El sapo y el surí (versión de un cuento popular argentino)

Dicen que dicen que, a orillas del Río Dulce, hubo una gran carrera. La recuerdan los cóndores, que cruzaron la Cordillera solo para verla. Las comadrejas y las vizcachas, que se ubicaron en primera fila. Los quirquinchos y los zorros, que hasta hicieron apuestas. Y —cómo no— también la yarará,  que fue nombrada jueza y  debió tomarse aquel asunto con total seriedad.

¿Y cuándo empezó el asunto? Una mañana de otoño, medio fresca. Sapo estaba, como quien dice, papando moscas. Y no porque estuviera distraído sino todo lo contrario: atento a cualquier zumbido para sacar la lengua y ¡Glup! desayunarse un insecto.

Pero en eso apareció  Surí (que así le dicen al ñandú por aquellos lados),  desbaratándole la intención. Si Sapo no hubiera saltado a tiempo, de seguro moría aplastado por sus enormes patas.

—¡Más cuidado, mi amigo! —se quejó Sapo.

Y Surí lo miró. ¡Pero si era un sapo diminuto, medio feo! Lleno de verrugas verdosas y con ojos saltones.

—¡Culpa suya por ser tan pequeñajo!—le dijo desde lo alto y con tono burlón.

¡Ay, cómo se ofendió Sapo! ¿Pequeñajo, él? ¡Pero qué se pensaba ese pajarraco engreído? Y ahí nomás lo retó, con esa voz mandona que solo nos da el enojo:

—¡Pequeñajo, su abuelo!  Verá que soy más grande de lo que parezco: ¡Le juego una carrera!

Las ramas del quebracho temblaron por la carcajada que largó Surí. ¡Qué simpático el sapito! ¡Jugarle una carrera a él, que era más rápido que el viento!

—Acepto —le dijo, divertido. Y quedaron para el domingo.

A ver: si el sapo no hacía lo que hacía, seguro segurísimo perdía. Así que tan mal no estuvo, ¿qué otra cosa podía hacer? Reunió a  toda su familia (todos sapitos diminutos, medio feos, llenos de verrugas verdosas y con ojos saltones ¡tan iguales a él!) y les contó su plan.

Así, la madrugada del domingo todos los sapos se escondieron en distintos puntos del  recorrido.  Y, al momento de la carrera, fueron saliendo por turnos, siempre adelante del  Surí. ¡El pobre  todavía se pregunta cómo aquel sapo endemoniado habrá podido pasarlo tantas veces!

Y dicen que dicen que cuando la yarará siseó “¡Tenemos un campeón!”, Surí se sintió de pronto diminuto (¡pequeñajo!) ante aquel enorme Señor Sapo que le había ganado la carrera.

 

 

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Ultimátum

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¿Conocen a Rumpelstiltskin?
¡Qué misterioso hombrecito!
Le gusta celebrar tratos
y dejarlos por escrito.

Me dicen que anda ocupado
al borde de la obsesión
con un sesudo acertijo
¡y no  encuentra solución!

Parece que en Rafaela
una beba va a nacer
¿Pero quién sabe su nombre?
Ni los padres, ¿puede ser?

Hay una lista, se dice
pero es tan confidencial
que no ha logrado encontrarla
ni la Guardia Nacional.

La panza sigue creciendo
y el pueblo está preocupado
¡La beba precisa un nombre!
(no es que estemos apurados).

Además ya Rumpelstiltskin
amenazó a los papás:
“Se deciden por un nombre
¡O lo elige mi mamá!”

 

 

 

Otro problema

La historia es ya conocida:
el joven Simbad llegó
a una isla misteriosa
y ahí nomás desembarcó.

Pero la isla no era
una isla ¡no, señor!
Sino una enorme ballena
que dormida se quedó.

Así en el medio del mar
quedó el lomo a la intemperie,
crecieron plantas arriba
y se hospedaron las liebres.

