Mi ventana al mundo
La ilustración del encabezado es de Luciana Carossia

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Cuando me da por twittear…

Hora pico

 

¡Es re injusto! ¡Éramos un montón y me ponen en penitencia a mí solo! ¿Yo qué culpa tengo del tráfico, a ver? ¡A que ahora también me dicen que soy el responsable de la hora pico! Yo manejo   con prudencia, claro, pero no puedo hacerme cargo de las maniobras del resto.  Y eso que toqué bocina. ¡Cómo tres veces, toqué! Pero en este patio nadie te da bolilla. Ya le expliqué a mi mamá, pero no quiere entenderme.

Una vez que tomás  envión es muy difícil parar la bici, y entonces no te queda otra que empezar a esquivar obstáculos. El primero fue Titán que salió corriendo atrás del gato del vecino, como siempre.  Yo tuve que doblar a la izquierda y, claro, en dos pedaleadas ya estaba encima de la cucha. Como tengo buenos reflejos, di la vuelta en U pero con tan mala suerte que casi aplasto a Josefina (¿Se pasa la vida en su caparazón y justo se le ocurre salir en ese momento?). Entonces sí clavé los frenos, pero la bici patinó. Y la rueda le dio de lleno a la pelota, que empujó la patineta, que tiró el tacho de pintura azul.

¿Fue culpa mía? ¡Por supuesto que no! Y si no, miren las huellas que hay en la cocina. Por suerte, el piso es blanco y se notan bien: esas, claramente, son del gato del vecino. Estas, más grandotas, son las de Titán. Y acá están las de Josefina, que como arrastró su lechuga terminó dibujando un lago justo al lado de la mesa.

Pero evidentemente, a mi mamá las pruebas no la convencen. Al contrario: más mira la cocina y más me quiere castigar. Ni siquiera quiso escuchar una idea buenísima que se me ocurrió con todo esto. Porque estoy seguro: si pusiéramos un semáforo en el medio del patio, no tendríamos problemas nunca más. ¡Ni siquiera en hora pico!

Culpa

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Cuando entró al cuarto ya estaban dormidos. El libro sobre la mesa de luz, con el señalador todavía en la misma página. Se sintió culpable. Aunque estaban lo suficientemente grandes para leer solos, tenían un ritual. Y ella llegaba tarde, una vez más. Siempre tanto trabajo y el tráfico y los informes que no pueden demorarse más. Y qué pena: la lectura quedará para mañana.

Los arropa (ese es un gusto al que no va a renunciar). Les besa la nariz como cada noche y presiente el escalofrío en su respiración dormida. A Javi hay que cortarle el pelo.  Este pijama ya no sirve más: cuánto ha crecido Cande últimamente. Sale de la habitación sin hacer ruido.

Se asoma entonces a su propio cuarto y ve la televisión encendida. Como las últimas noches, nadie la mira. Pedro le da la espalda, sentado al borde de la cama, otra vez con la vista fija en la misma foto. La foto de los cuatro, aquella navidad. Los ojos de él se pierden en quién sabe qué recuerdos y ella nota por primera vez algunas canas: es cierto aquello de que la tristeza nos hace envejecer. Y entonces otra vez vuelve la imagen para llenarla de culpa: el trabajo, el tráfico, los informes que no pueden demorarse más. Y también el asfalto mojado de aquel día, las luces que la encandilan y finalmente el camión. El camión que (congelando el tiempo) seguirá postergando los encuentros, día tras día.

¡Mirá quién habla!

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Por mí, que Esopo cuente la historia que quiera. Total, yo sé la verdad. Con todo ese asunto de que hay que educar a los niños, enseñarles que no mientan  y bla bla bla los adultos son capaces de inventar cualquier disparate. Y qué importa que el lobo quede mal parado ¿no? ¡Si total es el lobo! ¿A quién le puede importar el lobo? Pues que se enteren: le importa a mi mamá.

—A ver, decime qué necesidad… Yo no digo que no puedas comerte dos o tres ovejas, ¿pero todas? ¿De verdad era necesario que te las comieras todas, hijo?

Inútil explicarle que no. Que esa, justamente, fue la primera mentira de ese señor. Que yo apenas me comí una y lo hice como favor, porque ni hambre tenía. Pero claro, como toda la manada le cayó encima, ella no me creyó:

—¡Tendremos que emigrar otra vez! —sentenció Gran Lobo.

—¡Ese lobezno tuyo no dejó ni una oveja para el resto! —se quejó Loba gris.

—¿Y ahora cómo hacemos para que no nos persigan? —lloraba, dramática como siempre, Loba Vieja.

—¡A ver si aprende ese glotón de una vez! —Ya ni me acuerdo quién lo dijo.

Lo que sí sé es que por culpa de ese Esopo me convertí en la bestia más temible para los humanos y en el peor compañero del mundo para los lobos. ¿Y todo por qué? ¡Porque soy solidario! ¡Ese chico se estaba muriendo de aburrimiento y ya no sabía cómo llamar la atención! ¿O no empezó aquel día a los gritos, como un desaforado?

—¡El lobo! ¡El lobo! ¡Ayúdenme, por favor!

Y al día siguiente gritó igual. Y al otro y al otro. ¿Y vino alguien? ¡Por supuesto que no! Ni aquel día, ni al día siguiente, ni al otro, ni al otro. Segunda mentira de ese señor: jamás se acercó ningún aldeano a ayudar a ese pobre muchacho.

Excepto yo, claro. Y eso que ya lo dije: ¡Ni hambre tenía ese día! Pero me partió el corazón. Es que soy un lobo sensible ¿para qué negarlo? Me dio tanta pena que me dije: ¡Y bueno! ¡Vamos a hacer un esfuercito!

¡La emoción que le dio cuando me vio! ¡Ni él mismo podía creerlo! Si ni siquiera pudo articular una palabra. Y ahí tenés la tercera mentira de ese señor: cuando aparecí de verdad, el chico no gritó (igual está clarísimo: no hubiera servido para mucho) ¡Si hasta me miró agradecido! ¡Más vale! ¿A qué chico no le gusta un poco de acción? ¡Hay que estar todo el día en el monte, mirando el cielo!

Así que Pedro imaginó la historia, yo interpreté el papel y el que se lleva los laureles es ese tal Esopo que encima levanta el dedo para decirles a los chicos que nunca hay que mentir. ¡Pero mirá quién habla! ¿O no son los escritores los más grandes mentirosos?

 

 

 

 

 

 

 

 

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Fiesta de disfraces

 

Las luces estaban encendidas cuando lo vi. El peor disfraz del mundo, sin ninguna duda.

—¿No se te ocurrió nada mejor que ponerte una sábana encima? —le grité mientras tironeaba de la tela para desenmascararlo.

Tuve que sacarme el antifaz para ver mejor lo que no había: ¡Nadie! ¡Nadie debajo de la sábana! Por suerte se cortó la luz: ni el rostro más espeluznante me habría asustado tanto aquel día.

Abuela-hada

Eran tres hermanas: Fernanda, Evangelina y Guadalupe. Vivían sobre la calle Alvear, en Ituzaingó y a mí me encantaba ir a su casa. Cuando jugábamos al Mago de Oz, en el patio, las baldosas se pintaban de amarillo y aparecían cien torres hechas de piedras preciosas, al final del camino. Un día llegó su abuela de visita:

—¡Hada! —gritaron las tres.

Y entonces, yo lo entendí todo.

Whatsappeando con el Hada Buena

Prince1

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