La banda de los cinco

El Gran Suceso los sorprendió en medio de un espectáculo. Atenea custodiaba la telaraña, que pendía de un hilo y sostenía a todos los demás. Debajo de todo, casi tocando la base del frasco, estaba el señor Escargot. Wilson encima de él. Menina encima de Wilson. Y Bizbiz, por último, en la punta de la torre.   

Después de 62 días de confinamiento (en promedio, porque el niño cazador de bichos los había capturado en diferentes días) y tras 12 intentos de fuga, habían encontrado el modo de pasar el rato sin sufrir.

La primera en entrar al frasco había sido Menina. Estaba tan acostumbrada al hormiguero que la soledad le resultó insoportable. Se habría dejado morir de hambre, de no por el señor Escargot (el segundo prisionero). Los caracoles pueden ser muy persuasivos, sobre todo cuando generan una baba asquerosa que lo ensucia todo, y vos sos una hormiga ultra maniática de la limpieza.

Para cuando llegó Wilson, el bicho bolita, Menina y Escargot formaban ya un buen equipo. Bajo una hoja de laurel, habían improvisado un depósito de miguitas (el niño humano los mantenía bien alimentados), lejos del gotero que embarraba el otro lado del frasco.        

Atenea llegó el día que montaron el primer espectáculo. Los tres estaban haciendo equilibrio sobre la tapa. Escargot producía suficiente baba como para mantenerlos pegoteados a todos. La acrobacia los hacía reír. Y la risa les borraba la tristeza del encierro.   

También los salvó de la araña. A Atenea le resultó tan divertido el show de bienvenida, que enseguida renunció a su deseo de almorzárselos, y puso su telaraña al servicio del espectáculo.

A los pocos días, Bizbiz sumó al elenco una cortina musical. El mosquito recién llegado zumbaba de maravillas y la banda sonora mejoró la performance. Para aquellos días, la vida anterior al frasco estaba ya tan lejos, que ninguno esperaba el Gran Suceso.

Pero el Gran Suceso llegó. Y el impacto fue violento. Hay que ver la velocidad de vuelo que puede alcanzar un frasco al ser embestido por un proyectil apestoso (dicen que fue una zapatilla, pero este no es un hecho que se haya podido constatar con certeza). 

La caída no los dejó ilesos. El señor Escargot se abolló el caparazón. Menina perdió una antena y pasaron varias semanas antes de que Wilson pudiera volver a hacerse bolita. Atenea, aunque había logrado caer en sus ocho patas, a veces (todavía) camina en zigzag por culpa del vértigo. Y aunque Bizbiz apenas sufrió alguna herida, cada tanto necesita hablar del Gran Suceso para entender qué pasó.

No solo el golpe fue difícil. La libertad es algo tan inmenso que a veces puede asustar. Pero bastan unos segundos para hacernos a la idea.

Así pasó con La banda de los cinco, que se fueron en fila, a buscarse un hogar. Y no volvieron a acordarse del frasco, ni del encierro, ni del niño cazador de insectos. Porque había otras cosas más importantes en qué pensar.

Como el próximo espectáculo, que por fin darían al aire libre.

Una mezcla rara

Al principio mi abuelo y doña Eugenia se llevaban mal. ¡Lógico: son tan diferentes! Ella habla demasiado. Y él, demasiado poco. Ella es capaz de creerte cualquier cosa (como que la luz del palier la rompió un extraterrestre en vez de mi pelota). Y él no puede creer en nada que no esté científicamente comprobado. Ella se viste con colores chillones y para mi abuelo una bufanda gris es demasiado llamativa.

–Son como el vals y el heavy metal –decía la del 4°B, que es profesora de música.

–Como un defensor y un delantero –decía el entrenador de fútbol que vive en el 3°A.  

–O como el agua y el aceite –decía el chef de la Planta Baja.

Y el científico del 5°C se ponía a hablarnos de moléculas y polaridades, de mezclas imposibles y heterogéneas y un montón de otras cosas de las que nadie entendía un pepino.   

Pero en algo coincidíamos todos. Había que evitar a toda costa que mi abuelo y doña Eugenia se cruzasen. Nunca, jamás de los jamases, bajo ninguna circunstancia y por ninguna razón, podíamos permitir que eso pasara.

