¡Otra que Hamelín!


Sospecho lo que ha pasado
en mi querida ciudad:
el flautista ha hipnotizado
a los niños ¡qué impiedad!

Seguro que el intendente
no le ha querido pagar
por los servicios prestados
y él se ha querido vengar.

Así son los soberanos
de cualquier tiempo y lugar
Siempre pensando en sí mismos
¡Y a reventar, los demás!

Aunque está claro, el flautista
se tuvo que actualizar:
La flauta para este siglo
¡es toda una antigüedad!

Y ahora los pobres niños
como hechizados están:
no hablan, no interactúan
¿y quién los irá a salvar?

¿Qué antídoto poderoso
tendremos que preparar
para lograr que despierten
y suelten su celular?

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Érase una vez…

Dijo el youtuber que dijo el remisero
que dijo el asesor de imagen de un bloguero
que dijo la empresaria que dijo su analista
que dijo un estadista por televisión
que dijo su abuelito que contó el lechero
que dijo la mujer de un viejo barbero
que dijo el canillita que dijo la florista
que dijo un maquinista de un tren a vapor
que dijo la pulpera que dijo el granadero
que dijo un vendedor de velas y plumeros
que dijo el aguatero que dijo su querida
que servía en la casa de un conde español
que un hombre ilustrado contó que en su pueblo
dijo el boticario que su sombrerero
dijo que un poeta le confió a un pianista
que hubo un aprendiz de deshollinador
que contó  que un día le contó un viajero
que cierto  verdugo le dijo en secreto
que había habido un monje ciego y alquimista
allá por los tiempos de la Inquisición
que viajó al pasado a través de un sueño
y escuchó clarito cuando un cocinero
le contaba a un paje que un malabarista
escuchó  el relato de un triste bufón
sobre lo que dijo allá en otro tiempo
en el Coliseo aterrador, inmenso
una misteriosa joven pistonisa
a un pobre romano que era gladiador…

Qué casualidad ¡si era el mismo cuento
que contó recién, justo hace un momento
mi abuela que nunca conoció en su vida
al youtuber ese que me lo contó!

 

Un hogar inusual

Al hada la encontré fácil
(es bastante llamativa)
Pero esconderla fue el reto
más difícil de mi vida.

A la casa de muñecas
ni siquiera quiso entrar
aunque en medio de la sala
metí un frondoso bonsái.

En el balcón, ni pensarlo
¡Qué doloroso destino
si la agarra distraída
el gato de mi vecino!

Adentro del costurero
al fin, le encontré un hogar:
le encanta coser y duerme
metidita en un dedal.

El ojo de la ballena

Al principio no me gustó venir a vivir a Puerto Madryn. Cambiarme de colegio, dejar mi barrio, alejarnos de los abuelos… A mí qué me importaban las ballenas. Porque obvio que todo el mundo me hablaba de las ballenas.

—¡Vas a ver cómo saltan, ahí nomás, cerquita de la playa!

—¡Se quedan mil horas con la cola arriba, saludándote!

—¡Y si tiran agua son un espectáculo!

Sí, sí: todo muy bonito pero a mí no me interesaba ni un poco. Después de todo, por culpa de ellas nos tuvimos que mudar. Es que mis papás, como dice la abuela,  forman un combo medio explosivo: él es fotógrafo y ella bióloga marina ¿cómo no íbamos a venir a parar acá?

El viaje con la mudanza fue larguísimo. Larguísimo de verdad porque duró quince horas, pero también larguísimo porque mi mamá no supo hablarme de otra cosa. Que son cetáceos, que migran anualmente (vienen a estas costas desde a abril a diciembre para reproducirse y tener cría), que sus callosidades en el lomo son como huellas digitales porque siempre son diferentes, que viven entre 50 y 100 años y son capaces de comer dos toneladas de plancton por día.

¿Y a mí que podía importarme todo eso? Si mientras ella hablaba yo pensaba en  mis abuelos, en el patio de mi escuela y en mi casa. Sobre todo, en mi casa.

Por eso cuando  nos embarcamos, dos meses después de la mudanza, yo seguía enojado. Porque no me interesaban las ballenas. Porque odiaba las ballenas. Porque yo quería volver a Buenos Aires, a mi casa, a mis abuelos, al patio de mi escuela. Y eso le contesté  al señor que manejaba el barco, cuando me preguntó por qué no salía a cubierta como los demás.

Es que todo el mundo había salido a cubierta para ver mejor a las ballenas.

— Se acercan y saltan ahí nomás, pibe —me insistió el hombre—. Es una pena mirar desde esta ventana minúscula, cuando afuera tenés todo el mar.

¿Cómo íbamos a imaginarnos que iba a pasar lo que pasó? Primero fue el sonido de una ola. Una ola inmensa que hizo tambalear el barco. Y de nuevo, plaaaaaf. Un chorro de agua subió a la altura de mi nariz. Y enseguida después,  un enorme ojo. Un ojo redondo y gris que llenó la ventanita minúscula, y nos dejó a los dos con la boca abierta.

Más tarde, mientras les contaba a los demás del espectáculo que había presenciado desde primera fila (desde mi ventanita minúscula ¿quién lo iba a decir?), se fue desarmando todo mi enojo. Estaba bueno tener algo que contar. Algo que fuera mío y de nadie más.

