Alegato del sapo

Es verdad que a Pulgarcita
aquel día la rapté,
fueran nobles mis razones
ya lo verá, señor juez.
Este sapo introvertido
es mi hijo, ya lo ve.
No es buen mozo pero tiene,
como el padre, un “no sé qué”.
Pulgarcita es tan pequeña
del derecho y el revés,
y tan linda su carita
y su cáscara de nuez
que la quise como nuera;
¿y qué mal le podía hacer
este sapo tan viscoso?
(como el padre, ya lo sé).

Pero ¿vio? quiso meterse
un cardumen en acción
y los peces se llevaron
mi pequeña adquisición.
Y seguro Pulgarcita
se lamenta del error
de escaparse de este sapo
tan viscoso ¡sí, señor!

Hambre feroz

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Cuando la seño Lidia me dio el papel del lobo feroz, no pensé que iba a resultar tan bien. Al contrario: creo que me asusté. Tener que actuar delante de todo el colegio, pararme en  medio del escenario, mostrar las garras y pegar un alarido espeluznante antes de comerme (¡enteras!) a Caperucita y a su abuela, era como demasiado.

Además, la seño Lidia es demasiado exigente. Tenés que verla cuando nos olvidamos la letra. Y que no se te ocurra tentarte en medio del diálogo porque ahí sí: sonaste. Empieza a decir que no nos tomamos nada en serio, que quién la mandó a meterse en estas cosas, y que nunca más (¡que nunca más!) dirigirá una obra en esta escuela.

La verdad es que yo el día del estreno estaba un poco nervioso. La luz me apuntaba justo en medio de los ojos y el disfraz me  daba calor (y peor cuando encima me tuve que poner la cofia de la abuelita). Así que con disimulo me corrí un poquito la máscara para poder respirar.

Y entonces fue cuando Ema, que hacía de Caperucita, se sentó en el borde de la cama y me puso su canasta repleta de muffins justo debajo de la nariz. Y a mí los nervios me dan hambre, no lo puedo evitar.

Y encima el interrogatorio: que por qué  tengo los ojos tan grandes; que por qué soy tan orejón; que por qué, que por qué, que por qué… ¡La verdad que el lobo del cuento tenía una paciencia! Yo me hubiera comido a Caperucita sin tanta explicación.

El caso es que no me comí a Caperucita, pero sí todos los muffins. ¡Todos! Y según parece, la mamá de Ema los había hecho especialmente para que los compartiéramos después de la función. Así que hay que ver cómo se puso la primera actriz. ¡Más roja que la caperuza que llevaba puesta!

Y así, sin pensar en el sermón que nos daría la señorita Lidia, Ema se salió completamente del libreto y me gritó enfurecida:

–¡Te comiste todo, nene!

Por suerte, salvé la situación. Un poco porque vi que la señorita Lidia se puso blanca de repente y otro poco para limpiar mi honor (tampoco era cuestión de que quedara como un glotón adelante de toda la escuela). Así que me ajusté la máscara, salté de la cama, me paré en medio del escenario mostrando las garras y grité:

—¡Sí, me comí todo: a tu abuelita y al nene!

Y ahí nomás la gente se empezó a reír. ¡A carcajadas! Hasta la señorita Lidia se agarró la panza de tanta risa que le dio.  Ema y yo nos miramos, y por un segundo pensé que también íbamos a tentarnos. Pero no: continuamos muy serios el resto de la función. Al final, nos aplaudieron un montonazo. Y a mí (especialmente a mí, que era el súper villano) me aplaudieron de pie.

Ese día descubrí dos cosas: que la mamá de Ema hace los muffins más ricos del planeta, y que yo quiero ser actor.

 

 

 

El caso de la bella durmiente

Ser oficial de justicia
en el mundo de las hadas
es la peor profesión
¡No se compara con nada!

Me avisan que la princesa
sufrió un pinchazo letal
¿La sospechosa? Una anciana,
que (¡astuta!) la puso a hilar.

Y claro, si las princesas
no saben qué es una aguja.
La educan como una inútil
¡Y la culpa es de la bruja!

Decime vos ¿por qué corro,
busco pruebas, investigo…?
¡Si todos duermen la siesta
y yo no encuentro un testigo!

Al final, yo preocupado
y acá, todos muy tranquilos:
hasta el rey, cuando pregunto
¡me responde con ronquidos!

Misterio en el escenario

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No hubo en la historia del teatro

nunca un misterio mayor

¿Cómo ha logrado Pinocho

ser el primer actor?

 

No importa si siente miedo,

alegría o confusión

¡el pobre tiene en el rostro

siempre la misma expresión!

 

“¡Flexiona un poco las piernas!”,

el coreógrafo le indica.

Y aunque Pinocho se esfuerza,

la cosa se le complica.

 

“¡Es de madera!”, se queja

el director impaciente

¡Más vale, si el hada azul

es demasiado exigente!

 

Pero lo más complicado,

según nos cuenta una actriz,

es que repite el libreto

¡y le crece la nariz!

 

Cuestión de perspectiva

¿Quién ha dicho que es chiquito

el famoso Pulgarcito?

Yo lo he visto y me resisto

a aceptar esa verdad…

Es más bien como un gigante:

en mi mundo, un elefante.

No les miento, solo intento

contarles la realidad…

Y su voz no es un murmullo

¡si suena como un serrucho!

no me achuchen, solo escuchen

ustedes y me dirán…

Su pie causa un terremoto

¡Madre mía, qué alboroto

cuando llega y pisotea

sin razón mi dulce hogar!

¡Qué me importa que me digan

“qué chiflada está esta hormiga”!

¡Mi abogado me ha contado

del derecho de opinar!

