Un deseo peligroso (versión de una fábula de Esopo)

Cuando cayó el leño en la laguna, todas se asustaron. Desde la rana más valiente hasta la más temerosa. ¡Y no era para menos! El leño había caído con tanta fuerza que el agua se levantó en una ola gigantesca, y todas terminaron empapadas.

—¿Qué fue eso? —preguntó una, asomándose entre los juncos.

—No tengo idea —dijo otra—, pero algo puedo decir: fue extremadamente poderoso.

—No sé… Parece  un leño común y corriente —observó la que estaba más cerca.

—No puede ser —dijo otra —. Lo vi caer del cielo.

—¿Del cielo, segura?

—Como que soy verdísima.

—¡A que es una estrella!

—¡Que va a ser una estrella, si no brilla!

—¿Una nube, tal vez?

—¿Dónde se ha visto una nube marrón?

—¡Entonces tiene que ser un dios!

—¡Un dios! —repitieron todas, emocionadas.

—Tiene sentido: ¡cayó del cielo!

—Y con una fuerza descomunal…

Las ranas se fueron acercando en silencio. La más valiente se animó a tocarlo y todas las demás mantuvieron la respiración, temerosas de que el dios se ofendiera.

Pero el dios no se ofendió. Ni siquiera cambió de posición. Y entonces una se decidió y le saltó encima. Y después  otra. Y otra. Y otra más.

—Es un dios un poco permisivo —observó una de las primeras que había saltado.

—Yo diría que hasta un poco tonto —se animó a decir otra.

—¿Solo un poco? ¡A mí me parece tontísimo! —se rio la más pequeña. Y comenzó a saltar y a saltar y a saltar, solo para molestarlo.

Pero el dios seguía como si nada, flotando tan tranquilo.

—Empujémoslo contra esas rocas —sugirió alguna. Y así fue como lo arrojaron una, dos, tres veces. Y a cada golpe (ploc, ploc, ploc) el pobre leño se iba desarmando a  pedacitos.

—Te digo que este dios me pone un poco nerviosa— dijo por fin la más joven.

—Cierto, ¡mirá que dejarse golpear así!

—Taaaan poderoso no es, al final.

—¡Que va a ser poderoso! ¡Es un dios de porquería!

—Nos merecemos uno mejor —observó la más grandota. Y enseguida propuso una reunión para resolverlo.

¡Hacía tiempo que no gritaban así! Todas hablaban a la vez y saltaban emocionadas. ¡Iban a buscar un dios, pero un dios en serio! Un dios superpoderoso que no se dejara montar tan fácil.  Y que, como mínimo, no tolerara ser desarmado a golpes.

—¡Queremos que nuestro dios tenga carácter!

—¡Que sepa hacerse respetar!

—¡Que deje bien claro quién está al mando!

—¡Un dios al que podamos admirar por su fuerza, su espíritu, su autoridad!

—¡Que sea el amo y señor del territorio!

Y, entonces, como si el universo hubiera escuchado aquella súplica, los juncos comenzaron a moverse.  Unos pasos cortos, pero firmes, fueron abriéndose  camino. Se hizo un silencio entre las ranas. Estaban a segundos de conocer, por fin, a su gran dios.

Y apareció un lagarto.

—¡Pues yo acepto el cargo, señoras mías! —les dijo con voz gravísima— ¡Porque tengo la fuerza, el espíritu y la autoridad!

Y también tenía unos filosísimos dientes, así que a las ranas les quedó súper claro que este era el mismísimo dios que merecían. Y que a veces conviene pensar un poco, antes de andar deseando bobadas.

 

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Mejor el campo

Versión libre de una fábula de Félix María Samaniego.

Hubo hace mucho tiempo dos ratones amigos
Uno de la ciudad y el otro campesino.
“Ya tienes que conocer las luces y el asfalto”,
dijo el de la ciudad y el otro dejó el campo.
Es cierto, fue muy duro el viaje y la distancia
pero valió la pena ¡Todo era abundancia!
Pues en las despensas y grandes cocinas
vio ricos jamones,  quesos y sardinas.
“¡Esto es un banquete!” gritó emocionado
mientras devoraba choclos y pescados
Y el otro, orgulloso, dijo “¡Qué alegría!
¿Qué tal si te quedas por toda la vida?”
Pero en ese instante los vio un cocinero
y afiló un cuchillo enorme de acero.
Corren los amigos, chocan, desesperan
tiemblan, se sacuden, dudan, titubean.
Y aunque al fin escapan, ¡Oh, qué cerca estuvo!
el de la campiña no se queda mudo:
“Cierto que en mi casa no se come tanto,
pero hay menos riesgos ¡Yo me vuelvo al campo!”.