Porque cuando mi abuelo y doña Eugenia se cruzaban, la cosa terminaba mal. Las reuniones de consorcio con ellos se hacían eternas. Porque uno quería “esto” y  el otro quería “aquello”. Si uno decía “sí”, el otro decía “no”. Y ambos eran capaces de discutir durante horas por las cosas más absurdas (como la trayectoria de vuelo de un mosquito).

El caso es que nadie sabe muy bien lo que pasó ese día. Pero el vals y el heavy metal, el defensor y el delantero, el agua y el aceite se quedaron encerrados en el ascensor durante siete minutos eternísimos.

En el edificio todos se pusieron como locos. El chef les prometió unas milanesas si lograban salir sin lastimarse. La profesora de música puso a todo volumen Trátame suavemente, un tema de Soda Stereo. El entrenador de fútbol les dio una charla motivacional acerca de la rivalidad y de lo importante que es trabajar en equipo. Y el científico se puso a hablar del polo norte y el polo sur, de las fuerzas magnéticas y la atracción de los opuestos.

A los siete minutos exactos, sin que nadie pudiera entender cómo ni por qué, ocurrieron dos cosas extrañísimas. El ascensor se puso a funcionar de nuevo, y mi abuelo y doña Eugenia salieron sonriendo y conversando como si nada.

–Le queda muy bien el rojo–le dijo mi abuelo, como si todos los demás no existiéramos.

–Ay, pero qué dice. Usted siempre tan amable conmigo –le contestó ella, y por supuesto a nosotros ni nos miró.   

Y así salieron juntos a la calle, caminando para el mismo lado, como si eso fuera lo más natural del mundo y se acabaran de conocer.

–Son como el bandoneón y el tango –dijo la del 4° B.

–Como Maradona y Batistuta –propuso el del 3° A.

–Como le leche y el chocolate –suspiró el de Planta Baja.

Y el del 5° C nos habló nuevamente de moléculas y polaridades, de mezclas posibles y homogéneas y otro montón de cosas de las que no entendimos ni un pepino.  

Caracoles

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Sin querer, el plan me salió redondo. A mi abuela le solucioné el problema de los caracoles. A los caracoles los salvé. Y el día terminó genial para mí.   

Claro que hubo imprevistos. Pero fueron precisamente esos imprevistos los que generaron un resultado exitoso.  

Primero: yo no imaginé que en el jardín de mi abuela pudiera haber tantísimos caracoles. Pensé que iba a sacar, como mucho, diez. Pero terminaron siendo sesenta y tres.

Segundo: los caracoles no son tan tranquilos como dicen. En diez minutos pueden hacer un desastre.

Tercero, y el más determinante de todos los imprevistos: mi mamá  entendió cualquier cosa. 

Todo empezó a la tardecita. Cuando mi abuela, como si nada, me pidió el arma homicida:

–Dame ese frasquito, Jere. El que dice “mata babosas y caracoles”.

Por supuesto,  yo me negué. Porque una cosa es quererla mucho a mi abuela y  otra muy distinta es ser cómplice de asesinato. Entonces fue cuando comenzó a explicarme que los caracoles son una plaga y que las plantas tienen derecho también a la vida y que sus rosales y que sus geranios y que blablablá.

Y en medio de todo su discurso amoroso hacia las flores pero insensible hacia los moluscos, a mí se me ocurrió la buenísima idea de buscarles otro hogar. Alguno en el que nadie los sentenciara a muerte solo por querer alimentarse.

–Te juro que me llevo hasta el último caracol, abue. Pero no los mates.

Y empecé a juntar. Al principio en un platito, pero enseguida necesité un balde. Mi abuela protestó en cuanto me vio entrar a la casa:  

– ¡Sacá de mi vista esos bichos horripilantes!

A mí en cambio me parecían simpatiquísimos con su andar gelatinoso. No paraban de moverse adentro del balde y largaban como una espuma que empezó a pintar de blanco los caparazones.

–¡Qué asco! –volvió a protestar mi abuela. Así que enganché el balde en el manubrio de la bicicleta y me fui. Pedaleé sin pensar adónde iba y mis piernas, acostumbradas a hacer el recorrido de regreso a casa,  me llevaron hasta ahí.

