La bella durmiente (conectada)

Había una vez un cuento que no dejaba de contarse. Se escuchaba en las casas familiares, en los palacios, en la aldea, en el mercado, en la montaña y en el mar. Y hasta cruzó continentes y atravesó los siglos para que yo pudiera contártelo hoy. De un modo un poco diferente, claro, porque los cuentos tienen que modernizarse. De otra forma los personajes se pondrían en huelga. Y lo que es más importante: tendrían razón. ¿O es justo que vos tengas un gps en el teléfono y el pobre Hansel tenga que marcar su recorrido con miguitas de pan?

En fin: el personaje de esta historia ya lo conocés bastante. El cuento te lo contaron mil veces y hasta seguro viste la película. Pero mi versión, te prometo, es un poco más novedosa.  Es una versión 2.0, últimísima y moderna, casi tanto como vos. Y viene a reivindicar fundamente tres cosas. La primera, que Maléfica no es tan mala. La segunda, que el príncipe valiente no es tan valiente. Y la tercera, que la bella durmiente está menos dormida de lo que parece.

Pero vamos por partes. Para empezar, hay que aclarar que la pobre Maléfica no fue culpable de la maldición. Es así desde tiempos inmemoriales: la gente tiende a señalar a quien suele equivocarse más seguido, y rara vez se preocupa por averiguar la verdad. Si alguien lo hubiera hecho en este caso, el cuento conocido sería otro. Precisamente, el que te estoy contando acá:

whatsapp_1

Está claro que la bella durmiente no le dio bolilla a la cadena. En otras palabras: ella misma se echó la maldición. Pero no fue responsable del tiempo que duró el castigo. De eso hay que culparlo al príncipe valiente, que (según parece) no tenía mucho sentido de la orientación. Sigue leyendo

Receta para una tarde aburrida (o sobre cómo convertir a tu hermanita en un monstruo)

INGREDIENTES:

Tu hermanita

1 medibacha de tu mamá

1 pantufla de tu papá (o una pata de rana)

10 chupetines bolita

1 bolsa de caramelos masticables

Fibras (variedad de colores en cantidad necesaria)

Un piolín (solo si usás la pata de rana)

 

PROCEDIMIENTO:

  1. Decile a tu hermana que vas a jugar a las princesas. Esto es estrictamente necesario si no querés pasar directamente al punto 7.
  2. Chupá 8 chupetines para activarles la función de pegamento.
  3. Con cuidado, pegalos sobre la cabeza de tu hermana.  Por supuesto, a ella decile que estás poniéndole una corona (aunque para vos sea completamente obvio que son ojos atravesados por pequeñas lanzas). Si es necesario, pasá directamente al punto 7.
  4. Decile que meta las dos piernas en un lado de la medibacha para convertirse en La Sirenita (ella estará muy contenta con su cola de pez, pero vos sabrás la verdad: es un horrible monstruo de una sola pata).
  5. Yo no pude lograr que metiera los dos pies adentro de la pantufla de papá (no se creyó que era una aleta); pero vos podés intentarlo. Si no, la otra opción es que hagas lo que hice yo: usar una pata de rana. El problema es que los dos pies juntos no entran en el agujero y vas a tener que atarla con un piolín. A mí me ayudó pensar que ese piolín era una horrible serpiente saliéndole del tobillo pero reconozco que tengo imaginación: el piolín más bien parece una lombriz.
  6. Con las fibras, tatuale el cuerpo como quieras. Yo le hice rayas en los brazos y le pinté la cara toda verde (¡me quedó igualita a Hulk!). A ella decile que la estás maquillando (lo que, por otra parte, no es ninguna mentira). Y sé astuto: empezá por la cara, porque cuando te vea dibujándole rayas en los brazos ya va a empezar a llamar a tu mamá.
  7. Impedí a toda costa que llame a tu mamá: ponele inmediatamente un chupetín en la boca (para eso te sugerí dejar dos, uno para ella y otro para vos, porque seguro te van a dar ganas).
  8. Si fuiste rápido en el punto 7, vas a poder continuar (yo no tuve tanta suerte). Ofrecele al menos siete caramelos masticables, con la condición de que se los ponga todos juntos en la boca. Si todavía no terminó el chupetín, mucho mejor: para que hable un idioma de verdad monstruoso conviene que mastique mucho y tenga poco espacio libre en la boca.
  9. Antes de hacer hablar a tu monstruo asegurate de haber cumplido sin errores el punto 8. Es decir, que no te pase lo que me pasó a mí: por haberme comido casi todos los caramelos antes, no tuve más remedio que ofrecerle solo dos. Y me consta que con dos no alcanza: en vez de decir “Aughh” tu monstruo seguirá hablando bastante bien en español y puede que tire todo tu proyecto por la borda si se le ocurre gritar como a mi hermana:

─Mamaaaaaaaaaá, mirá lo que me hizo Juliaaaaaaaaaaaaaaaaaaán.

