Julián en el País de las Maravillas

Vio la puertecita dentro de aquel tronco
y en un periquete estaba en el salón,
con la llavecita dentro del cerrojo
sin inconvenientes al jardín salió…
Vio a los jardineros
cómicos pintando
los blancos rosales
de rojo punzó.

No dudó en sacarle
la brocha al más alto
y así de repente
todo lo arruinó.

Y se fue corriendo
pronto para el campo
donde aquel partido
loco se jugó.

Iba muy contento

todo salpicando:
de roja la cancha
pronto se tiñó…

Croquet se jugaba
(o eso se decía)
Los palos, flamencos.
Las pelotas son

erizos cansados
de ser picoteados
por los desplumados
pájaros rosados

que apuntan a un arco
que se desplazó…
Julián no conoce
las reglas y mete
su brocha en el pico
del que se cruzó

Alicia se queda
sin palo y entonces
el pobre flamenco
pelos escupió…

Vio que dormitaba
cerca una pelota

(que era un pobre erizo)
pronto lo pateó
y voló tan lejos
que si fútbol fuera
como cinco goles
seguro metió…
—¿Quién es este niño,
rojo del demonio?
—con gran tiranía
la reina gritó—…

Pero como rojo
fuera todo el mundo
nadie en aquel campo
lo reconoció.

Vio que una sonrisa
de gato volaba
y allá para el cielo
pronto señaló.

Mas como la brocha
iba bien cargada
también el celeste
cielo se pintó…

—¿Quién es este niño?,
—dijo la condesa—
pinta bien ¿no cierto?
—grave señaló.
La reina le ordena
con toda realeza:
—¡Que se calle esa,
que nadie le habló!
—¿cómo va el partido?
—dijo el distraído
rey que todo rojo
nada bien miró.
—¿Pues como demonios
quieres que yo sepa?
Si ese revoltoso
todo lo pintó.
—Que alguien lo detenga
—sentenció la reina—,
corten su cabeza
de una vez, —gritó.
Julián no era zonzo
(cazó la indirecta)
y en un periquete
se volvió al salón.

 

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Deseo

lamparamaravillosa

Me gusta desear porque el deseo

me mantiene inquieta,

alerta para no perder la oportunidad.

Pero a veces, es cierto,

desear tiene sus riesgos

Porque somos una parte diminuta

del enorme universo

y no podemos saber si este camino

es mejor que aquel

¿O no se habrá sentido afortunado

el pasajero del Titanic?

¿María Antonieta, al ocupar

el trono francés?

¡Ah, si conociéramos

el plan del universo,

desear con garantías

y avanzar sin caer!

 

Culpa

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Cuando entró al cuarto ya estaban dormidos. El libro sobre la mesa de luz, con el señalador todavía en la misma página. Se sintió culpable. Aunque estaban lo suficientemente grandes para leer solos, tenían un ritual. Y ella llegaba tarde, una vez más. Siempre tanto trabajo y el tráfico y los informes que no pueden demorarse más. Y qué pena: la lectura quedará para mañana.

Los arropa (ese es un gusto al que no va a renunciar). Les besa la nariz como cada noche y presiente el escalofrío en su respiración dormida. A Javi hay que cortarle el pelo.  Este pijama ya no sirve más: cuánto ha crecido Cande últimamente. Sale de la habitación sin hacer ruido.

Se asoma entonces a su propio cuarto y ve la televisión encendida. Como las últimas noches, nadie la mira. Pedro le da la espalda, sentado al borde de la cama, otra vez con la vista fija en la misma foto. La foto de los cuatro, aquella navidad. Los ojos de él se pierden en quién sabe qué recuerdos y ella nota por primera vez algunas canas: es cierto aquello de que la tristeza nos hace envejecer. Y entonces otra vez vuelve la imagen para llenarla de culpa: el trabajo, el tráfico, los informes que no pueden demorarse más. Y también el asfalto mojado de aquel día, las luces que la encandilan y finalmente el camión. El camión que (congelando el tiempo) seguirá postergando los encuentros, día tras día.

Dos versiones

¿Qué pasa si cambiamos de lugar algunas palabras en un cuento? Tal vez, algo como esto…

mix

 

Versión 1

El señor Morgan tiene tres cualidades que lo vuelven especial: es tremendamente alto, tiene un bigote fino y ondulado y (lo más importante) puede hacerte vivir la mejor aventura de tu vida.

No es broma. Yo mismo desconfié el primer día que lo vi. Llegó a nuestro colegio un día de lluvia y apenas pisó el patio, todos nos volvimos a mirarlo. No era para menos, su altura casi tocaba el punto más alto del mástil. Está bien: puede que esté exagerando un poco, pero el caso es que altísimo, como ningún otro hombre que yo haya visto jamás.

Recuerdo, cuando se presentó, su bigote enrulado moviéndose con el viento:

—Soy el nuevo maestro —dijo. Los chicos nos quedamos todos en silencio, seguramente preocupados por el futuro que nos esperaba con un hombre así.

Pues bien, nos equivocamos. ¡Y mucho, nos equivocamos! Porque el señor Morgan, con su altura desproporcionada y su bigote raro, terminó siendo lo mejor que nos podría haber pasado. Nos reunió en la biblioteca y sacó un cuaderno azul. Y así, como si nada, leyó la historia más inquietante que escuché en mi vida: un capitán que emprende un viaje con un montón de marineros y pierde el rumbo. Por fin llegan a un muelle  donde encuentran un misterioso cuaderno azul. Un cuaderno azul, igual al que el señor Morgan tenía entre sus manos.

No me di cuenta enseguida de lo que pasaba. Lo primero que noté fue la vestimenta de mis compañeros, parecían personajes salidos de aquel cuento. Y lo más inquietante, el escenario a nuestro alrededor: ¡Estábamos en la cubierta de un barco!

 

Versión 2

El señor Morgan tiene tres cualidades que lo vuelven especial: es tremendamente alto, tiene un bigote fino y ondulado y (lo más importante) puede hacerte vivir la mejor aventura de tu vida.

No es broma. Yo mismo desconfié el primer día que lo vi. Llegó a nuestro barco un día de lluvia y apenas pisó el muelle, todos nos volvimos a mirarlo. No era para menos, su altura casi tocaba el punto más alto del mástil. Está bien: puede que esté exagerando un poco, pero el caso es que altísimo, como ningún otro hombre que yo haya visto jamás.

Recuerdo, cuando se presentó, su bigote enrulado moviéndose con el viento:

—Soy el nuevo capitán —dijo. Los marineros nos quedamos todos en silencio, seguramente preocupados por el futuro que nos esperaba con un hombre así.

Pues bien, nos equivocamos. ¡Y mucho, nos equivocamos! Porque el señor Morgan, con su altura desproporcionada y su bigote raro, terminó siendo lo mejor que nos podría haber pasado. Nos reunió en la cubierta y sacó un cuaderno azul. Y así, como si nada, leyó la historia más inquietante que escuché en mi vida: un maestro que emprende un viaje con un montón de chicos y pierde el rumbo. Por fin llegan a un patio  donde encuentran un misterioso cuaderno azul. Un cuaderno azul, igual al que el señor Morgan tenía entre sus manos.

No me di cuenta enseguida de lo que pasaba. Lo primero que noté fue la vestimenta de mis compañeros, parecían personajes salidos de aquel cuento. Y lo más inquietante, el escenario a nuestro alrededor: ¡Estábamos en la biblioteca de un colegio!