Una buena pregunta

Cuando empecé el nuevo colegio, les dije a todos que me llamaba Agustín. Fue lo que me salió cuando la maestra me hizo pasar al frente.

Ella me miró y volvió a revisar el registro, pero no dijo nada. Supongo que entendió mi traducción  y aceptó llamarme así: Agustín. Aunque mi nombre, ella sabía, era otro.

Mudarnos a  la Argentina fue una forma de empezar otra vez y hacer de cuenta que nada había pasado.  De a poco me fui alejando de todas las palabras que me lastimaban: Erratzu y los Pirineos y el dragón de Herensurge y la cueva de Abauntz.

No es que no me gustaran las historias de Amama. Al contrario: me hacían pensar demasiado en papá. Eran historias con olor a cuajada, porque la abuela siempre me las contaba en la cocina. Y el olor a cuajada por esos días me ponía muy triste.

─¡Vasco tenías que ser! ─me dijo mamá en cuanto se enteró de todo─ ¿qué tiene de malo tu nombre, a ver? No, si a vos se te mete una idea en la cabeza y sos igual a tu padre…

Justo lo que no quería. Otra vez hablar de papá. Y mamá no me lo hacía fácil, había llenado la casa de fotografías. Y me cargoseaba todo el tiempo: “Dale, preguntame lo que quieras. No podés hacer de cuenta que nunca existió”.

Claro que no podía. Si todo el tiempo nos estaba visitando algún familiar. Y la gente llegaba y me acariciaba la cabeza:

— ¿Y qué tal la nueva escuela?

— ¿Te gusta la Argentina?

—Pensar que eras un bebé la última vez que te vi.

Después bajaban la voz para hablar con mamá. Obvio que yo también escuchaba. Y qué injusto todo. Con lo bueno que era del vasco, decime. Qué necesidad, con la inteligencia que tenía. Podría haber estudiado cualquier cosa. Cualquier cosa, si era inteligentísimo. ¡pero ay,  esa vocación que tenía él! Y claro, hiciste bien en volverte con el nene. Qué ibas a hacer allá, que ni una pensión… Pero en todos lados es igual, te digo. Acá a los bomberos tienen la misma suerte, los tipos se dejan la vida y a la primera de cambio todo el mundo se olvida. Pero fuerza, nena, que la vida sigue. Ya van a ver como todo se va acomodando de a poquito. Avisen cualquier cosa que necesiten. Lo que sea, si puede ayudarse en algo.

Por eso me gustaba más Agustín.  Como no estaba acostumbrado a que me llamaran así, era como si de golpe me hubiera convertido en otro chico. Como si yo no fuera yo;  y lo más importante: como si lo que había pasado, no hubiera pasado en absoluto. Nadie en la nueva escuela sabía nada de papá. Nadie me acariciaba la cabeza. Nadie se quejaba de ese trabajo suyo que se lo llevó tan pronto. Nadie  repetía: “Con lo bueno que era el vasco, decime”. Y así era más fácil olvidar.

Pero el día que vino ese neurólogo cambió todo. Había hecho un máster en la University de no sé dónde y era dueño de una  clínica de neurología vascular y no sé qué más. La seño nos hizo pensar un millón de preguntas para hacerle, porque era una persona muy importante y tenía un trabajo de esos para admirar. No había tiempo para que preguntáramos todos (solo podía venir un rato a nuestra escuela y eso porque era el padre de una alumna de tercero), pero la seño dijo que mi pregunta era ingeniosa y la eligió para el final.

Faltaban cinco minutos para que tocara el timbre cuando me dio la señal:

—Preguntá vos, Agustín.

Al principio pensé que el neurólogo no me había escuchado, porque se quedó callado un rato. Pero justo cuando estaba por leer de nuevo mi pregunta, empezó a hablar.

—¿Qué sería yo si no fuera neurólogo? A ver, dejame pensar…

Otro silencio largo y todos empezaron a guardar. Yo no entendí por qué el neurólogo tardaba tanto para contestar una pregunta tan obvia. Hubiera sido cirujano o cardiólogo. O presidente de la Nación. O dueño de una Multinacional. No sé, después de ser neurólogo, tenés que mantener cierto status. Por eso me quedé de piedra cuando nos dijo, totalmente convencido:

—¡Bombero! Hubiera sido bombero.

La seño se rio como si hubiera contado un chiste buenísimo. Pero yo no. Yo no me reí ni un poquito.