Algo que, por fin, me hacía sentir un poco como en casa.

Más haikus de familia

Madrastra
No la del cuento:
La otra que hace reír
a mi papá.

Padrastro:
Los dos queremos
a mi mamá hasta el cielo:
Somos equipo.

Hermanastra
Como una amiga
que vive aquí dos veces
a la semana

Mamá bis
Yo no salí
de su panza y qué importa:
es mi mamá.

Papá bis
Dicen que tengo
otro papá distinto,
y qué me importa.

Tía
Si yo hago lío
se pone de mi lado
y me defiende.

Tío
A veces juega
como si fuera un chico
igual que yo.

Primos
Viajamos juntos
del living a la selva
¡Cuántos peligros!

 

Adivina adivinador (para los más chiquitos)

Preguntas-incomodas

I
Por manos tengo dos pinzas
y voy andando hacia atrás
Me gusta el agua y la playa
¿en serio no adivinás?

II
Me llevan a los rodeos
y al hipódromo después
Me hacen jugar al polo
y soy pieza de ajedrez.

III
Soy un bicho largo y chico
Pero así como me ves
preciso muchos zapatos
porque tengo muchos pies.

IV
Si tuviera que tejerme
una bufanda ¡qué arduo!
Pues tendría que medir
10 kilómetros de largo.

V
Se para en cada buzón
y lleva en su gran cartera
a veces malas noticias
a veces noticias buenas

VI
Me gustan las escobas
pero no soy de barrer
Si no adivinás quién soy
¡Te haré desaparecer!

VII
Me visto con muchas capas
que no me quiero quitar
Si lo intentás, te lo advierto:
¡yo puedo hacerte llorar!

 

 

 

 

Un deseo peligroso (versión de una fábula de Esopo)

Cuando cayó el leño en la laguna, todas se asustaron. Desde la rana más valiente hasta la más temerosa. ¡Y no era para menos! El leño había caído con tanta fuerza que el agua se levantó en una ola gigantesca, y todas terminaron empapadas.

—¿Qué fue eso? —preguntó una, asomándose entre los juncos.

—No tengo idea —dijo otra—, pero algo puedo decir: fue extremadamente poderoso.

—No sé… Parece  un leño común y corriente —observó la que estaba más cerca.

—No puede ser —dijo otra —. Lo vi caer del cielo.

—¿Del cielo, segura?

—Como que soy verdísima.

—¡A que es una estrella!

—¡Que va a ser una estrella, si no brilla!

—¿Una nube, tal vez?

—¿Dónde se ha visto una nube marrón?

—¡Entonces tiene que ser un dios!

—¡Un dios! —repitieron todas, emocionadas.

—Tiene sentido: ¡cayó del cielo!

—Y con una fuerza descomunal…

Las ranas se fueron acercando en silencio. La más valiente se animó a tocarlo y todas las demás mantuvieron la respiración, temerosas de que el dios se ofendiera.

Pero el dios no se ofendió. Ni siquiera cambió de posición. Y entonces una se decidió y le saltó encima. Y después  otra. Y otra. Y otra más.

—Es un dios un poco permisivo —observó una de las primeras que había saltado.

—Yo diría que hasta un poco tonto —se animó a decir otra.

—¿Solo un poco? ¡A mí me parece tontísimo! —se rio la más pequeña. Y comenzó a saltar y a saltar y a saltar, solo para molestarlo.

Pero el dios seguía como si nada, flotando tan tranquilo.

—Empujémoslo contra esas rocas —sugirió alguna. Y así fue como lo arrojaron una, dos, tres veces. Y a cada golpe (ploc, ploc, ploc) el pobre leño se iba desarmando a  pedacitos.

—Te digo que este dios me pone un poco nerviosa— dijo por fin la más joven.

—Cierto, ¡mirá que dejarse golpear así!

—Taaaan poderoso no es, al final.

—¡Que va a ser poderoso! ¡Es un dios de porquería!

—Nos merecemos uno mejor —observó la más grandota. Y enseguida propuso una reunión para resolverlo.

¡Hacía tiempo que no gritaban así! Todas hablaban a la vez y saltaban emocionadas. ¡Iban a buscar un dios, pero un dios en serio! Un dios superpoderoso que no se dejara montar tan fácil.  Y que, como mínimo, no tolerara ser desarmado a golpes.

—¡Queremos que nuestro dios tenga carácter!

—¡Que sepa hacerse respetar!

—¡Que deje bien claro quién está al mando!

—¡Un dios al que podamos admirar por su fuerza, su espíritu, su autoridad!

—¡Que sea el amo y señor del territorio!

Y, entonces, como si el universo hubiera escuchado aquella súplica, los juncos comenzaron a moverse.  Unos pasos cortos, pero firmes, fueron abriéndose  camino. Se hizo un silencio entre las ranas. Estaban a segundos de conocer, por fin, a su gran dios.

Y apareció un lagarto.

—¡Pues yo acepto el cargo, señoras mías! —les dijo con voz gravísima— ¡Porque tengo la fuerza, el espíritu y la autoridad!

Y también tenía unos filosísimos dientes, así que a las ranas les quedó súper claro que este era el mismísimo dios que merecían. Y que a veces conviene pensar un poco, antes de andar deseando bobadas.