Estaba por meter las llaves en la puerta cuando se me ocurrió que podía llevarlos hasta la canchita donde entrenamos los domingos. Pero mis ganas de hacer pis fueron más urgentes, y entré a casa.   

Una pared blanca. Una bicicleta apoyada en la pared. Un balde colgando del manubrio de la bicicleta. Un menjunje de antenas y caparazones adentro de ese balde. Y diez minutos enteros para hacer un desastre.

Por fin, el grito de mi mamá: “¡Jeremíaaaaas!”.      

Había baba de caracol por donde miraras. Desde el paragüero hasta la tele. Y sesenta y tres caracoles sueltos por el living de mi casa, que mantenían el grito de mi mamá encendido.

 Cuando terminamos de limpiar todo aquel lío, antes de que yo pudiera decirle que enseguida me los llevaba para la canchita, ella me preguntó: 

–¿Tienen que ser caracoles? ¿No podés elegir otra mascota?

Al perro lo llamé Caracol, por supuesto. Y a los caracoles, los saludo cada domingo después del entrenamiento. Después de todo, yo tuve mi final feliz gracias a ellos.  

Pirata del asfalto

hormigapirata

                                             https://fernandocarmona.com.ar

He sabido de una hormiga
que, vestida de pirata,
partió en barco de papel
hacia el Río de La Plata.

Negoció en la alcantarilla
con una banda de ratas
y les compró, muy barato,
una brújula y un mapa.

Salió por las tuberías
hasta una calle inundada
y dejó que la corriente
cuesta abajo, la llevara.

Después fue siguiendo el mapa:
hasta el semáforo, recto
enseguida a la derecha
¡Y ahí nomás estaba el puerto!

Pero ya van doce años,
tres semanas y dos días
y ella sigue en la ciudad
navegando todavía…

Añora, quizá, enfrentar
tormentas y tiburones
¡Pero no es poca aventura
esquivar a los camiones!

¡Tengo un zombie! (capítulo final)

Reglamento para un zombie

capi10

Ilus de Maine Diaz

Está bien: tuvimos suerte. Después de que yo hiciera la volcada, nadie prestó atención a las quejas de don Aníbal. Todavía no puedo creer que los de Primera hayan jugado con nosotros ¡ni sabía que entrenaban en ese horario! Dicen que escucharon el pique y que nos vieron tan metidos en el juego que quisieron participar. Sí, participar. Ellos en nuestro juego ¿no es loco?

Como sea, le dije a Bauti que no podíamos arriesgarnos más. Estuvimos demasiado cerca. ¡Demasiado!

—Hay que educarlo a Ojos —más que decir, se lo ordené.

Y Bauti estuvo de acuerdo. Por eso redactamos el reglamento y le dijimos los dos, con la cara más seria que nos salió:

—Mirá, Ojos, si querés quedarte con nosotros tenés que seguir algunas reglas.

Y ahí nomás se las leímos.

  1. No salir (bajo ninguna circunstancia, jamás de los jamases, nunca de los nuncas y por los siglos de los siglos) del escondite asignado (llámese mochila, detrás de la cortina, bajo de la cama, baño del club).
  2. Mantenerse lejos de la Play, especialmente los días de lluvia (Por las dudas: no queremos perderte).
  3. No dejar nada olvidado por ahí: cada uno es responsable de sus dedos, ojos, orejas, nariz, piernas y brazos. Ni hablar de la cabeza: mantenerla siempre pegada al cuello (salvo que la necesitemos para entrenar, claro).
  4. Relacionado con el punto anterior: tener en cuenta que la casa no se hace responsable en caso de que el Coki se coma las partes extraviadas. Es sabido que a los perros les gusta la carne ─y muy especialmente la podrida─, más que el alimento balanceado.
  5. Mantener los ojos lejos del metegol y las orejas fuera de la lata de galletitas.
  6. Evitar ruidos molestos cuando hay adultos cerca. Nada de “Aaagh”, ni andar arrastrando el paso. (Muy especialmente si la tía Leila está meditando).
  7. Basta de hacerle bromas a don Aníbal (no ponerle la traba, no tirarle del pelo, no hacerle cosquillas en los pies). Sabemos que es un pesado, pero nos da pena.
  8. No intervenir en ningún partido: aguantar las ganas de seguirnos y mantener el cuerpo armado y escondido todo el tiempo (si es necesario, remitirse otra vez a la regla número 1).
  9. Tomar leche de alpiste dos veces al día, para mejorar el cutis y evitar el resquebrajamiento de la piel.
  10. Mantener la boca cerrada todo el tiempo. O lavarse los dientes más seguido.