—Lo digo en serio — aclaró él, y me pareció que la seño se ponía un poco colorada—. Hubiera elegido  otra profesión igual de importante. Una que me permitiera seguir salvando vidas. ¿Contesté bien tu pregunta, Agustín?

─En realidad ─le aclaré. Se lo aclaré a todos─, me llamo Agosti.

Entonces tocó el timbre. Y a mí me vino como un olor a cuajada que, por primera vez en mucho tiempo, no me puso tan triste. Y tuve ganas de volver a casa. Quería hacerle a mamá un montón de preguntas que tenía atoradas en la garganta.

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El suplente

¿No ves que funciona? El secreto es decirlo así, con la voz firme y convencida de que tenés razón. Pensando bien cada palabra y sin dudarlo ni un poco. A ver, vos podés decir “vamos a ganar el Mundial”, pero si tenés una mínima duda te apuesto a que no pasamos ni a cuartos de final.

Cuando yo le dije al suplente lo que le dije, se lo dije así como te digo: con la voz firme y convencida de que tenía razón, pensando bien cada palabra y sin dudarlo ni un poco. ¡Y  por eso funcionó!

Además, yo quería que las cosas salieran bien para él. Y eso porque me daba cuenta de que estaba pero no estaba en la escuela. Vos me entendés: su cuerpo se paseaba por ahí, pero la mente se le iba de viaje y él no podía evitarlo. Yo me di cuenta porque a mi mamá le pasa lo mismo todo el tiempo. Hay veces que se queda como petrificada, mirando pero sin mirar, como si su mente estuviera en cualquier otro lado, ¿me entendés? Y le pasa porque es ilustradora, porque capaz que está dibujando toda una historia en su cabeza y se puede pasar días y hasta semanas así, como ausente.

Bueno, con el suplente pasaba igual. Para mí que es algo de todos los artistas. El tipo te empezaba a preguntar algo, pero a mitad de la pregunta se colgaba mirando alguna cosa. Levantaba las cejas, se reía, ponía cara de sorprendido. No sé, como si estuviera mirando una película en el cine en vez de estar en el aula con nosotros.

Y después estaba su cuaderno violeta (mi mamá tiene una libreta azul), que era lo único en el mundo con lo que no se distraía. Pero el suplente no dibujaba, escribía. Escribía como loco, sin parar. Todo el recreo. O mientras hacíamos alguna actividad en la carpeta. O en las horas especiales, cuando estábamos con el profesor de música o en educación física. El suplente escribía, escribía sin parar. (Como mi mamá dibuja, dibuja sin parar ¿entendés lo que te digo?)

También le gustaba leer. Pero eso no lo vi tanto en la escuela sino en el 156, porque los dos tomábamos el mismo colectivo a la salida. Si el libro le gustaba, podía leer aunque estuviera parado y no se enteraba de nada de lo que pasaba alrededor. Pero cuando se aburría levantaba la cabeza a cada rato y capaz que hasta me daba charla.

—No todas las lecturas son buenas —me dijo una vez.

Y yo le dije que más vale, bastaba con fijarse en el manual. Él se rio con ganas cuando dije eso.

Y tal vez esa fue la razón por la que me animé a responder lo que respondí en la clase. Habíamos leído un cuento malísimo, y  las preguntas eran las típicas del manual: Sigue leyendo

Uno de ratones

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Mur era un ratón de lo más corriente. Sus dientes no eran ni más ni menos afilados que los del resto. No era más grande ni más ágil ni más rápido ni más inteligente. Pero estaba enamorado, y ya sabemos: el amor nos hace fuertes.

Si se hubiera enamorado de una vecina, de una vendedora del mercado, de la prima de un buen amigo, hubiera sido distinto. Pero Mur se enamoró de la princesa y, no había en toda la Aldea de Ratoneda, una candidata menos conveniente para él. El rey puso el grito en el cielo en cuanto se enteró:

—¡Qué descarado este ratón, un simple zapatero pretendiendo a mi hija!

Pero la hija no estaba tan ofendida como él. Había visto a Mur en tres ocasiones (la fiesta del queso parmesano, el Real Campeonato de Roedores Confederados y el recital de los Súper Ratones, al que había asistido sin que su padre se enterara, por supuesto). Y ninguna de aquellas veces, había podido evitar  esas cosquillas absurdas en la panza cuando el zapatero la miraba. Y hay que decir que era todo el tiempo, porque Mur no podía quitarle los ojos de encima.

