Cuestión de fe

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Quiero contarte un secreto
Bajito.
Que los adultos no escuchen,
por favor.
Pero sí: yo siempre creo
¿Cómo podría escribir, si no?
¿Cómo tolerar el mundo si no hay magia?
¿Cómo llegar a la verdad
sin ilusión?
Yo creo porque sí
Sin más razones.
Es un acto de fe
la creación.

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Abuela-hada

Eran tres hermanas: Fernanda, Evangelina y Guadalupe. Vivían sobre la calle Alvear, en Ituzaingó y a mí me encantaba ir a su casa. Cuando jugábamos al Mago de Oz, en el patio, las baldosas se pintaban de amarillo y aparecían cien torres hechas de piedras preciosas, al final del camino. Un día llegó su abuela de visita:

—¡Hada! —gritaron las tres.

Y entonces, yo lo entendí todo.

Magia en la habitación 207

No, si yo te entiendo. Porque tampoco creía en las hadas. Ya estamos un poco grandes para creer ¿no? Bueno, es lo que yo pensaba. Sí, sí, igualito a vos.

Para mí las hadas estaban en las películas. O en esos libros llenos de brillantina y stickers. ¿Vos también tenés de esos?  Bueno, yo no pensaba que las hadas podían estar acá; viviendo como cualquiera, trabajando, contándoles cuentos a los nietos. Mucho menos pensaba que podían vivir en un asilo, como Herminia.

Porque ¿te dije que mamá es enfermera? Trabaja en el asilo que está acá a la vuelta. Yo voy todas las tardes, después del cole.  Y así la conocí a Herminia, que desde el principio me pareció una abuela especial. No sabía que tanto, bueno. ¿Cómo me iba a imaginar que era un hada? Porque en esos libros con brillantina las hadas son siempre jóvenes y  hermosas. No así viejitas, como ella. Sigue leyendo