No fue un error de Simbad,
fue lógica confusión
(aunque yo creo, confieso,
que se oculta otra razón).

Mirá, las plantas no pueden
echar raíz sobre un lomo
¿Y liebres sin madrigueras?
¡A ver, explicame cómo!

Te digo, todo es mentira
y perdóname que insista:
¡Es obvio que ese Simbad
andaba corto de vista!

El ojo de la ballena

Al principio no me gustó venir a vivir a Puerto Madryn. Cambiarme de colegio, dejar mi barrio, alejarnos de los abuelos… A mí qué me importaban las ballenas. Porque obvio que todo el mundo me hablaba de las ballenas.

—¡Vas a ver cómo saltan, ahí nomás, cerquita de la playa!

—¡Se quedan mil horas con la cola arriba, saludándote!

—¡Y si tiran agua son un espectáculo!

Sí, sí: todo muy bonito pero a mí no me interesaba ni un poco. Después de todo, por culpa de ellas nos tuvimos que mudar. Es que mis papás, como dice la abuela,  forman un combo medio explosivo: él es fotógrafo y ella bióloga marina ¿cómo no íbamos a venir a parar acá?

El viaje con la mudanza fue larguísimo. Larguísimo de verdad porque duró quince horas, pero también larguísimo porque mi mamá no supo hablarme de otra cosa. Que son cetáceos, que migran anualmente (vienen a estas costas desde a abril a diciembre para reproducirse y tener cría), que sus callosidades en el lomo son como huellas digitales porque siempre son diferentes, que viven entre 50 y 100 años y son capaces de comer dos toneladas de plancton por día.

¿Y a mí que podía importarme todo eso? Si mientras ella hablaba yo pensaba en  mis abuelos, en el patio de mi escuela y en mi casa. Sobre todo, en mi casa.

Por eso cuando  nos embarcamos, dos meses después de la mudanza, yo seguía enojado. Porque no me interesaban las ballenas. Porque odiaba las ballenas. Porque yo quería volver a Buenos Aires, a mi casa, a mis abuelos, al patio de mi escuela. Y eso le contesté  al señor que manejaba el barco, cuando me preguntó por qué no salía a cubierta como los demás.

Es que todo el mundo había salido a cubierta para ver mejor a las ballenas.

— Se acercan y saltan ahí nomás, pibe —me insistió el hombre—. Es una pena mirar desde esta ventana minúscula, cuando afuera tenés todo el mar.

¿Cómo íbamos a imaginarnos que iba a pasar lo que pasó? Primero fue el sonido de una ola. Una ola inmensa que hizo tambalear el barco. Y de nuevo, plaaaaaf. Un chorro de agua subió a la altura de mi nariz. Y enseguida después,  un enorme ojo. Un ojo redondo y gris que llenó la ventanita minúscula, y nos dejó a los dos con la boca abierta.

Más tarde, mientras les contaba a los demás del espectáculo que había presenciado desde primera fila (desde mi ventanita minúscula ¿quién lo iba a decir?), se fue desarmando todo mi enojo. Estaba bueno tener algo que contar. Algo que fuera mío y de nadie más.

Algo que, por fin, me hacía sentir un poco como en casa.

Más haikus de familia

Madrastra
No la del cuento:
La otra que hace reír
a mi papá.

Padrastro:
Los dos queremos
a mi mamá hasta el cielo:
Somos equipo.

Hermanastra
Como una amiga
que vive aquí dos veces
a la semana

Mamá bis
Yo no salí
de su panza y qué importa:
es mi mamá.

Papá bis
Dicen que tengo
otro papá distinto,
y qué me importa.

Tía
Si yo hago lío
se pone de mi lado
y me defiende.

Tío
A veces juega
como si fuera un chico
igual que yo.

Primos
Viajamos juntos
del living a la selva
¡Cuántos peligros!

 

El zorro adulador

Adaptación libre de una fábula de Félix María Samaniego.