El testigo

Yo lo vi a este mismo gato
no con botas, con zapatos.
Y sé bien lo que les digo,
¡Tengo pruebas, además!
pues venía con un joven
importante y bien vestido
(imposible que sea otro
que el Marqués de Carabás).
¡Tan panzón iba el menino!
¿Hace falta que recuerde
el atraco que se diera
con el ogro, tiempo atrás?
¿Todavía no me creen?
¿Si les digo que llevaba
una bolsa de arpillera
y un conejo que atrapara
por deporte, nada más?
¿Qué por qué dejó las botas?
¿Cómo quieren que lo sepa?
¡Vamos, gente impertinente!
¡Las tendría que lustrar!

¿Nadie piensa en los zapatos?

Pues, muy bien, ha terminado
esa chica de bailar;
al sacarse esos zapatos
rojos pudo descansar…
Todo el mundo la perdona
y ella aprende la lección.
Y nosotros, los zapatos…
¿Nadie tiene compasión?
Pues, muy bien, aquí seguimos
sin podernos detener
cuando nieva, cuando llueve,
cuando sale el sol también.

Por favor, ¿alguien le pide
al autor que nos creó
que detenga ya este baile
que hace siglos empezó?

Rapunzel

Érase una vez una muchacha con los cabellos largos como un río. Vivió encerrada en una torre durante tantos años que el mundo para ella no era más que una ventana. Por allí entraba la luz y el aire fresco. También los ruidos que venían del bosque. Y el aleteo de los pájaros que volaban alto y la penumbra de la noche y el retumbar de los truenos.

Fuera de aquella torre, no tenía recuerdos. Una mujer la había encerrado allí el mismo día en que nació. Su nombre, Gothel. Su profesión, la bruja mala de los cuentos. Tenía un pasatiempo, también: plantar rapónchigos. Porque no era cuestión de cultivar cualquier verdura ordinaria, las brujas tienen que ser originales y los rapónchigos, ciertamente, lo son. Con sus flores azules y acampanadas es difícil adivinar sus raíces, tan pulposas y blancas.

La madre de Rapunzel, estando embarazada de ella, soñó con esos rapónchigos. Y pensaba, al desayunar: “qué ricos quedarían dorados en la sartén”. Y mientras almorzaba: “los comería cortados en juliana”. Y a la hora del té, “¡qué exquisito debe ser su jugo!”. Y en la cena: “¡Ah, si pudiera mojarlos en salsa de mostaza!”. Y así se pasó varios días añorando los rapónchigos con los que había soñado. Todo el tiempo hablando de lo mismo: rapónchigos acaramelados, al vino o al escabeche.

Y sí: un día, el padre de Rapunzel tuvo que salir a buscarlos. Y no fue nada fácil dar con ellos, pero llegó finalmente a la huerta de Gothel. ¡Ah, que maravilla azul! ¡Qué pétalos grandes y luminosos! Sin pensarlo dos veces, saltó el pequeño muro que los resguardaba. Y cuando tuvo los bolsillos llenos, justo un instante antes de partir, una enorme sombra se interpuso en su camino. Sigue leyendo

Los duendes del zapatero

Cansados de hacer zapatos

los duendes del zapatero

pensaron en veranear:

Pensaron en las montañas

nevadas pero faltaban

las botas para esquiar…

Pensaron en las ciudades

¿mas cómo sin zapatillas

modernas para gastar?

Pensaron en irse al campo:

faltaban las alpargatas

de yute, para variar…

Pensaron saltar las olas:

Ojotas no confeccionan:

¡la arena los va a quemar!…

─¿Me dejan observar algo?

¿Se me permite opinar?

─les dije a este par de duendes

que no dejan de pensar─

¡O preparan las valijas

o a ponerse a remendar!

¡O no son tan quisquillosos

o no van a veranear!

El gato con botas

Hubo en estas tierras un molinero muy pobre que llegó a ser rey. No era muy apuesto, la verdad. Tampoco demasiado valiente. Ni siquiera extremadamente astuto. Pero tenía un gato muy emprendedor que supo cómo hacer para engrosar su fortuna. Y entonces sí, rodeado de riquezas, pudo comprar ropa elegante que lo hizo parecer buen mozo. Y, como todos lo respetaban y hasta lo miraban con admiración, fue adquiriendo el coraje de los grandes caballeros.  Y hasta empezó a pensar lúcidamente en cuanto ya no tuvo que preocuparse por los avatares de la vida diaria. Y con estas cualidades, claro, le resultó fácil conquistar a la princesa y (¡más importante!) a su futuro suegro, el rey.

Pero empecemos por el principio que, en realidad, fue un final. Porque todo comenzó cuando el padre del joven se moría. Los bienes eran tan pocos que no hubo necesidad, siquiera, de un magistrado. Tres posesiones, tres hijos. De mayor a menor: un molino, un burro y un gato. Al joven de esta historia, le tocó el gato.

—¡Qué calamidad! —se lamentó al principio. Al dolor de perder a su padre, se le sumó el problema de no tener con qué vivir. Sus hermanos, al menos, podrían trabajar juntos y seguir siendo molineros. ¡Pero él! ¿Qué podía aportar él a la empresa, si no tenía más que un gato?

El gato, claro, lo escuchó lamentarse. Incluso, hasta dejó que se desahogara. Pero después de acicalarse un rato, dormir una siesta y lamerse las patas delanteras, decidió ponerle fin a tanta tragedia y empezar a actuar:

—No soy tan poca cosa. Es más: de las tres heredades de tu padre, te aseguro que soy la más productiva. Te lo demostraré: solo consígueme una bolsa de arpillera y un par de botas, que yo haré lo demás. Sigue leyendo