerable fortuna) no hizo más que malgastar todo y cuanto tenía en fiestas que duraban muchos días y banquetes que nadie llegaba a disfrutar.

—Algún día se acabará el dinero de tu padre —una vez le dijo su buen amigo Mubarak.

—¡Pues ese día empezaré a trabajar! —le contestó Simbad, despreocupado, sin saber que efectivamente ese día iba a llegar.

Cuando esto ocurrió, vendió todos los muebles que había en su propiedad (lo único que le quedaba) y compró mercancías en el zoco para embarcarse y poder venderlas por las ciudades del mundo. Así,  junto a otros comerciantes como él,  navegó por el río Basora durante muchos días  y muchas noches hasta salir al mar. Sigue leyendo

Noticias

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—Hay que contarle a Doña Conce —dijo Martina.

Y yo le di la razón, claro. Porque Doña Conce es una experta en difundir noticias.  Si necesitás que todo el edificio (incluso, toda la cuadra) se entere de algo, ni siquiera lo dudes: tenés que contárselo a ella. Vas a ver que en menos de diez minutos ya está enterado medio barrio.

Pero las cosas no salieron exactamente como pensábamos. Porque justo ese día doña Conce estaba demasiado emocionada por otra noticia que era mucho más emocionante que la nuestra: ¡había un fantasma en el segundo B!

Bueno, al menos eso es lo que pensaba Doña Conce. Porque el piano del señor José (que vive en el segundo B) había empezado a sonar misteriosamente ¡sin que nadie lo tocara!

Yo conozco bien al señor José. Y también conozco su pianola, así que por supuesto me reí del fantasma:

—¡Pero, Doña Conce! —le dije, haciéndome el agrandado— ¿No sabe que las pianolas tocan solas?

Ah, sí. Porque las pianolas parecen un piano así nomás, tan común y corriente, pero nada que ver.  Tienen una partitura llena de agujeritos que se mueve por dentro y hace sonar las notas. Y el efecto es genial, porque mientras suena la música las teclas se van hundiendo como si unos dedos invisibles estuvieran tocándolas.

Lástima que en medio de mi explicación apareció José. Y tiró por la borda mi teoría:

— Tengo dos objeciones para hacerte, muchachito. La primera: ¿cómo explicás que la pianola siga sonando sin esto? —lo dijo mientras me mostraba la partitura llena de agujeritos—. Y la más contundente: una pianola no puede sonar tan mal.

¡Y tenía razón! Porque mientras lo decía, una música estridente (bueno: lo que se dice “música” no era) llenó el pasillo. Obvio que venía del segundo B.

Corrimos hacia la pianola. Se movió una tecla, y después otra. Y varias a la vez, y de golpe ninguna. Creo que todos pensamos lo mismo de aquel fantasma: podría haber tenido en vida cualquier profesión, pero segurísimo pianista no había sido.

—¿Será que está metido adentro del piano —dijo José como al pasar— , caminando entre los resortes y los tubos que ponen a funcionar todo esto? Aunque en ese caso sería un fantasma diminuto ¿no?

Martina y yo nos miramos. Y gritamos a la vez:

—¡Pipo!

Y así fue como encontramos al hámster sin que doña Conce ayudara. O sí, pero de otra forma. Porque si no nos hubiera contado del fantasma…

Como sea, Pipo ya está en su rueda. Y doña Conce, ¡hablando con todo el mundo! —Porque no sabés lo que pasó esta tarde… —se lo dijo al portero, a la del tercero, a mi mamá y al verdulero de enfrente. Y estoy seguro de que mañana llega la noticia a mi escuela.

Hambre feroz

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Cuando la seño Lidia me dio el papel del lobo feroz, no pensé que iba a resultar tan bien. Al contrario: creo que me asusté. Tener que actuar delante de todo el colegio, pararme en  medio del escenario, mostrar las garras y pegar un alarido espeluznante antes de comerme (¡enteras!) a Caperucita y a su abuela, era como demasiado.

Además, la seño Lidia es demasiado exigente. Tenés que verla cuando nos olvidamos la letra. Y que no se te ocurra tentarte en medio del diálogo porque ahí sí: sonaste. Empieza a decir que no nos tomamos nada en serio, que quién la mandó a meterse en estas cosas, y que nunca más (¡que nunca más!) dirigirá una obra en esta escuela.