El rey estaba verdaderamente preocupado por esto. La princesa no se iba a dejar convencer así nomás: aunque eran tiempos lejanos, Sourí era una ratona muy moderna. No iba a aceptar un casamiento arreglado y, dijera lo que dijera su papá, iba a casarse con el zapatero de la aldea si eso era lo que su corazón mandaba.

Así que el rey fue drástico. Había que acabar con Mur, fuera como fuera. Y, como no hay nada más letal para un ratón que un gato, contrató al mismísimo Gato Pardo.

Gato Pardo era toda una leyenda en la Aldea Ratoneda. Se decía que, de un solo bocado, se había zampado 523 ratones; que con una sola garra había cortado la cola de todos los habitantes Ratonaburgo; que en Río de Queseiro todos los ratones eran blancos por una vez que Gato Pardo los miró fijo y les quitó el color del susto.

Así las cosas, es lógico que pensemos que el rey no estuvo muy astuto. Gato Pardo terminaría con  Mus, pero con él también podía caer toda la aldea. ¡La Historia está llena de reyes como él, que vaya a saber uno por qué razón terminaron en el trono!

Como sea, un buen día llegó el temido Gato Pardo a la aldea.  Y pasó lo que se sabía que podía pasar. Comenzó por comerse a los guardias de la entrada. Y después con cada pisada fue derribando  casas en el pueblo y tiendas en el mercado.

¿Y dónde estaba la zapatería de Mur, sino en ese mercado? Pero Gato Pardo no llegó a destruirla. Era un gato de palabra y sabía que el trato era matar al ratón, y no su casa o su negocio.  Así que aulló frente a la puerta.

Ya dijimos que Mur no era especialmente valiente, pero sabía que aquella era la única posibilidad de conseguir el favor Real, así que pensando en los ojos de Sourí se sacó de encima el miedo y enfrentó al enemigo.

—Digame… ¿Busca zapatos?

Gato Pardo se mató de la risa ¿Dónde se ha visto un gato con zapatos? Como si lo hubiera escuchado pensar, Mur agregó:

—No, claro. Zapatos, no. ¡Pero a que le quedarían bien un par de botas!

—¿Un par de botas?

— Claro, no pretenderá seguir en cuatro patas. ¡Por favor! ¿Qué clase de gato civilizado con botas de cuero de dragón seguiría andando en cuatro patas?

Gato Pardo pensó en el cuero de dragón. Jamás se había cruzado con ninguno. Y le pareció linda su estampa de gato civilizado en dos patas.

Así que se las encargó, al módico precio de dejar al zapatero en paz. Y a toda su aldea. Para no dejar de cumplirle al rey, el gato le pidió a Mur que se retirara del negocio de los zapatos.

Además una hazaña como esa, la de sacarse a Gato Pardo de encima, no podía conseguirla un simple zapatero. Y esto es algo que el mismo rey corroboró al nombrarlo Sir Mur, el caballero del Queso Redondo, en una ceremonia pública y ruidosa.

—¡Ya sabía yo que solamente un noble podría pretender a mi hija! —dijo el rey satisfecho, y aceptó el casamiento.

Lástima que Sourí tenía otros planes. Porque Mur era un ratoncito simpático, ¡pero Gato Pardo! Por Gato Pardo sí que le temblaban los bigotes. Así que se fue detrás de él para otro cuento, uno que circula por un mundo distinto al de los ratones. Dicen que todavía no se han encontrado, pero Sourí tiene una pista firme: un tal Marqués de Carabás que la llevará directo al gato de sus sueños. Y vivirán felices para siempre, porque estos cuentos no pueden terminar de otra manera.

 Y ahora a dormir, Ratoneda
que espera la madriguera.
Ya habrá mañana otra historia
que me traiga la memoria…

Yeh Shen (La Cenicienta china)

Hubo hace mucho  tiempo en el sur de China una jovencita llamada Yeh Shen. Sus pies eran tan pequeños que parecían flores de loto. Y sus pasos tan suaves, que nunca se escuchaban por la casa.

—¡Siempre te apareces de repente, como un demonio! —le gritaba su madrastra. Y, como castigo,  la mandaba a preparar vino de arroz,  a peinar a su hermanastra o a buscar agua al río. Esta última tarea era la que a Yeh Shen más disfrutaba. Porque en el río vivía su único amigo en el mundo, el pez dorado.

