Uno de ratones

EP_9

Mur era un ratón de lo más corriente. Sus dientes no eran ni más ni menos afilados que los del resto. No era más grande ni más ágil ni más rápido ni más inteligente. Pero estaba enamorado, y ya sabemos: el amor nos hace fuertes.

Si se hubiera enamorado de una vecina, de una vendedora del mercado, de la prima de un buen amigo, hubiera sido distinto. Pero Mur se enamoró de la princesa y, no había en toda la Aldea de Ratoneda, una candidata menos conveniente para él. El rey puso el grito en el cielo en cuanto se enteró:

—¡Qué descarado este ratón, un simple zapatero pretendiendo a mi hija!

Pero la hija no estaba tan ofendida como él. Había visto a Mur en tres ocasiones (la fiesta del queso parmesano, el Real Campeonato de Roedores Confederados y el recital de los Súper Ratones, al que había asistido sin que su padre se enterara, por supuesto). Y ninguna de aquellas veces, había podido evitar  esas cosquillas absurdas en la panza cuando el zapatero la miraba. Y hay que decir que era todo el tiempo, porque Mur no podía quitarle los ojos de encima.

El rey estaba verdaderamente preocupado por esto. La princesa no se iba a dejar convencer así nomás: aunque eran tiempos lejanos, Sourí era una ratona muy moderna. No iba a aceptar un casamiento arreglado y, dijera lo que dijera su papá, iba a casarse con el zapatero de la aldea si eso era lo que su corazón mandaba.

Así que el rey fue drástico. Había que acabar con Mur, fuera como fuera. Y, como no hay nada más letal para un ratón que un gato, contrató al mismísimo Gato Pardo.

Gato Pardo era toda una leyenda en la Aldea Ratoneda. Se decía que, de un solo bocado, se había zampado 523 ratones; que con una sola garra había cortado la cola de todos los habitantes Ratonaburgo; que en Río de Queseiro todos los ratones eran blancos por una vez que Gato Pardo los miró fijo y les quitó el color del susto.

Así las cosas, es lógico que pensemos que el rey no estuvo muy astuto. Gato Pardo terminaría con  Mus, pero con él también podía caer toda la aldea. ¡La Historia está llena de reyes como él, que vaya a saber uno por qué razón terminaron en el trono!

Como sea, un buen día llegó el temido Gato Pardo a la aldea.  Y pasó lo que se sabía que podía pasar. Comenzó por comerse a los guardias de la entrada. Y después con cada pisada fue derribando  casas en el pueblo y tiendas en el mercado.

¿Y dónde estaba la zapatería de Mur, sino en ese mercado? Pero Gato Pardo no llegó a destruirla. Era un gato de palabra y sabía que el trato era matar al ratón, y no su casa o su negocio.  Así que aulló frente a la puerta.

Ya dijimos que Mur no era especialmente valiente, pero sabía que aquella era la única posibilidad de conseguir el favor Real, así que pensando en los ojos de Sourí se sacó de encima el miedo y enfrentó al enemigo.

—Digame… ¿Busca zapatos?

Gato Pardo se mató de la risa ¿Dónde se ha visto un gato con zapatos? Como si lo hubiera escuchado pensar, Mur agregó:

—No, claro. Zapatos, no. ¡Pero a que le quedarían bien un par de botas!

—¿Un par de botas?

— Claro, no pretenderá seguir en cuatro patas. ¡Por favor! ¿Qué clase de gato civilizado con botas de cuero de dragón seguiría andando en cuatro patas?

Gato Pardo pensó en el cuero de dragón. Jamás se había cruzado con ninguno. Y le pareció linda su estampa de gato civilizado en dos patas.

Así que se las encargó, al módico precio de dejar al zapatero en paz. Y a toda su aldea. Para no dejar de cumplirle al rey, el gato le pidió a Mur que se retirara del negocio de los zapatos.

Además una hazaña como esa, la de sacarse a Gato Pardo de encima, no podía conseguirla un simple zapatero. Y esto es algo que el mismo rey corroboró al nombrarlo Sir Mur, el caballero del Queso Redondo, en una ceremonia pública y ruidosa.

