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¡Mirá quién habla!

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Por mí, que Esopo cuente la historia que quiera. Total, yo sé la verdad. Con todo ese asunto de que hay que educar a los niños, enseñarles que no mientan  y bla bla bla los adultos son capaces de inventar cualquier disparate. Y qué importa que el lobo quede mal parado ¿no? ¡Si total es el lobo! ¿A quién le puede importar el lobo? Pues que se enteren: le importa a mi mamá.

—A ver, decime qué necesidad… Yo no digo que no puedas comerte dos o tres ovejas, ¿pero todas? ¿De verdad era necesario que te las comieras todas, hijo?

Inútil explicarle que no. Que esa, justamente, fue la primera mentira de ese señor. Que yo apenas me comí una y lo hice como favor, porque ni hambre tenía. Pero claro, como toda la manada le cayó encima, ella no me creyó:

—¡Tendremos que emigrar otra vez! —sentenció Gran Lobo.

—¡Ese lobezno tuyo no dejó ni una oveja para el resto! —se quejó Loba gris.

—¿Y ahora cómo hacemos para que no nos persigan? —lloraba, dramática como siempre, Loba Vieja.

—¡A ver si aprende ese glotón de una vez! —Ya ni me acuerdo quién lo dijo.

Lo que sí sé es que por culpa de ese Esopo me convertí en la bestia más temible para los humanos y en el peor compañero del mundo para los lobos. ¿Y todo por qué? ¡Porque soy solidario! ¡Ese chico se estaba muriendo de aburrimiento y ya no sabía cómo llamar la atención! ¿O no empezó aquel día a los gritos, como un desaforado?

—¡El lobo! ¡El lobo! ¡Ayúdenme, por favor!

Y al día siguiente gritó igual. Y al otro y al otro. ¿Y vino alguien? ¡Por supuesto que no! Ni aquel día, ni al día siguiente, ni al otro, ni al otro. Segunda mentira de ese señor: jamás se acercó ningún aldeano a ayudar a ese pobre muchacho.

Excepto yo, claro. Y eso que ya lo dije: ¡Ni hambre tenía ese día! Pero me partió el corazón. Es que soy un lobo sensible ¿para qué negarlo? Me dio tanta pena que me dije: ¡Y bueno! ¡Vamos a hacer un esfuercito!

¡La emoción que le dio cuando me vio! ¡Ni él mismo podía creerlo! Si ni siquiera pudo articular una palabra. Y ahí tenés la tercera mentira de ese señor: cuando aparecí de verdad, el chico no gritó (igual está clarísimo: no hubiera servido para mucho) ¡Si hasta me miró agradecido! ¡Más vale! ¿A qué chico no le gusta un poco de acción? ¡Hay que estar todo el día en el monte, mirando el cielo!

Así que Pedro imaginó la historia, yo interpreté el papel y el que se lleva los laureles es ese tal Esopo que encima levanta el dedo para decirles a los chicos que nunca hay que mentir. ¡Pero mirá quién habla! ¿O no son los escritores los más grandes mentirosos?

 

 

 

 

 

 

 

 

Cirilo va al acuario

─¡Cirilo, vamos al acuario! ─le cuenta su papá. Y Cirilo corre a preparar su mochila. Mete el libro de vampiros (¡porque le encanta su libro de vampiros!) y 4 caramelos de frutilla.

─¿Te ayudo? ─le pregunta su mamá, todavía en camisón, desde la puerta de su cuarto. Y Cirilo la mira serio, muy serio, antes de decir bajito:

─¿Por qué no estás vestida?

─Ema está muy movediza, el doctor quiere que me quede en casa ─le contesta su mamá, tocándose la panza que cada día está más grandota.

─Mejor no quiero tener una hermanita ─le dice Cirilo antes de salir corriendo con su libro de vampiros y los 4 caramelos en la mochila: su papá ya puso el auto en marcha.