  1. No vayas a culparme si estás en penitencia toda la semana. Yo te doy la receta, pero el cocinero sos vos.

 

Noticias

piano

—Hay que contarle a Doña Conce —dijo Martina.

Y yo le di la razón, claro. Porque Doña Conce es una experta en difundir noticias.  Si necesitás que todo el edificio (incluso, toda la cuadra) se entere de algo, ni siquiera lo dudes: tenés que contárselo a ella. Vas a ver que en menos de diez minutos ya está enterado medio barrio.

Pero las cosas no salieron exactamente como pensábamos. Porque justo ese día doña Conce estaba demasiado emocionada por otra noticia que era mucho más emocionante que la nuestra: ¡había un fantasma en el segundo B!

Bueno, al menos eso es lo que pensaba Doña Conce. Porque el piano del señor José (que vive en el segundo B) había empezado a sonar misteriosamente ¡sin que nadie lo tocara!

Yo conozco bien al señor José. Y también conozco su pianola, así que por supuesto me reí del fantasma:

—¡Pero, Doña Conce! —le dije, haciéndome el agrandado— ¿No sabe que las pianolas tocan solas?

Ah, sí. Porque las pianolas parecen un piano así nomás, tan común y corriente, pero nada que ver.  Tienen una partitura llena de agujeritos que se mueve por dentro y hace sonar las notas. Y el efecto es genial, porque mientras suena la música las teclas se van hundiendo como si unos dedos invisibles estuvieran tocándolas.

Lástima que en medio de mi explicación apareció José. Y tiró por la borda mi teoría:

— Tengo dos objeciones para hacerte, muchachito. La primera: ¿cómo explicás que la pianola siga sonando sin esto? —lo dijo mientras me mostraba la partitura llena de agujeritos—. Y la más contundente: una pianola no puede sonar tan mal.

¡Y tenía razón! Porque mientras lo decía, una música estridente (bueno: lo que se dice “música” no era) llenó el pasillo. Obvio que venía del segundo B.

Corrimos hacia la pianola. Se movió una tecla, y después otra. Y varias a la vez, y de golpe ninguna. Creo que todos pensamos lo mismo de aquel fantasma: podría haber tenido en vida cualquier profesión, pero segurísimo pianista no había sido.

—¿Será que está metido adentro del piano —dijo José como al pasar— , caminando entre los resortes y los tubos que ponen a funcionar todo esto? Aunque en ese caso sería un fantasma diminuto ¿no?

Martina y yo nos miramos. Y gritamos a la vez:

—¡Pipo!

Y así fue como encontramos al hámster sin que doña Conce ayudara. O sí, pero de otra forma. Porque si no nos hubiera contado del fantasma…

Como sea, Pipo ya está en su rueda. Y doña Conce, ¡hablando con todo el mundo! —Porque no sabés lo que pasó esta tarde… —se lo dijo al portero, a la del tercero, a mi mamá y al verdulero de enfrente. Y estoy seguro de que mañana llega la noticia a mi escuela.

Misterio en el escenario

pinocchio

 

No hubo en la historia del teatro

nunca un misterio mayor

¿Cómo ha logrado Pinocho

ser el primer actor?

 

No importa si siente miedo,

alegría o confusión

¡el pobre tiene en el rostro

siempre la misma expresión!

 

“¡Flexiona un poco las piernas!”,

el coreógrafo le indica.

Y aunque Pinocho se esfuerza,

la cosa se le complica.

 

“¡Es de madera!”, se queja

el director impaciente

¡Más vale, si el hada azul

es demasiado exigente!

 

Pero lo más complicado,

según nos cuenta una actriz,

es que repite el libreto

¡y le crece la nariz!

 

De pesca

¿Cómo iba a imaginarme, con lo enojado que estaba? ¿Vos sabés lo que es pasarte tres horas frente al muelle, esperando el momento justo? Porque tenés que estar atento al movimiento de las olas, a la dirección del viento, al peso de la plomada y a tu propia inclinación antes de lanzar el anzuelo al agua.

Y todo lo había conseguido yo, en uno de esos lanzamientos que –como mínimo— iba a dejarme pescar un pejerrey. Pero no, tenía que aparecer ella con su voz de pito y sus aires de nena caprichosa. Que los derechos de los peces y lo atroz de la pesca deportiva y que blablabla.

–¡Salí de ahí, querés! –le grité—O le aviso al guardacosta que pasate la baya. ¿No ves que no está permitido nadar en esta zona?

Ella me sacó la lengua. Y un segundo después, me quedé duro: lo último que vi fue su enorme coletazo de sirena que me salpicó con la furia de un tsunami.