A él le contó del Baile de Primavera. Que, por supuesto, su madrastra y su hermanastra ya estaban ahí. Que ella, en cambio, había tenido que quedarse para juntar las cerezas del huerto, (¡y que eran tantas!). Que no quería nada más que ver cómo era el baile. Que había escuchado que la plaza estaría llena de crisantemos; que habría violines de dos cuerdas y flautas de bambú, y que a ella le gustaría tanto (¡pero tanto!) estar allí.

Hasta entonces, Yeh Shen no sospechaba que su amigo era un espíritu guardián del río. Así que no esperaba de ningún modo lo que sucedió. Ni la brisa que le alborotó los cabellos, ni las mil grullas volando sobre el rosado cielo, ni la luz repentina que por instante la obligó a cerrar los ojos. No esperaba nada de eso. Sigue leyendo

Cuando me soltó el miedo

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Ilustración de David Gracía Forés: http://untipoilustrado.tumblr.com

Yo con la oscuridad me equivoqué. Pensé que íbamos a ser enemigos enemiguísimos por el resto de la eternidad, que yo iba a llegar a viejo teniéndole miedo y que jamás (¡jamás!) íbamos a hacer las paces.

Dar un paso en la oscuridad, para mí era exactamente igual que cruzar la avenida sin mirar, que nadar en un estanque lleno de cocodrilos o andar sin manos en la bici sobre una calle de asfalto.  En fin: una de las acciones más riesgosas y temerarias del planeta.  Y me hubiera seguido sintiendo así, si no fuera por mi abuelo, los chinos y la empresa de luz eléctrica.

Lo que ocurrió aquella noche fue más o menos mágico. No mágico en serio, porque nadie me apuntó con una varita ni me tomé ninguna pócima milenaria para volverme súper valiente. Lo que digo es que fue mágico de algún  modo, porque el miedo se terminó. Así de repente y sin que yo me diera cuenta de nada. Como si alguien hubiera dicho ¡Abracadabra! Así de fácil el miedo me dejó.

El abuelo me había invitado a dormir a su casa, y ningún plan me hubiera parecido mejor que ese.  Ir a dormir a la casa del abuelo, significaba una noche de pizza, truco y gaseosa. ¿Qué felicidad mayor puede existir?

Yo acababa de cantar Quiero retruco, cuando se cortó la luz. No era poca cosa que se cortara la luz en lo de mi abuelo, porque mi abuelo vive en un quinto piso. Si me daba miedo la oscuridad en la planta baja, hay que ver lo que sentí en ese momento. Era un miedo quintuplicado, un miedo que iba subiendo uno, dos, tres, cuatro, cinco pisos. Que iba devorando los muebles, las paredes,  el suelo que estaba debajo de nuestros pies.

Escuché cómo el abuelo corrió la silla. Los pocos pasos que dio hasta la cocina, el cajón que se abría. Un ruido a movimiento de bolsa  y el chasquido del fósforo, por fin.

Cuando la luz chiquitita se prendió en la vela el miedo empezó a soltarme un poco. Pero solo un poco.

—Mirá la pared —dijo el abuelo.

La sombra caricaturesca  que formaban sus manos me hizo soltar una carcajada.

–¡Parece un lobo! —grité.

Junté las dos manos para imitarlo. Separé los pulgares, como él, y aparecieron de pronto dos orejas. La boca se formó con los otros dedos: el meñique y el anular por un lado, el mayor y el índice por el otro.

—¡Se llaman sombras chinas! —me explicó el abuelo.

Y entonces fue cuando el miedo me soltó del todo.

El traje nuevo del emperador (versión sobre el cuento de H.C. Andersen)

Hubo, hace mucho tiempo, un emperador tan vanidoso que se pasaba las tardes frente al espejo. Miraba los zapatos lustrados, los pantalones rectos y recién planchados, la camisa almidonada, la chaqueta prendida, la capa larguísima que arrastraba para darle a su andar un toque majestuoso.

Cada semana organizaba una fiesta distinta con tal de poder lucirse frente a los demás. Y, por supuestísimo, jamás repetía vestuario. Como sus sastres no daban abasto, siempre estaba dispuesto a contratar a alguien más. Y así fue como dos estafadores aprovecharon su oportunidad.