 

Yeh Shen (La Cenicienta china)

Hubo hace mucho  tiempo en el sur de China una jovencita llamada Yeh Shen. Sus pies eran tan pequeños que parecían flores de loto. Y sus pasos tan suaves, que nunca se escuchaban por la casa.

—¡Siempre te apareces de repente, como un demonio! —le gritaba su madrastra. Y, como castigo,  la mandaba a preparar vino de arroz,  a peinar a su hermanastra o a buscar agua al río. Esta última tarea era la que a Yeh Shen más disfrutaba. Porque en el río vivía su único amigo en el mundo, el pez dorado.

A él le contó del Baile de Primavera. Que, por supuesto, su madrastra y su hermanastra ya estaban ahí. Que ella, en cambio, había tenido que quedarse para juntar las cerezas del huerto, (¡y que eran tantas!). Que no quería nada más que ver cómo era el baile. Que había escuchado que la plaza estaría llena de crisantemos; que habría violines de dos cuerdas y flautas de bambú, y que a ella le gustaría tanto (¡pero tanto!) estar allí.

Hasta entonces, Yeh Shen no sospechaba que su amigo era un espíritu guardián del río. Así que no esperaba de ningún modo lo que sucedió. Ni la brisa que le alborotó los cabellos, ni las mil grullas volando sobre el rosado cielo, ni la luz repentina que por instante la obligó a cerrar los ojos. No esperaba nada de eso. Sigue leyendo

El primer viaje de Simbad

beneaththesea

http://masporquerias.blogspot.com.ar/

He llegado a saber que Simbad el Marino vivió tantas aventuras en sus siete viajes, que el mismísimo califa Harún Al-Rachid se las hizo escribir a sus cronistas para que nadie olvidara aquellos veintisiete años de peligros y  andanzas. Cuentan que no siempre fue un aventurero y la primera vez que se embarcó no imaginaba que aquella travesía iba a dar un giro tan completo a su vida: porque nunca más pudo quedarse mucho tiempo en Bagdad sin que el mar lo llamara.

Era Simbad un joven como cualquier otro: un poco irresponsable y tarambana, que solo pensaba en el presente y nada más. Por eso, al morir su padre (quien le había dejado una considerable fortuna) no hizo más que malgastar todo y cuanto tenía en fiestas que duraban muchos días y banquetes que nadie llegaba a disfrutar.

—Algún día se acabará el dinero de tu padre —una vez le dijo su buen amigo Mubarak.

—¡Pues ese día empezaré a trabajar! —le contestó Simbad, despreocupado, sin saber que efectivamente ese día iba a llegar.

Cuando esto ocurrió, vendió todos los muebles que había en su propiedad (lo único que le quedaba) y compró mercancías en el zoco para embarcarse y poder venderlas por las ciudades del mundo. Así,  junto a otros comerciantes como él,  navegó por el río Basora durante muchos días  y muchas noches hasta salir al mar. Sigue leyendo

La cacerolita mágica (versión de un cuento popular checo)

Ilustración de María Delia Lozupone (http://delicionesdelius.blogspot.com.ar/)

Dorina vivía con su madre en una región lejana (de esas que no figuran en los mapas), bajo un techo de paja y entre paredes de adobe. Al fondo de su casa había un corral, que estaba siempre alborotado por las gallinas. La niña cada mañana recogía los huevos y atravesaba el bosque para venderlos en una aldea cercana.

Una tarde, cansada ya de andar, se detuvo a mitad de camino bajo la sombra de un árbol. Del bolsillo de su delantal, sacó un trozo de pan duro. Antes de dar el primer mordisco vio, escondida entre las ramas,  a una vieja mujer que la observaba.

Vestía como una vagabunda y era muy delgada. Tenía las manos huesudas, la piel muy fina y el rostro arrugado como un carozo. Dorina le ofreció su pan:

–Puede comerlo, si quiere.

La mujer se acercó y tomó lo que la niña le ofrecía, con las manos temblorosas. Y comió con desesperación. Antes de irse, le dio a Dorina un obsequio: una cacerolita tiznada por el fuego, con las asas gastadas y un poco abollada en el borde superior.