—¡Ya sabía yo que solamente un noble podría pretender a mi hija! —dijo el rey satisfecho, y aceptó el casamiento.

Lástima que Sourí tenía otros planes. Porque Mur era un ratoncito simpático, ¡pero Gato Pardo! Por Gato Pardo sí que le temblaban los bigotes. Así que se fue detrás de él para otro cuento, uno que circula por un mundo distinto al de los ratones. Dicen que todavía no se han encontrado, pero Sourí tiene una pista firme: un tal Marqués de Carabás que la llevará directo al gato de sus sueños. Y vivirán felices para siempre, porque estos cuentos no pueden terminar de otra manera.

 Y ahora a dormir, Ratoneda
que espera la madriguera.
Ya habrá mañana otra historia
que me traiga la memoria…

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¡Mirá quién habla!

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https://qso.com.au/events/family/peter-and-wolf

Por mí, que Esopo cuente la historia que quiera. Total, yo sé la verdad. Con todo ese asunto de que hay que educar a los niños, enseñarles que no mientan  y bla bla bla los adultos son capaces de inventar cualquier disparate. Y qué importa que el lobo quede mal parado ¿no? ¡Si total es el lobo! ¿A quién le puede importar el lobo? Pues que se enteren: le importa a mi mamá.

—A ver, decime qué necesidad… Yo no digo que no puedas comerte dos o tres ovejas, ¿pero todas? ¿De verdad era necesario que te las comieras todas, hijo?

Inútil explicarle que no. Que esa, justamente, fue la primera mentira de ese señor. Que yo apenas me comí una y lo hice como favor, porque ni hambre tenía. Pero claro, como toda la manada le cayó encima, ella no me creyó:

—¡Tendremos que emigrar otra vez! —sentenció Gran Lobo.

—¡Ese lobezno tuyo no dejó ni una oveja para el resto! —se quejó Loba gris.

—¿Y ahora cómo hacemos para que no nos persigan? —lloraba, dramática como siempre, Loba Vieja.

—¡A ver si aprende ese glotón de una vez! —Ya ni me acuerdo quién lo dijo.

Lo que sí sé es que por culpa de ese Esopo me convertí en la bestia más temible para los humanos y en el peor compañero del mundo para los lobos. ¿Y todo por qué? ¡Porque soy solidario! ¡Ese chico se estaba muriendo de aburrimiento y ya no sabía cómo llamar la atención! ¿O no empezó aquel día a los gritos, como un desaforado?

—¡El lobo! ¡El lobo! ¡Ayúdenme, por favor!

Y al día siguiente gritó igual. Y al otro y al otro. ¿Y vino alguien? ¡Por supuesto que no! Ni aquel día, ni al día siguiente, ni al otro, ni al otro. Segunda mentira de ese señor: jamás se acercó ningún aldeano a ayudar a ese pobre muchacho.

Excepto yo, claro. Y eso que ya lo dije: ¡Ni hambre tenía ese día! Pero me partió el corazón. Es que soy un lobo sensible ¿para qué negarlo? Me dio tanta pena que me dije: ¡Y bueno! ¡Vamos a hacer un esfuercito!

¡La emoción que le dio cuando me vio! ¡Ni él mismo podía creerlo! Si ni siquiera pudo articular una palabra. Y ahí tenés la tercera mentira de ese señor: cuando aparecí de verdad, el chico no gritó (igual está clarísimo: no hubiera servido para mucho) ¡Si hasta me miró agradecido! ¡Más vale! ¿A qué chico no le gusta un poco de acción? ¡Hay que estar todo el día en el monte, mirando el cielo!

Así que Pedro imaginó la historia, yo interpreté el papel y el que se lleva los laureles es ese tal Esopo que encima levanta el dedo para decirles a los chicos que nunca hay que mentir. ¡Pero mirá quién habla! ¿O no son los escritores los más grandes mentirosos?

 

 

 

 

 

 

 

 

Cirilo va al acuario

─¡Cirilo, vamos al acuario! ─le cuenta su papá. Y Cirilo corre a preparar su mochila. Mete el libro de vampiros (¡porque le encanta su libro de vampiros!) y 4 caramelos de frutilla.