—Nuestras telas son prodigiosas — mintieron—: no puede verlas todo el mundo. Solo los que merecen tener la vida que llevan. Usted, por ejemplo, no tendrá ningún problema en verlas, porque merece estar en el trono y ser quien gobierna este gran imperio ¿verdad?

El soberado los contrató de inmediato porque ni por un minuto se le cruzó por la mente la posibilidad de que aquellas telas fueran invisibles para él. ¡Qué emocionante iba a ser vestirse con ellas! Les dio un adelanto cuantioso y los ubicó en la torre más alta del palacio, donde los bribones montaron  su taller.  Enseguida simularon estar ocupadísimos y exigieron oro, plata y piedras preciosas para poder fabricar aquella tela extraordinaria. Pero, por supuesto, no fabricaron nada.

Pasados unos días, el emperador le ordenó a su Ministro:

—Ve a mirar cómo está quedando el traje.

El pobre hombre casi se muere del susto cuando vio el telar: ¡estaba  vacío!  ¿Pero cómo iba a decir la verdad? Si llegaba a reconocer que no veía ninguna tela, iban a expulsarlo del palacio. Y por eso mintió:

— Jamás he visto un traje más hermoso.

Y exactamente lo mismo hicieron los demás. Porque ni el secretario, ni el mozo de cuadra, ni el mayordomo, ni el primer lacayo pudieron ver ningún traje. Y, sin embargo, todos aseguraron sin dudar que aquel atuendo era lo más  extraordinario que habían visto en sus vidas.

¿Cómo iba a hacer otra cosa el propio emperador, al día siguiente, cuando él mismo fue incapaz de ver el traje con el que estaban vistiéndolo? ¿Acaso era posible que, después de todo, no mereciera el trono?

—¿Qué les parece? —preguntó, incómodo, a sus consejeros. Y todos a la vez (aunque no vieran otra cosa que su ropa interior) exclamaron: ¡Magnífico! ¡Increíble! ¡Colosal!

Y así salió el monarca del palacio, demasiado preocupado por la opinión ajena como para confiar en sus propios ojos. Salió con su corona puesta y sus botitas forradas en seda. Pero sin ningún traje.

—¿Qué hace el emperador en camiseta? — murmuró un aldeano al verlo.

—¡Pero si está en calzoncillos!  —agregó otro, a media voz.

—¡Su Majestad no lleva ningún traje! —un niño, por fin, gritó.  Y entonces sí, todos en el pueblo comenzaron a reírse ¡a carcajadas!

Cuando el emperador (¡furioso!) ordenó su captura, los falsos sastres ya habían cruzado las fronteras del reino.

Receta para una tarde aburrida (o sobre cómo convertir a tu hermanita en un monstruo)

INGREDIENTES:

Tu hermanita

1 medibacha de tu mamá

1 pantufla de tu papá (o una pata de rana)

10 chupetines bolita

1 bolsa de caramelos masticables

Fibras (variedad de colores en cantidad necesaria)

Un piolín (solo si usás la pata de rana)

 

PROCEDIMIENTO:

  1. Decile a tu hermana que vas a jugar a las princesas. Esto es estrictamente necesario si no querés pasar directamente al punto 7.
  2. Chupá 8 chupetines para activarles la función de pegamento.
  3. Con cuidado, pegalos sobre la cabeza de tu hermana.  Por supuesto, a ella decile que estás poniéndole una corona (aunque para vos sea completamente obvio que son ojos atravesados por pequeñas lanzas). Si es necesario, pasá directamente al punto 7.
  4. Decile que meta las dos piernas en un lado de la medibacha para convertirse en La Sirenita (ella estará muy contenta con su cola de pez, pero vos sabrás la verdad: es un horrible monstruo de una sola pata).
  5. Yo no pude lograr que metiera los dos pies adentro de la pantufla de papá (no se creyó que era una aleta); pero vos podés intentarlo. Si no, la otra opción es que hagas lo que hice yo: usar una pata de rana. El problema es que los dos pies juntos no entran en el agujero y vas a tener que atarla con un piolín. A mí me ayudó pensar que ese piolín era una horrible serpiente saliéndole del tobillo pero reconozco que tengo imaginación: el piolín más bien parece una lombriz.
  6. Con las fibras, tatuale el cuerpo como quieras. Yo le hice rayas en los brazos y le pinté la cara toda verde (¡me quedó igualita a Hulk!). A ella decile que la estás maquillando (lo que, por otra parte, no es ninguna mentira). Y sé astuto: empezá por la cara, porque cuando te vea dibujándole rayas en los brazos ya va a empezar a llamar a tu mamá.
  7. Impedí a toda costa que llame a tu mamá: ponele inmediatamente un chupetín en la boca (para eso te sugerí dejar dos, uno para ella y otro para vos, porque seguro te van a dar ganas).
  8. Si fuiste rápido en el punto 7, vas a poder continuar (yo no tuve tanta suerte). Ofrecele al menos siete caramelos masticables, con la condición de que se los ponga todos juntos en la boca. Si todavía no terminó el chupetín, mucho mejor: para que hable un idioma de verdad monstruoso conviene que mastique mucho y tenga poco espacio libre en la boca.
  9. Antes de hacer hablar a tu monstruo asegurate de haber cumplido sin errores el punto 8. Es decir, que no te pase lo que me pasó a mí: por haberme comido casi todos los caramelos antes, no tuve más remedio que ofrecerle solo dos. Y me consta que con dos no alcanza: en vez de decir “Aughh” tu monstruo seguirá hablando bastante bien en español y puede que tire todo tu proyecto por la borda si se le ocurre gritar como a mi hermana:

─Mamaaaaaaaaaá, mirá lo que me hizo Juliaaaaaaaaaaaaaaaaaaán.

  1. No vayas a culparme si estás en penitencia toda la semana. Yo te doy la receta, pero el cocinero sos vos.

 

El primer viaje de Simbad

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He llegado a saber que Simbad el Marino vivió tantas aventuras en sus siete viajes, que el mismísimo califa Harún Al-Rachid se las hizo escribir a sus cronistas para que nadie olvidara aquellos veintisiete años de peligros y  andanzas. Cuentan que no siempre fue un aventurero y la primera vez que se embarcó no imaginaba que aquella travesía iba a dar un giro tan completo a su vida: porque nunca más pudo quedarse mucho tiempo en Bagdad sin que el mar lo llamara.

Era Simbad un joven como cualquier otro: un poco irresponsable y tarambana, que solo pensaba en el presente y nada más. Por eso, al morir su padre (quien le había dejado una considerable fortuna) no hizo más que malgastar todo y cuanto tenía en fiestas que duraban muchos días y banquetes que nadie llegaba a disfrutar.

—Algún día se acabará el dinero de tu padre —una vez le dijo su buen amigo Mubarak.

—¡Pues ese día empezaré a trabajar! —le contestó Simbad, despreocupado, sin saber que efectivamente ese día iba a llegar.

Cuando esto ocurrió, vendió todos los muebles que había en su propiedad (lo único que le quedaba) y compró mercancías en el zoco para embarcarse y poder venderlas por las ciudades del mundo. Así,  junto a otros comerciantes como él,  navegó por el río Basora durante muchos días  y muchas noches hasta salir al mar. Sigue leyendo

Noticias

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—Hay que contarle a Doña Conce —dijo Martina.

Y yo le di la razón, claro. Porque Doña Conce es una experta en difundir noticias.  Si necesitás que todo el edificio (incluso, toda la cuadra) se entere de algo, ni siquiera lo dudes: tenés que contárselo a ella. Vas a ver que en menos de diez minutos ya está enterado medio barrio.

Pero las cosas no salieron exactamente como pensábamos. Porque justo ese día doña Conce estaba demasiado emocionada por otra noticia que era mucho más emocionante que la nuestra: ¡había un fantasma en el segundo B!

Bueno, al menos eso es lo que pensaba Doña Conce. Porque el piano del señor José (que vive en el segundo B) había empezado a sonar misteriosamente ¡sin que nadie lo tocara!

Yo conozco bien al señor José. Y también conozco su pianola, así que por supuesto me reí del fantasma:

—¡Pero, Doña Conce! —le dije, haciéndome el agrandado— ¿No sabe que las pianolas tocan solas?

Ah, sí. Porque las pianolas parecen un piano así nomás, tan común y corriente, pero nada que ver.  Tienen una partitura llena de agujeritos que se mueve por dentro y hace sonar las notas. Y el efecto es genial, porque mientras suena la música las teclas se van hundiendo como si unos dedos invisibles estuvieran tocándolas.