Como no es muy lúcido que digamos, nos dio trabajo hacérselo entender. Pero con el tiempo vamos progresando.

Además, por suerte la mamá de Bauti es medio corta de vista: el otro día confundió un ojo con una pelotita de metegol. Y ayer, una oreja con una galletita. Y sin duda, también ayuda su buen humor, está tan contenta de que Bauti por fin está so-cia-li-zan-do (me da pena avisarle que aunque lo separe en sílabas no entiendo lo que quiere decir) que nos perdona cualquier lío.

—¿No ves cuántas cosas te estabas perdiendo por pasarte el día con tus videojuegos, Bauti? —le dijo la otra vez.

Y nosotros no pudimos aguantar la risa porque… ¡Ay, si supiera!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¡Tengo un zombie! (Capítulo 9)

El partido más increíble de nuestras vidas

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Ilus de Maine Diaz.

¡Menos mal que Camila estaba conmigo! Porque, la verdad, yo solo no hubiera podido resolver lo de don Aníbal.

— ¿Qué? ¿Cómo? ¿Por qué? —preguntó él al despertarse.

¡Y ella inventó de todo! Primero que había sido un meteorito, pero como mucho de astronomía no sabía terminó diciendo que en realidad había sido una teja con forma de meteorito; lo  que también resultó bastante confuso porque el techo del estadio es de chapa. Así que tuvo que agregar lo de un gato que andaba por los tejados atacando porteros. Bueno, la verdad, no sé si Aníbal se convenció del todo con su historia. Pero a mí me pareció brillante.

Y estoy seguro de que la cosa hubiera quedado ahí, si no fuera porque a Ojos (¡justo!) se le ocurrió hablar:

—Aaaagh —dijo muy claramente, desde mi mochila. Don Aníbal intentó sacármela de un tirón. Y así empezó el partido más increíble de nuestras vidas. Ojos (es decir, mi mochila) viajó de mis manos a las de Camila, y aunque el portero intentaba marcarnos nosotros nos concentramos en el juego. Poiiing, poiiing, poiiing picaba la cabeza de Ojos adentro de mi mochila y por mucho que don Aníbal se esforzaba, no podía alcanzarnos. En un momento, el tramposo, quiso hacerme la traba, pero antes de caer despatarrado logré encestarla.

—¡Triple! —gritó Camila, y recibió el rebote. No sé en qué momento los jugadores de Primera empezaron a entrar. En menos de un minuto, éramos dos equipos ubicados en la cancha. Don Aníbal, rojo de la furia, nos miraba desde un costado. Poiiiing, poiiing, poiiiing. Doble. Y otro doble. Y otro doble más. Poiiing, poiiiing, poiiiing. Alguien tiró una pelota desde afuera, pero la rechazamos: Ojos picaba genial.

—Debe haber una pelota en esa mochila —observó el padre de Camila, que acababa de llegar—. No viene mal que entrenen con un objeto extraño.

Los jugadores eran moles, para nosotros dos. Mi cabeza llegaba a las rodillas del que estaba en la base. Pero no me asusté ni me sentí chiquito. Conocía mi cuerpo mejor que nadie y poiiing poiiiing poiiing, pude sacarme de encima al que me estaba marcando. Pero lo mejor, lo mejor de todo, lo hizo Cami. No miraba la mochila; me miraba a mí, a los otros jugadores, al que la marcaba, al aro. Miraba todo a su alrededor y sentía, sentía con sus manos, la cabeza de Ojos bajo la tela de la mochila. Poiiiing, poiiiing, poiiiing. Me la pasó. Poiiing, poiiiing, poiiiing y un gigante se interpuso. Pero usé la altura a mi favor, y pasé entre sus piernas. Llegué a arrojarle la mochila a Cami. La vi flexionar las rodillas, inclinarse apenas, tomar envión, y saltar. Saltar para levantar vuelo. Porque ese día, en este estadio medio destruido, frente a dos miradas sorprendidas (impotente, la del portero; orgullosa, la de su papá) y rodeada de jugadores de Primera, Cami logró saltar, meter la mochila a través del aro y mantenerse colgada ahí por dos o tres segundos. Sí, aunque es difícil creerlo porque es mujer y mide un metro cuarenta y dos, Camila hizo una volcada. Y fue tan emocionante que todos nos quedamos en silencio.