─¿Te ayudo? ─le pregunta su mamá, todavía en camisón, desde la puerta de su cuarto. Y Cirilo la mira serio, muy serio, antes de decir bajito:

─¿Por qué no estás vestida?

─Ema está muy movediza, el doctor quiere que me quede en casa ─le contesta su mamá, tocándose la panza que cada día está más grandota.

─Mejor no quiero tener una hermanita ─le dice Cirilo antes de salir corriendo con su libro de vampiros y los 4 caramelos en la mochila: su papá ya puso el auto en marcha.

En el acuario ve muchos peces: hay uno parecido a Nemo; y otro rayado como una cebra; pero el que más le gusta tiene bigotes, como su papá.

─¡Mirá, Cirilo, toda una familia de tortugas!  

Y Cirilo las ve bracear. Especialmente a las tortuguitas que van detrás. Una pasa por debajo de la otra. Mueven las  patas despacito y el agua sube y baja, divertida.

─¡Están jugando! ─grita Cirilo, y su papá sonríe.

Cuando llegan a casa, Cirilo corre a abrazar a su mamá:

─¡Quiero que nazca Ema, para llevarla al acuario!

─¡Seguro, muy pronto iremos los 4! ─le dice su mamá. Y Cirilo se queda pensando en si a Ema le gustarán los libros de vampiros.

Ulises va al jardín

Ulises tomó la leche y se comió un pan. Se puso la ropa solo, ¡hasta las zapatillas! Pero dejó que su mamá le atara los cordones.
─¡Qué contento estás! ─le dijo su papá, y le sacó una foto.
─¡A verla! ─dijo Ulises. Y el papá le mostró: Ulises sonreía en esa foto, con su guardapolvo y su bolsita azul.
─¡Hola, Ulises! ─lo saludó Inés, la señorita, cuando llegaron al jardín. Pero Ulises no se movió.
─Te vemos en un rato─ le dijo su mamá.
─¡Mirá cuántos amigos! ─sugirió el papá. Ulises miró. Pero no vio a ninguno.
Ulises no parecía el de la foto. Estaba serio, con los ojos brillando de tristeza. Le habían dicho que en el jardín habría un montón de juegos. Y un montón de sorpresas. Y un montón de amigos. Pero Ulises no vio nada de eso. Sólo sus papás yéndose a casa.
─¡Vamos a dibujar! ─dijo Inés, ya en la salita. Ulises tomó un lápiz azul. Dibujó un nene. Estaba serio. Y solo.
─¿Cómo te llamás? ─le dijo una nena de su mesa. Ulises no contestó.
─Yo soy Ana─le contó, divertida, y le dio un lápiz rojo. Ulises no lo agarró.
Ana sacó un caramelo:
─¿Querés? ─le dijo. Ulises se lo comió. Después tomó el lápiz rojo. Le agregó una nena y un caramelo al dibujo.
─¿Hiciste muchos amigos? ─le preguntó su mamá después, cuando lo fue a buscar.
─Una sola─ dijo Ulises ¡Pero pronto tendría muchos más!

Renata y su sombra

─¿Regamos las plantas? ─le dice mamá,y Renata corre por su regadera.

Pero entonces nota que alguien va detrás: si ella corre, avanza. Si está quieta, espera.

“Una nueva amiga” piensa y vuelve atrás. Y la nueva amiga se vuelve con ella.

Estira la mano, la quiere tocar. Pero más se acerca, la otra más se aleja.

Con su regadera la quiere mojar. Renata se asusta: ¡tiene otra cabeza!

Corre apresurada sin mirar atrás, y con la manguera casi se tropieza.

─¡Ahora yo! ─ enseguida pide a su mamá. Riega las baldosas, riega las macetas.

Y la ve a su amiga justo por detrás ¡con una serpiente que se le atraviesa!

─¡Quiero entrar!—le dice pronto a su mamá. Y también le pide ya su mamadera.

Se queda dormida y empieza a soñar con la nueva amiga que se quedó afuera.