–Cuando llegues a tu casa –le explicó la mujer–, coloca la cacerolita en una superficie firme y, en voz alta, exclama:

Por la bondad de Dorina

cacerolita, cocina.

Que nunca falte en la mesa

 un buen guiso de lentejas.

 La cacerolita, entonces, cocinará para ti. Y solo se detendrá cuando le digas:

Cacerolita, detente

 Que ya hay guiso suficiente Sigue leyendo

Rapunzel

Érase una vez una muchacha con los cabellos largos como un río. Vivió encerrada en una torre durante tantos años que el mundo para ella no era más que una ventana. Por allí entraba la luz y el aire fresco. También los ruidos que venían del bosque. Y el aleteo de los pájaros que volaban alto y la penumbra de la noche y el retumbar de los truenos.

Fuera de aquella torre, no tenía recuerdos. Una mujer la había encerrado allí el mismo día en que nació. Su nombre, Gothel. Su profesión, la bruja mala de los cuentos. Tenía un pasatiempo, también: plantar rapónchigos. Porque no era cuestión de cultivar cualquier verdura ordinaria, las brujas tienen que ser originales y los rapónchigos, ciertamente, lo son. Con sus flores azules y acampanadas es difícil adivinar sus raíces, tan pulposas y blancas.

La madre de Rapunzel, estando embarazada de ella, soñó con esos rapónchigos. Y pensaba, al desayunar: “qué ricos quedarían dorados en la sartén”. Y mientras almorzaba: “los comería cortados en juliana”. Y a la hora del té, “¡qué exquisito debe ser su jugo!”. Y en la cena: “¡Ah, si pudiera mojarlos en salsa de mostaza!”. Y así se pasó varios días añorando los rapónchigos con los que había soñado. Todo el tiempo hablando de lo mismo: rapónchigos acaramelados, al vino o al escabeche.

Y sí: un día, el padre de Rapunzel tuvo que salir a buscarlos. Y no fue nada fácil dar con ellos, pero llegó finalmente a la huerta de Gothel. ¡Ah, que maravilla azul! ¡Qué pétalos grandes y luminosos! Sin pensarlo dos veces, saltó el pequeño muro que los resguardaba. Y cuando tuvo los bolsillos llenos, justo un instante antes de partir, una enorme sombra se interpuso en su camino. Sigue leyendo

El gato con botas

Hubo en estas tierras un molinero muy pobre que llegó a ser rey. No era muy apuesto, la verdad. Tampoco demasiado valiente. Ni siquiera extremadamente astuto. Pero tenía un gato muy emprendedor que supo cómo hacer para engrosar su fortuna. Y entonces sí, rodeado de riquezas, pudo comprar ropa elegante que lo hizo parecer buen mozo. Y, como todos lo respetaban y hasta lo miraban con admiración, fue adquiriendo el coraje de los grandes caballeros.  Y hasta empezó a pensar lúcidamente en cuanto ya no tuvo que preocuparse por los avatares de la vida diaria. Y con estas cualidades, claro, le resultó fácil conquistar a la princesa y (¡más importante!) a su futuro suegro, el rey.

Pero empecemos por el principio que, en realidad, fue un final. Porque todo comenzó cuando el padre del joven se moría. Los bienes eran tan pocos que no hubo necesidad, siquiera, de un magistrado. Tres posesiones, tres hijos. De mayor a menor: un molino, un burro y un gato. Al joven de esta historia, le tocó el gato.

—¡Qué calamidad! —se lamentó al principio. Al dolor de perder a su padre, se le sumó el problema de no tener con qué vivir. Sus hermanos, al menos, podrían trabajar juntos y seguir siendo molineros. ¡Pero él! ¿Qué podía aportar él a la empresa, si no tenía más que un gato?