 

 

¡Tengo un zombie! (capítulo 8)

Entrenador de lujo

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Ilus de Maine Diaz

Cuando se distrae así me dan ganas de matarlo. Antes en la cancha le pasaba lo mismo, la pelota le picaba al lado y él estaba en la luna. Y ahora yo acá tratando de confundir a Aníbal para que no se diera cuenta de nada, y él pensando en los pajaritos de colores en lugar de buscar un escondite para el zombie. Si Aníbal se despertaba, yo le tenía que explicar unas cuantas cosas: una, por qué le habíamos pegado. Dos, con qué le habíamos pegado. Tres, qué hacíamos en el estadio si estaba cerrado por refacciones. Y ni quería pensar si había llegado a ver a Ojos: ¿Cómo se le explica a un adulto que estamos entrenando con un zombie?

Porque eso es lo que hacemos (Bauti empezó antes que yo; pero ahora, desde que los descubrí, siempre entrenamos los tres). No es que papá nos enseñe mal, pero el zombie tiene otros recursos. Por ejemplo, a veces se quita los ojos y los pone al ras del piso para controlarnos los pasos. Así sabe si ponemos bien el peso del cuerpo, si deberíamos pisar con más fuerza o más despacio y con qué envión tenemos que despegar el talón antes de saltar. A veces sus brazos nos siguen por toda la cancha: nos ayudan a mantener la postura y también a pivotear, que es cuando giramos manteniendo un pie fijo en el suelo (lo que nos puede salvar si intentan quitarnos la pelota). Cuando estamos a punto de tirar al aro, más de una vez nos da una palmada al hombro como animándonos. Y ni hablar cuando encestamos, nos abraza como un compañero más, aunque el resto de su cuerpo esté fuera de la cancha. Y a veces, nos presta su cabeza (que no sé por qué rebota) para hacer jueguitos. La picamos de un lado al otro, pasándola entre las piernas. Si escuchamos Aaagh es que lo estamos haciendo mal y hay que pararse distinto, flexionando un poco más la rodilla y con menos apertura. Parece que no, pero orienta un montón que “la pelota” te hable.

Y ahora estábamos a punto de perder todo eso. Porque si Aníbal llegaba a enterarse, la noticia llegaría a las autoridades del Club y chau entrenamiento. Además vendrían de un canal de televisión y a Ojos se lo llevarían los científicos porque, obvio, ¿dónde se ha visto un zombie que salga de un videojuego? La verdad, no podía entender que Bauti siguiera ahí, papando moscas como dice mi abuela (aunque no sé que tienen que ver las moscas con esto de andar siempre distraído).

—¿Querés apurarte? —le dije, para hacerlo regresar a la realidad— ¡Aníbal ya se está despertando!

Y entonces desarmó a Ojos como si fuera un rompecabezas: metió brazos, piernas, orejas, manos, pies y nariz adentro de su mochila. ¡Justo un segundo antes de que Aníbal se despertara!

 

 

¡Aunque sea por un día!

Ilustración de Jon Klassen para el libro PAX

 

En la Oficina de quejas
de personajes de cuentos
El zorro ya ha presentado
reclamos, ¡como quinientos!

El pobre ya está aburrido,
cansado del mismo rol.
Las fábulas van pasando
¡y él repite su actuación!

No es fácil mostrarse astuto,
tramposo y encantador
Si falla, fracasa el cuento
¡Es demasiada presión!

Además ya no soporta
esa agobiante rutina
de siempre engañar a otros
y comerse las gallinas.

Alguna vez él quisiera
tener un papel menor,
ser engañado por otros,
ser un poco del montón.

Y si no, ser otro Zorro
(¡aunque sea por un día!):
y pelear enmascarado
con el Sargento García.