Lástima que en medio de mi explicación apareció José. Y tiró por la borda mi teoría:

— Tengo dos objeciones para hacerte, muchachito. La primera: ¿cómo explicás que la pianola siga sonando sin esto? —lo dijo mientras me mostraba la partitura llena de agujeritos—. Y la más contundente: una pianola no puede sonar tan mal.

¡Y tenía razón! Porque mientras lo decía, una música estridente (bueno: lo que se dice “música” no era) llenó el pasillo. Obvio que venía del segundo B.

Corrimos hacia la pianola. Se movió una tecla, y después otra. Y varias a la vez, y de golpe ninguna. Creo que todos pensamos lo mismo de aquel fantasma: podría haber tenido en vida cualquier profesión, pero segurísimo pianista no había sido.

—¿Será que está metido adentro del piano —dijo José como al pasar— , caminando entre los resortes y los tubos que ponen a funcionar todo esto? Aunque en ese caso sería un fantasma diminuto ¿no?

Martina y yo nos miramos. Y gritamos a la vez:

—¡Pipo!

Y así fue como encontramos al hámster sin que doña Conce ayudara. O sí, pero de otra forma. Porque si no nos hubiera contado del fantasma…

Como sea, Pipo ya está en su rueda. Y doña Conce, ¡hablando con todo el mundo! —Porque no sabés lo que pasó esta tarde… —se lo dijo al portero, a la del tercero, a mi mamá y al verdulero de enfrente. Y estoy seguro de que mañana llega la noticia a mi escuela.

Hambre feroz

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Cuando la seño Lidia me dio el papel del lobo feroz, no pensé que iba a resultar tan bien. Al contrario: creo que me asusté. Tener que actuar delante de todo el colegio, pararme en  medio del escenario, mostrar las garras y pegar un alarido espeluznante antes de comerme (¡enteras!) a Caperucita y a su abuela, era como demasiado.

Además, la seño Lidia es demasiado exigente. Tenés que verla cuando nos olvidamos la letra. Y que no se te ocurra tentarte en medio del diálogo porque ahí sí: sonaste. Empieza a decir que no nos tomamos nada en serio, que quién la mandó a meterse en estas cosas, y que nunca más (¡que nunca más!) dirigirá una obra en esta escuela.

La verdad es que yo el día del estreno estaba un poco nervioso. La luz me apuntaba justo en medio de los ojos y el disfraz me  daba calor (y peor cuando encima me tuve que poner la cofia de la abuelita). Así que con disimulo me corrí un poquito la máscara para poder respirar.

Y entonces fue cuando Ema, que hacía de Caperucita, se sentó en el borde de la cama y me puso su canasta repleta de muffins justo debajo de la nariz. Y a mí los nervios me dan hambre, no lo puedo evitar.

Y encima el interrogatorio: que por qué  tengo los ojos tan grandes; que por qué soy tan orejón; que por qué, que por qué, que por qué… ¡La verdad que el lobo del cuento tenía una paciencia! Yo me hubiera comido a Caperucita sin tanta explicación.

El caso es que no me comí a Caperucita, pero sí todos los muffins. ¡Todos! Y según parece, la mamá de Ema los había hecho especialmente para que los compartiéramos después de la función. Así que hay que ver cómo se puso la primera actriz. ¡Más roja que la caperuza que llevaba puesta!

Y así, sin pensar en el sermón que nos daría la señorita Lidia, Ema se salió completamente del libreto y me gritó enfurecida:

–¡Te comiste todo, nene!

Por suerte, salvé la situación. Un poco porque vi que la señorita Lidia se puso blanca de repente y otro poco para limpiar mi honor (tampoco era cuestión de que quedara como un glotón adelante de toda la escuela). Así que me ajusté la máscara, salté de la cama, me paré en medio del escenario mostrando las garras y grité:

—¡Sí, me comí todo: a tu abuelita y al nene!

Y ahí nomás la gente se empezó a reír. ¡A carcajadas! Hasta la señorita Lidia se agarró la panza de tanta risa que le dio.  Ema y yo nos miramos, y por un segundo pensé que también íbamos a tentarnos. Pero no: continuamos muy serios el resto de la función. Al final, nos aplaudieron un montonazo. Y a mí (especialmente a mí, que era el súper villano) me aplaudieron de pie.

Ese día descubrí dos cosas: que la mamá de Ema hace los muffins más ricos del planeta, y que yo quiero ser actor.