La verdad es que yo el día del estreno estaba un poco nervioso. La luz me apuntaba justo en medio de los ojos y el disfraz me  daba calor (y peor cuando encima me tuve que poner la cofia de la abuelita). Así que con disimulo me corrí un poquito la máscara para poder respirar.

Y entonces fue cuando Ema, que hacía de Caperucita, se sentó en el borde de la cama y me puso su canasta repleta de muffins justo debajo de la nariz. Y a mí los nervios me dan hambre, no lo puedo evitar.

Y encima el interrogatorio: que por qué  tengo los ojos tan grandes; que por qué soy tan orejón; que por qué, que por qué, que por qué… ¡La verdad que el lobo del cuento tenía una paciencia! Yo me hubiera comido a Caperucita sin tanta explicación.

El caso es que no me comí a Caperucita, pero sí todos los muffins. ¡Todos! Y según parece, la mamá de Ema los había hecho especialmente para que los compartiéramos después de la función. Así que hay que ver cómo se puso la primera actriz. ¡Más roja que la caperuza que llevaba puesta!

Y así, sin pensar en el sermón que nos daría la señorita Lidia, Ema se salió completamente del libreto y me gritó enfurecida:

–¡Te comiste todo, nene!

Por suerte, salvé la situación. Un poco porque vi que la señorita Lidia se puso blanca de repente y otro poco para limpiar mi honor (tampoco era cuestión de que quedara como un glotón adelante de toda la escuela). Así que me ajusté la máscara, salté de la cama, me paré en medio del escenario mostrando las garras y grité:

—¡Sí, me comí todo: a tu abuelita y al nene!

Y ahí nomás la gente se empezó a reír. ¡A carcajadas! Hasta la señorita Lidia se agarró la panza de tanta risa que le dio.  Ema y yo nos miramos, y por un segundo pensé que también íbamos a tentarnos. Pero no: continuamos muy serios el resto de la función. Al final, nos aplaudieron un montonazo. Y a mí (especialmente a mí, que era el súper villano) me aplaudieron de pie.

Ese día descubrí dos cosas: que la mamá de Ema hace los muffins más ricos del planeta, y que yo quiero ser actor.

 

 

 

Hora pico

 

¡Es re injusto! ¡Éramos un montón y me ponen en penitencia a mí solo! ¿Yo qué culpa tengo del tráfico, a ver? ¡A que ahora también me dicen que soy el responsable de la hora pico! Yo manejo   con prudencia, claro, pero no puedo hacerme cargo de las maniobras del resto.  Y eso que toqué bocina. ¡Cómo tres veces, toqué! Pero en este patio nadie te da bolilla. Ya le expliqué a mi mamá, pero no quiere entenderme.

Una vez que tomás  envión es muy difícil parar la bici, y entonces no te queda otra que empezar a esquivar obstáculos. El primero fue Titán que salió corriendo atrás del gato del vecino, como siempre.  Yo tuve que doblar a la izquierda y, claro, en dos pedaleadas ya estaba encima de la cucha. Como tengo buenos reflejos, di la vuelta en U pero con tan mala suerte que casi aplasto a Josefina (¿Se pasa la vida en su caparazón y justo se le ocurre salir en ese momento?). Entonces sí clavé los frenos, pero la bici patinó. Y la rueda le dio de lleno a la pelota, que empujó la patineta, que tiró el tacho de pintura azul.

¿Fue culpa mía? ¡Por supuesto que no! Y si no, miren las huellas que hay en la cocina. Por suerte, el piso es blanco y se notan bien: esas, claramente, son del gato del vecino. Estas, más grandotas, son las de Titán. Y acá están las de Josefina, que como arrastró su lechuga terminó dibujando un lago justo al lado de la mesa.

Pero evidentemente, a mi mamá las pruebas no la convencen. Al contrario: más mira la cocina y más me quiere castigar. Ni siquiera quiso escuchar una idea buenísima que se me ocurrió con todo esto. Porque estoy seguro: si pusiéramos un semáforo en el medio del patio, no tendríamos problemas nunca más. ¡Ni siquiera en hora pico!

Pequeña exploradora

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http://damianzain.blogspot.com.ar/

 

Julián miró la esfera sin pestañear. Era roja, brillante, del tamaño de un melón mediano pero más redondita. La lanzó al aire, despacio, para poder atajarla. Liviana. Al menos así, vacía. Había que ver después, cuando tuviera su población.

