Desengaño amoroso

El pobre gallo ha intentado
conquistar a la gallina.
Le cantó con su guitarra
una milonga argentina.

Bailó también un merengue,
una lambada y un tango.
Probó con el reguetón,
y unos pasos de malambo.

Pero ella no lo registra
ni cuando canta boleros.
Es que suspira por otro:
¡el pájaro carpintero!

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Misterio en el escenario

pinocchio

 

No hubo en la historia del teatro

nunca un misterio mayor

¿Cómo ha logrado Pinocho

ser el primer actor?

 

No importa si siente miedo,

alegría o confusión

¡el pobre tiene en el rostro

siempre la misma expresión!

 

“¡Flexiona un poco las piernas!”,

el coreógrafo le indica.

Y aunque Pinocho se esfuerza,

la cosa se le complica.

 

“¡Es de madera!”, se queja

el director impaciente

¡Más vale, si el hada azul

es demasiado exigente!

 

Pero lo más complicado,

según nos cuenta una actriz,

es que repite el libreto

¡y le crece la nariz!

 

La rana encantada

Si encontrara yo al chismoso

perverso que me ha contado

que en el fondo de mi estanque

hay un príncipe encantado,

 

del coscorrón que le diera

se quedaría atontado,

sin ganas de repetirme

un chisme tan infundado.

 

Pues resulta que era cierto

que una rana parlanchina

con soberbia majestuosa

allí mismo me diría

 

que una bruja había hechizado

su preciosa gallardía

y que un beso de mis labios

con su pena acabaría.

 

¡Cómo no! Y ahora resulta

que aquel beso me ha dejado

convertida en una rana,

con corona y sin reinado.

 

¡Rapónchigos! ¿Y ahora?

Érase una princesa
con extensa cabellera
que vivía en una torre
sin ascensor ni escalera.
La bruja que la cuidaba
usaba su larga trenza
para subir a la cima
y ver a la impar doncella.

—Rapónchigo —le decía—.
¡Suelta tu pelo, nena!
La joven, brava, aguantaba
el peso de la hechicera…

Pero, una vez, un buen mozo
príncipe que la viera
subiendo por el cabello
de la dama prisionera

quiso curiosear y entonces
(cuando la bruja se fuera)
subió veloz por la hebra
de pelo que lo asistiera.

Se vieron y enamoraron
y así tuvieron la idea
de escaparse a otro reinado
sin bruja que los agreda.

Pero el amor embobara
de pronto las dos cabezas,
y un tonto plan emprendió
la infortunada pareja.

Sostuvo el joven gallardo
por la trenza a la doncella
y no pensó que al bajarla
el pelo fuera con ella.

Cuando cayeron en cuenta
¡cuál fuera la pataleta!
El joven llora en el cielo.
La joven llora en la tierra.

Una queda protestando
(le molesta la melena).
Otro está refunfuñando
(ha perdido la escalera).

Mi amigo Martín Fierro

Martín Fierro por el querido Fontanarrosa

Imagine, compadre, mi sorpresa
ver que un gaucho como yo
que no comprende las letras
se ha vuelto, así, tan famoso
en mi tierra y en la ajena
tan solo por ir cantando
por el mundo su gran pena…

Figúrese que hace tiempo
que Martín Fierro es mi amigo
pues trabajábamos juntos
en unos campos vecinos
Nunca fui como el tal Cruz
(al que quiso más que al vino)
pero hemos sido compadres
y nos tomamos cariño… Sigue leyendo