El gato, claro, lo escuchó lamentarse. Incluso, hasta dejó que se desahogara. Pero después de acicalarse un rato, dormir una siesta y lamerse las patas delanteras, decidió ponerle fin a tanta tragedia y empezar a actuar:

—No soy tan poca cosa. Es más: de las tres heredades de tu padre, te aseguro que soy la más productiva. Te lo demostraré: solo consígueme una bolsa de arpillera y un par de botas, que yo haré lo demás. Sigue leyendo

Hansel y Gretel

Cuentan que una vez dos niños se perdieron en el bosque. ¿Sus nombres? Hansel y Gretel. Según parece, se hicieron muy conocidos por esta historia que, por suerte, tuvo un final feliz. Aunque el inicio fue bastante complicado.  Porque estos dos hermanos tenían una madrastra de esas que asustan en los cuentos: se había casado con su padre por purísimo interés. No, el hombre no era rico. Pero de tan enamorado que estaba le había regalado una seda carísima. Y claro, la mujer no se imaginó que había tenido que cortar toneladas de leña durante meses y meses para poder conseguir las cincuenta monedas de cobre que le costó aquel lienzo.

—¡Qué seda maravillosa, querido! Podría hacerme con ella hasta un vestido de novia! —le dijo la muy tramposa con el tono más inocente que pudo, como si sus palabras no fueran una telaraña para atrapar esposos. ¡Y vaya si lo atrapó! En menos de cinco hachazos, ya estaban casados.

¡Qué cara puso la madrastra cuando llegó a la casa! Ella, que soñaba con un gran palacio, se tuvo que conformar con una vieja  choza. Ella, que añoraba moverse entre muebles importados, tuvo que aceptar que en su nuevo hogar no habría más que una mesa y cuatro butacas ordinarias.  Ella, que esperaba una fiesta con tres mil invitados y una alianza de rubíes, se encontró sola con su esposo y sus hijastros, mirando un tosco anillo de madera que el leñador había tallado con sus propias manos:

—¿Pero, como? —atinó a decir— ¿No es nuestra boda una ocasión propicia para gastar un poco de tus ahorros?

—No tengo ahorros —le contestó él—. Apenas si nos alcanza para comer. Sigue leyendo

La bella y la bestia

Había una vez un rico mercader que perdió toda su fortuna. Sus tres embarcaciones —magníficas, lujosas—habían desaparecido en medio de una tormenta dejando solo al mar como testigo.

¡Ay, cuánto sufrieron sus dos hijas mayores, acostumbradas a los terciopelos, a las puntillas, a las finas alhajas y a los perfumes extranjeros! Y los hijos varones, que tuvieron que ponerse a cosechar como campesinos. Solamente la hija menor conservó su alegría, aun cuando habían tenido que mudarse al campo y entregarlo todo para costear las pérdidas de aquellos barcos:

—Me gusta la nueva casa. Al ser pequeña, es más cálida. Ya no tendrás que viajar y podremos pasar más tiempo juntos, padre.

—¡Qué bien puesto está tu nombre, Bella! —dijo el mercader, mirándola a los ojos. Era cierto: bella era su mirada, su cabello ondulado y sus labios finos; y bello, también, su corazón. Porque ella siempre tenía una palabra amable, una sonrisa, un gesto para alegrar los días que tan difíciles se habían vuelto para todos.

Si hacía calor, Bella iba hasta los sembradíos con agua fresca para aliviar la sed de sus hermanos. Si la luz de las velas cansaba la vista de su padre (¡cuánto había envejecido por las preocupaciones!), Bella leía en voz alta para él. Si sus hermanas lloraban añorando fiestas, Bella tocaba el clavicordio para aliviarles la pena. Y también preparaba ricos bocadillos, aun cuando los ingredientes escaseaban. Y confeccionaba buenos trajes y vestidos que, de tan bien hechos, disimulaban la sencillez de las telas. Y llenaba de flores cada cuarto y abría todas las ventanas para que el sol se metiera en cada rincón. Y sí: ¡qué bien puesto tenía el nombre, Bella! Sigue leyendo

Alegato del sapo

Es verdad que a Pulgarcita

aquel día la rapté,

fueran nobles mis razones

ya lo verá, señor juez.

Este sapo introvertido

es mi hijo, ya lo ve.

No es buen mozo pero tiene,

como el padre, “un no sé qué”.

Pulgarcita es tan pequeña

del derecho y el revés

y tan linda su carita

y su cáscara de nuez

que la quise como nuera

¿y qué mal le podía hacer

este sapo tan viscoso?

(como el padre, ya lo sé)

Pero ¿vio? quiso meterse

un cardumen en acción

y los peces se llevaron

mi pequeña adquisición.

Y seguro Pulgarcita

se lamenta del error

de escaparse de este sapo

tan viscoso ¡sí, señor!