La recolección fue durísima. No es que no fuera un buen día para las hormigas: hacía bastante calor. Encontró mariposas, mosquitos, caracoles, incluso alguna babosa en el cantero del fondo. Pero hormigas, ni pista. Ni negras ni coloradas.
A las dos horas, ya estaba toda la familia buscando. Hasta el perro (que seguramente no tenía idea de qué buscaban) olfateaba por aquí o allá, solo por acompañar.
—Qué bichos inteligentes —dijo el abuelo. Y Julián le preguntó por qué.
—Digo…Sabrán que vas a encerrarlas en el hormigario y se esconden…
Julián no había pensado en eso. En armar su propia colonia, sí. En alimentarlas y verlas trabajar, también. En darles un hogar, sobre todo. Un hogar redondo y rojo. Pero ¿encerrarlas? No, a Julián no le gustaba convertirse en carcelero.
Y justo su mamá encontró una.
—¡Por fin! —gritaron todos.
Era una hormiga colorada, con dos antenas y seis patas. Perfecta para el hormigario. “Una hormiga medio pava, que se dejó atrapar”, pensó Julián.
La miró a través de la lupa que viene incorporada en esa esfera roja que es el hormigario. Las dos antenitas apenas se movían un poco, pero las patas…Las patas iban y venían tan rápido que Julián pensó que, en una de esas vueltas, iban a olvidarse el cuerpo por ahí.
La llamó Soledad porque, pobre, ¿qué otro nombre le iba a poner? Con un gotero le dio un poco de agua. Y metió las migas del desayuno por el tubito del costado, para que comiera. Soledad caminaba y caminaba por ese mundo rojo y circular, sin parar. Y así le dio la vuelta al mundo varias veces.
“Es toda una exploradora”, pensó Julián. Y abrió el hormigario, para que pudiera conocer otros planetas.

Dos versiones

¿Qué pasa si cambiamos de lugar algunas palabras en un cuento? Tal vez, algo como esto…

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Versión 1

El señor Morgan tiene tres cualidades que lo vuelven especial: es tremendamente alto, tiene un bigote fino y ondulado y (lo más importante) puede hacerte vivir la mejor aventura de tu vida.

No es broma. Yo mismo desconfié el primer día que lo vi. Llegó a nuestro colegio un día de lluvia y apenas pisó el patio, todos nos volvimos a mirarlo. No era para menos, su altura casi tocaba el punto más alto del mástil. Está bien: puede que esté exagerando un poco, pero el caso es que altísimo, como ningún otro hombre que yo haya visto jamás.

Recuerdo, cuando se presentó, su bigote enrulado moviéndose con el viento:

—Soy el nuevo maestro —dijo. Los chicos nos quedamos todos en silencio, seguramente preocupados por el futuro que nos esperaba con un hombre así.

Pues bien, nos equivocamos. ¡Y mucho, nos equivocamos! Porque el señor Morgan, con su altura desproporcionada y su bigote raro, terminó siendo lo mejor que nos podría haber pasado. Nos reunió en la biblioteca y sacó un cuaderno azul. Y así, como si nada, leyó la historia más inquietante que escuché en mi vida: un capitán que emprende un viaje con un montón de marineros y pierde el rumbo. Por fin llegan a un muelle  donde encuentran un misterioso cuaderno azul. Un cuaderno azul, igual al que el señor Morgan tenía entre sus manos.

No me di cuenta enseguida de lo que pasaba. Lo primero que noté fue la vestimenta de mis compañeros, parecían personajes salidos de aquel cuento. Y lo más inquietante, el escenario a nuestro alrededor: ¡Estábamos en la cubierta de un barco!

 

Versión 2

El señor Morgan tiene tres cualidades que lo vuelven especial: es tremendamente alto, tiene un bigote fino y ondulado y (lo más importante) puede hacerte vivir la mejor aventura de tu vida.

No es broma. Yo mismo desconfié el primer día que lo vi. Llegó a nuestro barco un día de lluvia y apenas pisó el muelle, todos nos volvimos a mirarlo. No era para menos, su altura casi tocaba el punto más alto del mástil. Está bien: puede que esté exagerando un poco, pero el caso es que altísimo, como ningún otro hombre que yo haya visto jamás.