En el acuario ve muchos peces: hay uno parecido a Nemo; y otro rayado como una cebra; pero el que más le gusta tiene bigotes, como su papá.

─¡Mirá, Cirilo, toda una familia de tortugas!  

Y Cirilo las ve bracear. Especialmente a las tortuguitas que van detrás. Una pasa por debajo de la otra. Mueven las  patas despacito y el agua sube y baja, divertida.

─¡Están jugando! ─grita Cirilo, y su papá sonríe.

Cuando llegan a casa, Cirilo corre a abrazar a su mamá:

─¡Quiero que nazca Ema, para llevarla al acuario!

─¡Seguro, muy pronto iremos los 4! ─le dice su mamá. Y Cirilo se queda pensando en si a Ema le gustarán los libros de vampiros.

Ulises va al jardín

Ulises tomó la leche y se comió un pan. Se puso la ropa solo, ¡hasta las zapatillas! Pero dejó que su mamá le atara los cordones.
─¡Qué contento estás! ─le dijo su papá, y le sacó una foto.
─¡A verla! ─dijo Ulises. Y el papá le mostró: Ulises sonreía en esa foto, con su guardapolvo y su bolsita azul.
─¡Hola, Ulises! ─lo saludó Inés, la señorita, cuando llegaron al jardín. Pero Ulises no se movió.
─Te vemos en un rato─ le dijo su mamá.
─¡Mirá cuántos amigos! ─sugirió el papá. Ulises miró. Pero no vio a ninguno.
Ulises no parecía el de la foto. Estaba serio, con los ojos brillando de tristeza. Le habían dicho que en el jardín habría un montón de juegos. Y un montón de sorpresas. Y un montón de amigos. Pero Ulises no vio nada de eso. Sólo sus papás yéndose a casa.
─¡Vamos a dibujar! ─dijo Inés, ya en la salita. Ulises tomó un lápiz azul. Dibujó un nene. Estaba serio. Y solo.
─¿Cómo te llamás? ─le dijo una nena de su mesa. Ulises no contestó.
─Yo soy Ana─le contó, divertida, y le dio un lápiz rojo. Ulises no lo agarró.
Ana sacó un caramelo:
─¿Querés? ─le dijo. Ulises se lo comió. Después tomó el lápiz rojo. Le agregó una nena y un caramelo al dibujo.
─¿Hiciste muchos amigos? ─le preguntó su mamá después, cuando lo fue a buscar.
─Una sola─ dijo Ulises ¡Pero pronto tendría muchos más!

Renata y su sombra

─¿Regamos las plantas? ─le dice mamá,y Renata corre por su regadera.

Pero entonces nota que alguien va detrás: si ella corre, avanza. Si está quieta, espera.

“Una nueva amiga” piensa y vuelve atrás. Y la nueva amiga se vuelve con ella.

Estira la mano, la quiere tocar. Pero más se acerca, la otra más se aleja.

Con su regadera la quiere mojar. Renata se asusta: ¡tiene otra cabeza!

Corre apresurada sin mirar atrás, y con la manguera casi se tropieza.

─¡Ahora yo! ─ enseguida pide a su mamá. Riega las baldosas, riega las macetas.

Y la ve a su amiga justo por detrás ¡con una serpiente que se le atraviesa!

─¡Quiero entrar!—le dice pronto a su mamá. Y también le pide ya su mamadera.

Se queda dormida y empieza a soñar con la nueva amiga que se quedó afuera.

Olivia y el festival

La mamá de Olivia va a buscarla a danzas y se entera entonces que habrá festival.

─¿No tendrás vergüenza? ¡Habrá mucha gente!

─¡No, mamita! Quiero…¡Yo quiero bailar!

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Julián en el Museo

 

Julián está feliz porque irá al museo. “¿Qué será?”, se pregunta. Y aunque no sepa qué contestar, está muy contento: va con los abuelos, y también con Lucas, que es su hermano mayor y el nene más divertido del mundo entero.

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