En la rama de un árbol,orgulloso y contento,
con un queso en el pico estaba el señor Cuervo.
Lo olió un zorro y le dijo, astuto y traicionero:
“Tenga usted buenos días, gran  amigo, don Cuervo
hoy sí que está elegante ¡Qué plumas! ¡Qué portento!
¿Cómo será su voz? ¡Ya cante, se lo ruego!”

Al oír un discurso tan dulce y tan atento
pensó que era verdad y (¡tonto!) cantó el cuervo
Abrió su negro pico, dejó caer el queso
y el zorro lo atrapó (¡tramposo, qué talento!)
Le dijo: “¡Qué sencillo engañarlo, don Cuervo!
Coma usted mis palabras, tomelas de alimento
Disfrútelas tranquilo. Total, me comí el queso”

Aquel que elogia mucho, espera siempre un premio.

Esa maestra

esa maestra

Si al explicarme
que el sustantivo es un nombre
que tenemos un gobierno federal
y que el número primo tiene dos divisores,
vos ves que me disperso
que me pongo a dibujar
o me quedo mirando
el cielo inmeso…
No me sueltes.
Salvame.
Dejame ser.
Confiá.
Tal vez soy dibujante
o astronauta
y la escuela me aleja
de lo que soy capaz.
Marcá la diferencia
Abrime la ventana
Sé justo esa maestra
que no voy a olvidar.

Julián en el País de las Maravillas

Vio la puertecita dentro de aquel tronco
y en un periquete estaba en el salón,
con la llavecita dentro del cerrojo
sin inconvenientes al jardín salió…
Vio a los jardineros
cómicos pintando
los blancos rosales
de rojo punzó.

No dudó en sacarle
la brocha al más alto
y así de repente
todo lo arruinó.

Y se fue corriendo
pronto para el campo
donde aquel partido
loco se jugó.

Iba muy contento

todo salpicando:
de roja la cancha
pronto se tiñó…

Croquet se jugaba
(o eso se decía)
Los palos, flamencos.
Las pelotas son

erizos cansados
de ser picoteados
por los desplumados
pájaros rosados

que apuntan a un arco
que se desplazó…
Julián no conoce
las reglas y mete
su brocha en el pico
del que se cruzó

Alicia se queda
sin palo y entonces
el pobre flamenco
pelos escupió…

Vio que dormitaba
cerca una pelota

(que era un pobre erizo)
pronto lo pateó
y voló tan lejos
que si fútbol fuera
como cinco goles
seguro metió…
—¿Quién es este niño,
rojo del demonio?
—con gran tiranía
la reina gritó—…

Pero como rojo
fuera todo el mundo
nadie en aquel campo
lo reconoció.

Vio que una sonrisa
de gato volaba
y allá para el cielo
pronto señaló.

Mas como la brocha
iba bien cargada
también el celeste
cielo se pintó…

—¿Quién es este niño?,
—dijo la condesa—
pinta bien ¿no cierto?
—grave señaló.
La reina le ordena
con toda realeza:
—¡Que se calle esa,
que nadie le habló!
—¿cómo va el partido?
—dijo el distraído
rey que todo rojo
nada bien miró.
—¿Pues como demonios
quieres que yo sepa?
Si ese revoltoso
todo lo pintó.
—Que alguien lo detenga
—sentenció la reina—,
corten su cabeza
de una vez, —gritó.
Julián no era zonzo
(cazó la indirecta)
y en un periquete
se volvió al salón.

 

Deseo

lamparamaravillosa

Me gusta desear porque el deseo

me mantiene inquieta,

alerta para no perder la oportunidad.

Pero a veces, es cierto,

desear tiene sus riesgos

Porque somos una parte diminuta

del enorme universo

y no podemos saber si este camino

es mejor que aquel

¿O no se habrá sentido afortunado

el pasajero del Titanic?

¿María Antonieta, al ocupar

el trono francés?

¡Ah, si conociéramos

el plan del universo,

desear con garantías

y avanzar sin caer!