Recuerdo, cuando se presentó, su bigote enrulado moviéndose con el viento:

—Soy el nuevo capitán —dijo. Los marineros nos quedamos todos en silencio, seguramente preocupados por el futuro que nos esperaba con un hombre así.

Pues bien, nos equivocamos. ¡Y mucho, nos equivocamos! Porque el señor Morgan, con su altura desproporcionada y su bigote raro, terminó siendo lo mejor que nos podría haber pasado. Nos reunió en la cubierta y sacó un cuaderno azul. Y así, como si nada, leyó la historia más inquietante que escuché en mi vida: un maestro que emprende un viaje con un montón de chicos y pierde el rumbo. Por fin llegan a un patio  donde encuentran un misterioso cuaderno azul. Un cuaderno azul, igual al que el señor Morgan tenía entre sus manos.

No me di cuenta enseguida de lo que pasaba. Lo primero que noté fue la vestimenta de mis compañeros, parecían personajes salidos de aquel cuento. Y lo más inquietante, el escenario a nuestro alrededor: ¡Estábamos en la biblioteca de un colegio!

 

¡Dinosaurio a la vista! (una nueva aventura de la bruja Serena)

boceto serena bruja

                                                  http://marianomartinportfolio.blogspot.com.ar/

 

Está bien: me hizo el mejor regalo de cumpleaños. Yo no voy discutir eso. Y también reconozco que tener una amiga bruja tiene un montón de otras ventajas y no aburrirte nunca es una de ellas.  Por ejemplo, no importa si se cortó la luz:

—¡Saracasam! —Y la Play sigue funcionando.

Si querés salir a jugar a la pelota y no para de llover:

—¡Saracasam!—Y tu jardín se transforma en un estadio cubierto.

Si no hay nada para ver en la tele, si ya te leíste todos los libros de la biblioteca y no tenés ganas de jugar a ningún juego de mesa:

—¡Saracasam! ¡Saracasam! ¡Saracasam! —Serena te transporta a un estudio de televisión, te mete adentro de un libro policial y convierte el living de tu casa en un enorme tablero de ajedrez.

¡Ah, sí: tener una amiga bruja a veces puede ser genial!

Pero solo a veces.

Porque también tenés de los otros días. De esos en los que te decís a vos mismo:

—Decime, Fausto: ¿quién te mandó a sentarte con Serena el primer día de clases?

Bueno, en rigor la que me mandó a sentarme con Serena el primer día de clases fue la señorita Laura. Pero antes del primer recreo, ya éramos mejores amigos y de eso solo fuimos responsables Serena y yo. ¿Cómo iba a imaginarme que un tiempo después se iba a convertir en una bruja hecha y derecha, de esas que pueden volar por la estratósfera con una auténtica escoba de bruja y hacerte aparecer en plena escuela un gato con un cangrejo jugando al tejo adentro de un espejo? (Ah sí, los hechizos de Serena, para que funcionen, tienen que rimar).

El caso es que, sin duda, el martes anterior a mi cumpleaños fue uno de esos días difíciles. De esos en los que ser amigo de Serena se vuelve más riesgoso que hacer un recorrido de turismo aventura. ¡Y no exagero!

Porque Serena será una amiga increíble, la más fantástica rimadora que la poesía haya conocido jamás, la bruja más divertida de todo Francisco Álvarez, pero tiene las ideas más aterradoras del planeta. Y algo todavía peor: la magia para hacerlas realidad.

A ver: a mí me gustan los dinosaurios, claro. ¿A qué chico no le gustan los dinosaurios? Además, soy un experto indiscutido en el tema. Por ejemplo, sé que el iguanadón se alimentaba de arbustos y árboles pequeños. Que el staurikosaurus corría sobre sus patas traseras y usaba la boca como un látigo para atrapar a sus presas. Que los saurópodos tenían el cuello tan largo que la comida les llegaba al estómago 30 segundos después de que la tragaran.

Y sé también lo más importante del asunto: de los carnívoros tenés que desconfiar. ¿Pero de qué te sirve toda la sabiduría del mundo si tenés una amiga que, además de bruja, es cabeza dura? Ni te molestes en discutir con Serena: no importa lo que le digas, siempre hace lo que ella quiere. Sigue leyendo